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Crisis en Venezuela

El drama de venezolanos en la frontera entre México y EEUU: "Llegué a este país huyendo del mío"

No es común encontrar venezolanos en albergues en la zona limítrofe entre ambos países. Muchos entraron a Estados Unidos con visas de turista y otros huyeron a países sudamericanos cuando arreció la crisis política y económica. Llegar hasta acá es un lujo. Pero ahora enfrentan una larga espera para solicitar asilo.
9 May 2019 – 7:07 PM EDT

NOGALES, México.-El acento de Rosa (nombre ficticio) se distingue de inmediato afuera del comedor al que acude todas las mañanas acompañada de su esposo y de un amigo. Son los únicos venezolanos en una larga fila de centroamericanos y mexicanos que esperan un almuerzo gratuito.

Los tres llegaron hace dos semanas a esta ciudad fronteriza y de inmediato se presentaron a una garita estadounidense para solicitar asilo. Aseguraron ser perseguidos del régimen de Nicolás Maduro por apoyar al presidente interino Juan Guaidó. Rosa lloró contando la golpiza que recibieron ella y su marido en una reciente manifestación en su país. Pero el oficial migratorio que los escuchó no les permitió ingresar a EEUU, sino que los envió con un funcionario mexicano que les dio un número de espera.

A los sudamericanos no les quedó más que acudir al refugio San Juan Bosco, el más grande de Nogales. Ya han pasado varias noches en ese lugar y les faltan muchas más hasta que la Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (CBP) revise sus casos. Las familias que llegaron antes que ellos han esperado desde hace más de dos meses y ni siquiera tienen una fecha precisa para entrar a EEUU.

Rosa se contagió de varicela en el albergue, todos los días tiene que deambular en un sitio extraño porque no se puede quedar en el refugio y dice con tristeza que extraña la vida que dejó en Venezuela. Pero asegura que incluso esa situación es mejor a padecer hambre y represión en su lugar de origen.

“Es un cambio total comparado con lo que yo tenía, pero es necesario pasar por todas esas cosas a que salgas a comprar algo y te vayan a matar, a que sepas que alguien está pendiente de ti para agredirte, para hacerte algo”, compara Rosa, de 63 años, en una entrevista con Univision Noticias. “No es igual que vivir yo en mi casa, pero el tiempo de Dios es perfecto. Él sabe cuánto tiempo voy a estar yo acá”.

No es común encontrar venezolanos en albergues en la frontera mexicana. Muchos entraron a Estados Unidos con visas de turista y otros huyeron a países sudamericanos cuando arreció la crisis política y económica.

Rosa explica que pocos han hecho su mismo recorrido hacia el norte, hasta llegar a una garita aduanal de EEUU, debido a la hiperinflación. “Venir hasta acá cuesta mucho y en Venezuela no hay ese dinero”, mencionó.

Solo entre 2015 y 2018, el gobierno estadounidense recibió al menos 70,000 casos de asilo de oriundos de ese país, convirtiéndose en una de las nacionalidades que más solicitan dicha protección, por debajo de Afganistán, Siria e Irak, reportó Univision Noticias en octubre. La ayuda, sin embargo, les ha llegado a cuentagotas: apenas 328 venezolanos consiguieron el estatus en 2016.


Un viaje que realizan pocos venezolanos

Simpatizante del partido opositor Un Nuevo Tiempo, Rosa relata que dos incidentes la hicieron escapar de su comunidad. El primero ocurrió en marzo de 2018, durante un mitin contra el régimen de Maduro, después de que dejó su trabajo como profesora en una escuela policiaca por diferencias ideológicas.

“A mí me tiraron contra el piso y a mi esposo le dieron (golpearon) mucho (…) Fueron los colectivos armados que existen ahorita en Venezuela, que están infiltrados”, señaló refiriéndose a las bandas armadas que defienden al chavismo. “A mi esposo lo golpearon tan contundente que quedo allí. Mis amigos políticos me llevaron hasta un hospital, a él lo lograron revivir y ponerle tratamiento”, continuó.

Ambos acudieron a terapia psicológica, mientras se escondían de los extraños que llegaban a su casa a buscarlos. Su miedo llegó al límite el pasado 17 de abril, cuando volvieron a agredir a Rosa.

“Me fui a un supermercado a comprar alimentos (...) y cuando regresaba como a las 11 (de la mañana) me llegaron tres colectivos armados. Reconocí a uno, que fue el que me golpeó en la marcha. Me dijo: ‘Aquí estás’. Y me dijo un poco de groserías, me quitó las bolsas. Yo comencé a mirar para todos los lados y cuando vi gente ellos arrancaron en las motos y se fueron”, relató.

Impotente, ella se puso a llorar a mitad de la calle hasta que sus vecinos la acompañaron hasta la casa. Al llegar le llamó a un familiar en EEUU y este le ofreció ayuda. “Te vas de Venezuela”, le dijo el pariente.

Rosa y su esposo no viajaron solos hacia el norte. Su amigo Eddy Montiel, el único de los tres que aceptó que se publicara su nombre y se le tomara una foto, los acompañó en un recorrido que duró seis días.


Montiel, de 58 años, dice que también es disidente del chavismo. Por eso, el trío salió de Venezuela por carretera hasta llegar a la ciudad de Maicao, en el norte de Colombia, y luego se fueron a Bogotá. Allí tomaron un vuelo que hizo escala en la Ciudad de México antes de llegar a su destino, Hermosillo, en Sonora. Allí abordaron un autobús que los llevó a Nogales, en el mismo estado.

“Vengo huyendo de mi país por la situación económica y porque soy un perseguido político”, asegura Montiel, quien cree que estaría preso o desaparecido si se hubiese quedado en Maracaibo.

“Nos maltrataron, nos golpearon y a mi hija la andan buscando. Me golpearon para que yo les dijera dónde estaba y no pude, no les dije”, cuenta este hombre en medio del dormitorio para hombres del albergue San Juan Bosco.

“Si yo estuviera en Venezuela me estarían buscando para detenerme. No sé si para seguirme golpeando, porque ahora no sabemos qué nos hacen a los perseguidos políticos, nos desaparecen, no sé”, agregó.

Montiel confía en que las acciones del gobierno interino logren derrocar a Maduro, a quien cataloga de comunista. “Ojalá mi partido pueda hacer que Venezuela mejore, porque Venezuela, de verdad, está feo, feo. Trabajo hay, pero no se gana lo suficiente para comer, porque el salario mínimo es 18,000 bolívares mensuales, no alcanza ni para comprar un kilo de queso, un kilo de carne”, describió.

El sueño de Montiel y Rosa es encontrar tranquilidad en EEUU y volver cuando los chavistas ya no estén en el poder. “Tengo esperanzas de que Estados Unidos me ayude; si me ayudan ok, me quedaría allá y si no, no sé si quedarme en México, lo que tengo son seis meses de permiso de estar aquí”, lamenta.

Su amiga llora recordando lo que dejó atrás: su casa y sus tres hijos. No sabe cuándo los verá otra vez. En este refugio en Nogales comparte el que ahora es su más grande anhelo: llegar al aeropuerto de Maracaibo con una situación muy distinta a la que dejó hace unos días.

“Que me baje de ese avión y que vea toda esa Venezuela libre, esa Venezuela nueva, con un nuevo amanecer. Eso es lo que quiero”, expresa con el rostro empapado de lágrimas. “Yo volveré”.

* En la realización de este reportaje contribuyó la videógrafa Ana María Rodríguez.

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