Por qué me operé los senos a los 18

A diferencia de lo que la gente creería, nunca fui una mujer sexy ni de usar grandes escotes. A esa edad, no sentía la necesidad de mostrarlos pero quería tenerlos.
12 Ago 2016 – 11:32 AM EDT

Fue quizás la sociedad venezolana quien me obligó a pensar que para sentirme atractiva necesitaba tener un busto grande... bastante grande. Así se crece en un país donde las misses guían nuestros estándares de belleza y las presentadoras de televisión son más conocidas mientras más guapas y voluptuosas son.

Ahora que lo pienso, qué difícil fue ser adolescente en esos años donde la cirugía plástica comenzó a ser algo más que normal y literalmente infló (y, algunas veces, deformó) todo.

En mi país, la cirugía era una necesidad, no una opción.

Y no lo digo yo. Hablemos de datos.

Según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética, Venezuela tiene una de las tasas más altas de cirugía plástica en el mundo. Y cito un reportaje del diario ABC: “Se efectúan, anualmente, 7,6 procedimientos de este tipo por cada 1.000 habitantes frente los 7,4 de Brasil y los seis de Estados Unidos”… ah no, con razón, no fui la única.

Y continúa traduciendo a “cifras más sencillas”, donde dice que para 2014, cuando fue escrito el artículo, uno de cada 150 venezolanos se sometió al bisturí.

Yo no podía ser la excepción a la regla. No me culpo.


Una decisión 'guiada'

Desde que vi a mi mamá someterse a la cirugía a mis 15 años, entendí que no era algo tan traumático y que quería hacerlo. En ese momento, mis papás no permitirían que lo hiciera, pero de forma muy complaciente accedieron a pensarlo cuando yo cumpliera mis 18 —edad que los médicos recomendaban como mínima para someterte al procedimiento.

A pesar de que pudieron haberse negado, ellos siempre me dejaron decidir lo que yo quisiera pero no hacer lo que me 'diera la gana'. Me repitieron mil veces que —si elegía hacerlo— fuera por estética y no por moda, que no hay nada más lindo y atractivo que una mujer elegante y fina, que no podía verme vulgar, que lo pensara muy bien.

Cuando llegó la hora de la cita no le comenté a nadie mi decisión. Siempre fue algo que guardé para mí.

Ya en el consultorio, había que decidir el tamaño del implante. Sabía que no quería algo muy grande, pero tampoco lo despreciaba. El médico se portó recatado (cosa que no es común) y me explicó que por mi fisionomía no podía abusar del tamaño —quedaría y se me vería mal. Acepté la recomendación, y me pusieron lo máximo que mi cuerpo permitía: un implante pequeño para lo que se usaba en el momento.

Contrario a lo que me imaginaba, después de la cita inicial, la operación podía programarse pronto. Acordamos la fecha, llegó el día y yo, más que ansiosa, estaba muy asustada. Sabía que quería mejorar mi cuerpo. Operarme no me generaba ninguna duda, sino todo lo que venía después de tomar la decisión: ¿Era ese el mejor momento? ¿Y si salía algo mal? ¿Valdría la pena? ¿Me gustaría al final? ¿Serían muy grandes o muy pequeños?

El día finalmente llegó. Entré a la clínica y mientras me preparaban empecé a llorar. No sabía por qué, no podía parar, estaba muy ansiosa. Después vino todo el procedimiento de rutina: anestesia, operación... Al final fue menos doloroso de lo que imaginaba y admito que quedé contenta.

Pero aún había algo mejor: una sensación de alivio. Había salido de ese compromiso, en parte con la sociedad, en parte conmigo misma.

A mis 18 era confuso pensar que, aunque nunca me sentí fea, algo me 'hacía falta'.

Aunque jamás sentí la necesidad de mostrar un escote profundo, quería tenerlos para mostrar curvas —sin importar si estaban debajo de una t-shirt . Curvas que probablemente ya tenía pero deseaba marcar más porque, dicen, es lo que te hace bella y atractiva. Después te das cuenta que no es así.


Y pasaron 8 años

Hoy le agradezco a mi cuerpo no haberme permitido ponerme un par de tetas gigantes. La belleza cambia, creces, te conoces mejor, te mudas de país, te defines como persona y tu perspectiva se aclara.

Esa duda sobre el tamaño de los senos no era en realidad por querer tenerlos más grandes, era que —en el fondo— yo no era parte de ese grupo que deseaba ser reconocida por su escote. Quería sentirme mejor conmigo, llevar algo que me gustara a mí, no a los demás. Asegurar que me escucharan primero, que me vieran la cara y no otra cosa, pero también quería estar a gusto con mi cuerpo. Ese era el dilema.

Hoy más que nunca estoy convencida de que la operación sí me ayudó, que no me arrepiento. Menos mal lo hice pero, sobre todo, menos mal que lo hice como era y no como la sociedad lo pedía. Algo que sigo escondiendo cuando quiero y que me hace sentir sexy cuando me provoca.

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