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Los muertos en Portachuelo se anuncian con doce toques de campana.

Las campanas bolivianas que anuncian muertos

Las campanas bolivianas que anuncian muertos

En Portachuelo, un pequeño pueblo boliviano de casas bajas que vive de la ganadería y de la producción agrícola, todavía se utiliza a veces la torre de la iglesia para convocar a los vecinos y los repiques suelen ser sinónimo de malas noticias.

Los muertos en Portachuelo se anuncian con doce toques de campana.
Los muertos en Portachuelo se anuncian con doce toques de campana.

En Portachuelo, un rincón idílico del departamento de Santa Cruz del oriente boliviano con alrededor de diecesiete mil habitantes, los muertos se anuncian a campanazos. Son las ocho de la mañana de un día de mayo, he llegado hace cinco minutos y ya cayó el primero: Elías Moya, un anciano de setenta y seis años con diez hijos que hasta hace algunas horas batallaba contra la diabetes en uno de los barrios más humildes del pueblo.

Aquí, cuando alguien se muere, la costumbre es dar doce repiques dobles de campana para que todos se enteren. En la iglesia de la plaza 25 de Septiembre, un cartel sugiere lo siguiente: “Apague su celular, hable con Dios”. El cartel está colocado cerca de una escalera inestable que nos lleva hasta lo más alto del campanario, hasta el lugar desde el que Dios “conversa” con los feligreses. Los intermediarios —l os encargados de que las campanas vuelen como un pájaro de mal agüero— son dos monaguillos, dos estudiantes de colegio que le ponen músculo al asunto para que el sonido también se escuche en las áreas de cultivo de la periferia. Ambos visten unos jeans de diferentes colores, una polera y una sudadera a juego, se mueven como si fueran modelos —con la mirada ausente, la espalda estirada y la sonrisa impostada— y se encargan de que las campanas se balanceen acompasadas.

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—En Portachuelo, los curas siempre hemos ayudado a pasar la voz. Nosotros somos como un medio de comunicación: llamamos a reunión cuando hay problemas y avisamos a la comunidad cuando alguien fallece —dice Aquilino Libralón, el Padre, un italiano setentón de ojos pequeños y cabeza pelada que tiene una perilla de filósofo, un pantalón blanco impoluto, zapatos marrones y la voz resuelta de un corredor de seguros.

Mientras conversamos, algunas personas se agolpan frente a una de las ventanas de la parroquia, frente a un papel con los datos del primer muerto del día —Oremos por el eterno descanso de Elías Moya Moya. Velatorio: barrio Obrero, calle Mercado. Misa: en su domicilio—. Y realizan comentarios de todo tipo sobre lo ocurrido con el finado, como si se tratara de la jugada que acabó en gol en el último clásico de la liga de fútbol.

En Portachuelo, cuando alguien se muere, la costumbre es dar doce repiqu...
Don Aquilino, el cura, se considera el medio de comunicación del pueblo.


—A la gente aquí aún le gusta socializar, recordar historias del que se ha ido, mantener cierto espíritu de confraternidad —me explica Aquilino.

Y luego especula:

—Seguramente, habrá algún otro muerto hoy o mañana. No sé por qué, pero después de meses en los que no sucede nada, de repente, mueren dos, tres, cuatro, cinco o seis personas seguidas. Parece que quieren irse al cielo todos juntos, oye, y no solitos.

Aquilino es un profeta: la Providencia misma. A las nueve y cuarto de la mañana recibe una llamada de teléfono, nada más colgar le pide a su asistente que coloque otro aviso en el cristal de la oficina y un par de señoras se agolpan, de nuevo, en el vidrio.

—¿A qué hora fue? ¿Y qué era lo que tenía? —pregunta una.

—Pero si el otro día yo la he visto en misa —dice la otra.

Media hora más tarde, varios repiques sostenidos de campana se hacen eco del fallecimiento de María Melfy Medina, una señora mayor, nonagenaria, que solía ocupar el primer banco de la iglesia cuando se sentía con ganas suficientes para salir de casa.


***

Según José Gálvez Krüger, uno de los impulsores de la Enciclopedia Católica —una página educativa online que compila artículos relacionados con la fe y el catolicismo—, las campanas forman parte de la simbología religiosa desde hace siglos. Su inventor fue Paulino de Nola, un obispo de origen galo afincado en Napolés que falleció el año 431 después de Cristo. Y su uso se generalizó con el Papa Sabiniano —seguramente, entre los años 580 y 606, tras las grandes persecuciones contra el cristianismo—.

Según el párroco de Portachuelo, a los muertos del pueblo no les gusta i...
Según el párroco de Portachuelo, a los muertos del pueblo no les gusta irse solos. Cuando alguien muere, suele ser presagio de más decesos.


Gálvez dice que las campanas se utilizan para convocar a los fieles a orar y “a escuchar la palabra divina” y también, “para expeler a los demonios” que nos persiguen. En la antigüedad, eran conocidas como los “sagrados signos”, su yugo tenía forma de cruz, estaban unidas a un madero y se tañían, como ahora, con una cordel que representaba a los humildes. Se tocan a veces a medianoche para que el cristiano considere el sudor y el sufrimiento de su salvador. Se tocan por la mañana para que revivamos “el traslado de Cristo a las casas de Anás, Caifás, Herodes y Pilatos, la gritería de los judíos, los azotes, clavos y espinas”.

Se tocan a la hora del sermón para recordarnos que es solo uno el evangelio, una la doctrina, una la Iglesia, una la ley de Jesús y una la palabra de Cristo. Se tocan al atardecer para rememorar “el momento en que bajaron al Señor de la cruz convertido en una fuente de sangre”. Y se tocan todavía en algunos pueblos cuando alguien se muere.

José María Ruiz, el anterior párroco de Portachuelo, fue el principal pr...
José María Ruiz fue el principal promotor del rol del campanario.

En Portachuelo, el principal promotor del rol del campanario como atalaya para compartir el duelo fue durante décadas José María Ruiz, el anterior párroco, un español con aires de Don Quijote que llegó a estas tierras en 1952 tras más de un día de viaje en camión. Fermín Sandóval, el primer viejito que enterró aquel sacerdote tenía un loro locuaz que solía recibirlo con frases benditas: “Gloria a ti, redentor de los hombres”, le decía. Luego se multiplicaron los entierros y los campanazos fúnebres. Se inventaron los “dindones”: repiques un poco más suaves que se empleaban hasta hace algunos años cuando el difunto era un niño.

Y también hubo algún que otro percance: un día ventoso, uno de los ayudantes de José María cayó de la torre tras perder el equilibrio por culpa de un ataque de epilepsia y quedó rengo y sin ganas de volver a despegar los pies del piso. Tras recuperarse, el accidentado le preguntó a José María por la “distancia aproximada” entre las campanas y el suelo. “Mejor que tú nadie debe saberlo”, le contestó el párroco.

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Cuando José María se instaló en los ambientes de la parroquia, Portachuelo era aún un pueblo esquivo. Comenzó intentando armar un directorio para arreglar la iglesia, que estaba cubierta parcialmente por las ramas de un bibosi, descolorida y desportillada, pero casi nadie lo tomaba en serio porque por aquel entonces no se podía hacer nada sin la “autorización” del partido gobernante, del Movimiento Nacionalista Revolucionario.

El sacerdote respondió a la indiferencia autoproclamándose presidente, vicepresidente y secretario de aquel primer comité protemplo. Y poco a poco se ganó la confianza de los vecinos. Con algunos de ellos se enojaba cuando no comulgaban o cuando evitaban el confesionario. Visitaba a caballo a los campesinos de las zonas rurales y les daba cobijo cuando se acercaban al pueblo en Semana Santa. Se involucró en la construcción de un internado y de varios colegios. Y en 2013, cuando falleció, lo velaron durante dos días.

—Lo chistoso es que fue tanto el revuelo que se generó que tardaron mucho en buscar a alguien para que tocara las campanas en honor a José María —me comenta a media mañana Beby Gutiérrez, mi anfitriona, una profesora con el pelo recogido en una cola y 51 años que lleva años difundiendo las tradiciones y las virtudes de Portachuelo.

Beby viste una chaqueta de cuero, unos pantalones con apliques plateados y una polera de cuello largo, y dice además que, aquel día, tocaron las campanas a destiempo:

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—Al final, tuvo que hacer de monaguillo el hijo de un exdirector de la escuela y cumplió a medias: debía tocar cada nueve segundos y lo hizo cada seis segundos.

—Pero casi nadie se dio cuenta —se ríe luego.

Y su risa es casi tan elocuente como un campanazo en mitad de la noche.

***

En el siglo XVIII, muchas de las campanas de las iglesias del oriente boliviano fueron moldeadas en San Pedro de Canichanas —una reducción indígena administrada por los jesuítas hasta 1820—. Antes de la llegada de los misioneros españoles, los canichanas vivían en chozas muy sencillas a orillas del río Mamoré y eran nómadas; y, al parecer, también caníbales —hay quien dice que cuando se topaban con los cazadores de otras tribus los empalaban y se los comían, que bebían en los cráneos de los cadáveres, que marcaban su territorio con los intestinos de sus enemigos—.

Fueron evangelizados en 1696. Y probablemente algunos de ellos trabajaron en la fundición donde se alistaban las campanas que luego eran enviadas en callapo, carreta y barco a ciudades y pueblos de la región —como Trinidad y Cochabamba— y a países como Inglaterra y España.

Las campanas de Portachuelo son europeas.
Las campanas de Portachuelo son europeas.


En Portachuelo, sin embargo, hasta el momento no ha habido noticias de esas campanas made in Bolivia que se elaboraban con los metales de los centros mineros.

—Las de aquí, por lo que yo sé, siempre han sido europeas —asegura el padre Aquilino minutos después de subir al campanario conmigo para recordar a María Melfy Medina. Y luego me muestra algunas campanas expuestas cerca de la nave central de la iglesia. Todas están hechas con bronce. Todas eran capaces de dar la nota exacta antes de que las jubilaran. Y todas tienen un año grabado y la firma del fundidor a la vista.

A veces, los monaguillos tocan las campanas tan fuerte que se rompen.
A veces, los monaguillos tocan las campanas tan fuerte que se rompen.

—Ésta es de 1903 —dice Aquilino mientras estira el dedo índice para señalar la firma en una de ellas—. Y esta otra, de 1864. Las que están en exhibición las retiramos porque estaban rajadas. Las que están en el campanario las trajimos de Italia. Y a veces, los monaguillos se emocionan y las golpean con demasiada fuerza y no como deberían.

Una hora después, frente a la torre de la iglesia, en la plaza 25 de Septiembre, las ramas de los árboles agitan sus hojas mientras cae una lluvia tibia; algunos puestos de venta móviles —con ruedas chiquitas— ofrecen refrescos, chocolates y empanadas a los que están hambrientos; y todavía hay gente apelotonada frente a uno de los cristales de la parroquia para averiguar quiénes son los muertos del día (y para hablar de ellos).

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Lo curioso es que nadie se acuerda de lo malo cuando alguien se muere. Es como si todos se hubieran portado como angelitos cuando estaban vivos —dice Beby Gutiérrez medio en broma, medio en serio, mientras camina entre unas bancas desiertas.

Cuando no había ni televisión, ni radio, ni teléfonos celulares, ni automóviles, ni bicicletas, los campanarios transmitían tanto las buenas como las malas noticias. Antes, en los pueblos, las familias estaban dispersas y el medio más rápido y efectivo para que todos se enteraran de lo que ocurría eran las iglesias. Sus torres se podían ver en varios kilómetros a la redonda y muchos recurrían a ellas: para congregar a la gente cuando había alguna novedad o una emergencia y hasta para celebrar los últimos nacimientos.


***

En Portachuelo, durante años, la encargada de subir hasta el campanario para anunciar los fallecimientos fue Catalina Ortiz, una mujer de sesenta años que hasta hace unos minutos barría el patio del colegio en el que trabaja. Catalina lleva hoy unas zapatillas deportivas rojas, una chaquetilla blanca con un solo botón amarrado y un pantalón azul marino y dice que una vez le mandó al anterior párroco (a José María Ruiz) al infierno.

—Fue durante una discusión. En realidad él me dijo que yo iría al infierno y yo le dije que los dos acabaríamos en el mismo sitio. Pero la verdad es que nos llevábamos muy bien. Él me decía cariñosamente “vieja” y yo le colaboraba en todo lo que podía.

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Catalina le preparaba sus ropajes antes de misa. Limpiaba la iglesia. Solía viajar hasta la ciudad de Santa Cruz de la Sierra a comprar hostias y las traía ya bendecidas. Y tardó un poco en quitarle el miedo a las escaleras que desembocan en el campanario:

—Al principio, subía detrás del Padre y me temblaban las rodillas. Me asustaba mucho el viento y a veces me mareaba —rememora—. Cada 8 de diciembre (día de la Inmaculada) repicaba a las cuatro de la mañana para que los feligreses se alistaran para el rosario. La bola que golpeaba la campana era pesada y su sonido te reventaba el oído.

Durante muchos años, Catalina Ortiz fue la encargada de tocar las campan...
Durante muchos años, Catalina Ortiz fue la encargada de tocar las campanas en Portachuelo.


La última vez que repiqué fue para mi padre —agrega luego—. Él murió de cáncer hace dieciséis años (le sacaron un tumor de medio kilo) y, desde entonces, no he vuelto a subir al campanario. Pero a veces me dan ganas de regresar para explicar cómo se deben tocar los campanazos dobles. Siento que ya no los tocan tan bien como antes.

Según Catalina, en agosto muere más gente que el resto del año.

—Una vez contamos doce muertitos con el padre José María, doce, ¿se imagina?

En los velorios, asegura, la costumbre es llevar comida, charlar un rato, “tirarle a la carcajada” (hacer chistes). Y algunos hasta tratan de buscarle otra pareja a los viudos.

A la hora del aperitivo, en el local de Dina Soliz, una señora de setenta y cuatro años que administra un negocio de horneados, se arma un corrillo de sillas para recordar el “velorio” más surrealista de la última década, para recordar aquella mañana en que un monaguillo —tras una discusión con el padre Aquilino— se trepó a la torre de la iglesia, tocó la campana, dejó un papel con su nombre e hizo creer al pueblo que era un cádaver.

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—Se murió Claudio Moreno —dice Dina que comentaban los vecinos aquel día.

—“Claudio está muerto”, decían —repite Beby Gutiérrez sin aguantar la risa—. Todos creyeron que el jovencito se había accidentado. Hasta el padre Aquilino se acercó al supuesto velorio preocupadísimo. Pero todo era mentira: ¡El muerto estaba vivísimo!

—Por aquel entonces, mi muchachito tenía diecinueve años. Se había ido a la piscina de otro pueblo y no contestaba al teléfono. Y cuando volvió me dijo que estaba orgulloso de los campanazos que él mismo se había dado —cuenta Dolores, su madre.

Dolores ha aparecido de casualidad y todos la escuchan con desconcierto.

Como si la hubieran convocado con sus palabras.

Como si fuera ella la muerta.


***

Después del almuerzo, don Aquilino agarra el volante de su automóvil y ancla la vista en una vía repleta de baches que conduce hasta el barrio Obrero. Allí, la viuda de Elías Moya recibe a algunos amigos sentada en una silla de ruedas. A su alrededor, hay sillas de plástico. Hay niños. Hay gallos y perros. Hay jóvenes en polera. Hay hombres con el traje de faena. Hay señores mayores con la camisa limpia. El suelo es polvo muy fino.

Y en un cuartito chico que huele a formol y a habitación cerrada hay un ataúd flanqueado por unos faroles violetas y un par de personas que le rezan a Elías. Elías está hinchado y tiene dos pedazos grandes de algodón tapándole las narices. Don Aquilino se acerca y le dedica una breve oración que debe haber repetido miles de veces. Y luego —mientras se dirige al segundo velorio de la jornada— me dice que comerán rico, que aquí casi nadie llega a despedir al muerto con las manos vacías, ni siquiera en los sectores más pobres.

En todas las campanas está tallado el año de su fabricación.
En todas las campanas está tallado el año de su fabricación.


Minutos después, Aquilino parquea su coche al lado de una casa bastante grande del centro de Portachuelo. Allá todo es más señorial. En lugar de sillas hay sillones con un tapizado elegante. En lugar de gallinas hay flores. Y hay hasta un libro de visitas con la firma de algunos parientes de la difunta. En el salón principal, son más los susurros que las conversaciones. María Melfy descansa en un ataúd de madera con un cristal que separa su rostro de los que continúan vivos. Aquilino reúne a sus familiares en torno al cajón y recuerda lo buena cristiana que era. Y luego, mientras regreso a la iglesia a su lado, me mira a los ojos y dice una perogrullada: “todos somos iguales ante la muerte”.

A media tarde, en la plaza 25 de Septiembre todo está tranquilo: algunos pasean, otros dormitan y hay un par de parejas de enamorados agarrados de la cintura. Frente a la cristalera de la parroquia, nadie hace comentarios sobre los muertos del día y la torre de la iglesia luce en penumbras. Hoy no habrá más campanazos con rumbo a la lejanía.

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