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Univision Investiga

Cazadores de narcosumergibles: así viven en el mar los guardacostas que tratan de evitar que la droga llegue a EEUU

Durante dos semanas un equipo de Univision navegó por el Pacífico a bordo de una patrulla guardacostas de Estados Unidos especializada en la intercepción de narco sumergibles. Esta es la bitácora de una operación que cubrió los litorales de Ecuador, Colombia, Centroamérica y México.


24 Nov 2019 – 2:17 PM EST

Es la una de la mañana y la mayoría de los ocupantes del Bertholf, uno de los 13 barcos más grandes de la Guardia Costera de Estados Unidos, duerme en sus literas. La noche es cerrada y oscura.

Tres tripulantes, en el puente de mando, dirigen la embarcación hacia unas coordenadas enviadas por un avión del Departamento de Defensa que detectó movimientos sospechosos en aguas internacionales del Pacífico, un poco al norte de la línea del Ecuador, frente a Colombia. La proa apunta hacia el sur, mientras la popa deja una larga y espumosa estela de los 30 nudos -30 millas por hora-, una velocidad alta para una embarcación de 420 pies.

En el Centro de Información de Combate (Combat Information Center o CIC, en inglés), una de las pocas áreas de máximo secreto de la fragata, un experto monitorea cada barrido del radar.


El Bertholf se acerca a la localización reportada por la aeronave. A pocas millas del comando de la embarcación se anuncia por altavoz la activación del protocolo de búsqueda. Todos los tripulantes van a sus puestos. Antes de 10 minutos, 30 hombres y mujeres se congregan en el comedor para escuchar las instrucciones de la operación.

Inicia la operación

Cuatro hombres de las fuerzas especiales y dos pilotos, con armas y chalecos antibalas, suben a una lancha cazadora que cuelga en el estribor del Bertholf -lado derecho del barco-, mientras otros tripulantes coordinan su descenso. Ya en el agua se escucha un grito: “Ready to go!”.


La lancha arranca veloz y se pierde en la oscuridad. En la cubierta trasera otro grupo armado espera a que los marineros alisten otra lancha, un poco más grande, que será deslizada por un extremo de la embarcación a través de una compuerta hidráulica. La brisa gélida se incrusta en los huesos. En el puente de mando el capitán Brian Anderson no pierde detalle mientras piensa en los riesgos de la operación.


“Cada vez que pongo un miembro de la tripulación en un barco o un helicóptero es peligroso. Entiendo los riesgos. Entrenamos todos los días para hacerlo con seguridad”, dijo a Univision.

Media hora después el puesto de comando informa por los altoparlantes que la lancha regresa. No habrá más salidas. Con ganchos metálicos sujetos a líneas de acero la elevan por el aire hasta dejarla asegurada para que los oficiales bajen. Están completamente mojados. Los rostros de frustración son evidentes mientras regresan con pasos firmes al calor de sus camarotes. El radar tampoco detecta movimientos.

Un nuevo intento

Por más de 12 horas integrantes de la Guardia Costera adelantaron un operativo en alta mar, en el Pacífico, para capturar un semiseumergible artesanal y poner bajo custodia la cocaína que transportaba. Esta es parte de la cronología de estos hechos :


Esa tarde, en el comedor, oficiales de inteligencia inspeccionaron las maletas de los cuatro detenidos. No eran de gran tamaño y fueron analizadas una por una. Sobre una mesa hicieron el inventario del contenido: documentos de identificaciones, dinero y ropa. Cada cosa fue fotografiada y quedó registrada en un tablero. Alcancé a identificar billetes colombianos y mexicanos, y un pasaporte café con letras doradas que decía República de Colombia. Sentado frente a esa mesa, a dos metros, sin ocultar mi decepción, vi cómo sacaron de una maleta la camiseta de la selección colombiana de fútbol, mi selección.

Cocaína en alta mar

Con el camarógrafo Tony Álvarez abordamos la lancha que nos esperaba con su motor encendido y las compuertas abiertas. Usamos chalecos salvavidas y nos acomodamos en la parte trasera, sobre unas sillas con forma de lomo de caballo y cinturones de seguridad. Bajan la embarcación por una rampa y en menos de 30 segundos estamos en el agua. La piloto, una mujer de menos de 30 años de edad, pregunta si estamos listos, respondemos afirmativamente y arranca a toda marcha.

En el mar picado la lancha brinca con cada ola. Tony sostiene su cámara con firmeza para no perder un solo detalle. Disminuimos la velocidad y allí estaba, frente a nosotros, luego de casi una semana de navegar de norte a sur, de este a oeste, el trofeo de los guardacostas y el motivo principal de nuestro viaje: una embarcación color aguamarina de 20 pies de largo y tres motores fuera de borda zarandeada por las olas. Tiene menos de un pie fuera del agua. Lo único que sobresalen son los tres motores en su parte trasera y los cuerpos de dos oficiales de la Guardia Costera sentados en su cubierta.

En los rostros de los marineros hay expectativa por saber más detalles del cargamento incuatado.

Desde el narcosumergible los patrulleros hacen señas a la otra lancha para que se acerque y así, con cuidado, transbordar la droga, paquete por paquete, en medio del fuerte oleaje que separa a las embarcaciones, dificultando la operación. Pasan con gran esfuerzo 12 fardos forrados en plástico grueso hasta que la capacidad de lancha llega a su límite y se dirige hacia el Bertholf.


Una hora más tarde, los patrulleros repiten el procedimiento y luego es el turno de nuestra lancha para recibir bultos de droga. Nos acercamos tanto que casi podemos tocar el semisumergible. Su cubierta es de color verde azulado, lo que le permite camuflarse con el agua del mar. Alcanzamos a ver algunos tanques azules que podrían contener combustible. En total fueron 65 paquetes llevados al barco, al que regresamos casi a las 4 de la tarde.

Destrucción

Subimos al puente de mando donde los oficiales discutían cómo destruir el semisumergible. Alguien plantea abrirle huecos para que haga agua y se hunda, pero la opción ganadora es de uno de los dos oficiales que estuvo ocho horas en la embarcación: dispararle hasta que explote en el mar. Un arma calibre .50, de largo alcance, empotrada en estribor -lado izquierdo del barco- será su verdugo y así los francotiradores de la embarcación podrán practicar tiro al blanco.


Cuatro hombres se paran frente a la potente arma para disparar hacia el narcosumergible que está a la deriva, con su tripulación detenida. La detonación de las secuencias de disparos retumba con fuerza. La primera ráfaga no estuvo cerca y los uniformados se rotaron emocionados. En el quinto intento un proyectil impactó uno de los tres motores causando una gran explosión que desató una llamarada que se expandió por todo el casco. Durante dos horas el fuego lo consumió, mientras el Bertholf marcaba círculos a su alrededor, hasta que se partió en dos y se hundió. El agua fría del Pacífico apagó las llamas que quedaban y ese punto, que por horas titiló en el radar, se borró por completo.

Así son los cementerios de narcosumergibles incautados en Colombia

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