Elecciones

Colombia vota en la segunda vuelta de unas polarizadas elecciones presidenciales

Poco más de 36 millones de colombianos están llamados a participar en la elección del sucesor del presidente Juan Manuel Santos. El conservador Iván Duque, ganador de la primera vuelta, se enfrenta al exguerrillero Gustavo Petro. Se trata de la primera vez que el país acude a las urnas en paz para elegir a su nuevo presidente tras más de medio siglo de guerra.
16 Jun 2018 – 7:05 PM EDT

BOGOTÁ, Colombia.– Colombia decide este domingo quién será su presidente para los próximos cuatro años y el sucesor del actual mandatario Juan Manuel Santos. Poco más de 36 millones de colombianos están llamados a asistir a las urnas en una segunda vuelta electoral, en la que predomina la sensación de que hay mucho en juego y que estas serán las elecciones más importantes de la historia reciente del país. Con el acuerdo de paz alcanzado con la guerrilla de las FARC a finales de 2016 comenzó una nueva era cuyo segundo episodio llega ahora.

Hay un mensaje que ha tomado fuerza: El voto del domingo no es para decidir entre izquierda y derecha, sino para apostar por un cambio hacia la renovación política o por mantener a las elites en el poder. El medio online 'La Silla Vacía' habla de elegir entre "el establecimiento o las fuerzas alternativas".

La posición de los dos candidatos en los polos opuestos del arco político favorecen este símil: Iván Duque pertenece al partido Centro Democrático del expresidente Álvaro Uribe, y aunque él mismo se considera de "extremo centro" forma parte del partido más inclinado a la derecha en Colombia, mientras que Gustavo Petro fue en su juventud guerrillero del M-19.

Durante décadas la mayor preocupación en Colombia fue la seguridad, pero ahora no es así. En la primera vuelta del 27 de mayo se batió el récord de participación: regiones como las costas del Pacífico y el Caribe donde la abstención y la compra de votos eran la norma se movilizaron para salir a votar.

Como nunca antes había ocurrido en el país, las redes sociales se han inundado de mensajes politizados y muchos jóvenes se han implicado en estas elecciones por primera vez. El debate electoral se ha colado en la sociedad. Los cinco candidatos (y sus equipos) que llegaron a la primera vuelta representaban una diversidad como no se había conocido en el pasado, cuando la opción siempre era votar entre el conservador y el más conservador.

Y sucede que el centro ha quedado desplazado en segunda vuelta y eso ha provocado la división del electorado en tres bandos: los uribistas, los petristas y los del voto en blanco.

Iván Duque ha logrado sumar el apoyo del conjunto de ese establishment al que ataca Petro en sus discursos. Con él están los partidos tradicionales y los que defienden el sistema, las iglesias, los empresarios y los militares retirados, además de las víctimas más críticas con el acuerdo de paz. A ellos se ha sumado el poder mediático, como evidenció el editorial el pasado 9 de junio del periódico El Tiempo, el más influyente en el país.

"Esta casa editorial da su respaldo al nombre de Iván Duque, cuyo programa de gobierno es serio y quien representa una esperanza de moderación y cambio generacional, deseable en la coyuntura". Critica a Petro "la pésima calidad" de su gestión como alcalde de Bogotá entre 2012 y 2015 y añade que "sus posturas chocan y en algunos casos entran en contradicción con los preceptos de la democracia liberal".

El cambio que representa Petro genera desconfianza. Sus defensores esgrimen que la nueva era, gane quien gane este domingo, ya ha comenzado, pues en las elecciones legislativas en marzo diversas fuerzas nuevas consiguieron representación en el Congreso evidenciando la crisis de la política tradicional.

"No votar por Petro en estas elecciones es votar por la muerte. No se trata de seguir a un líder con devoción. Se trata ahora de atajar el regreso del uribismo, de la guerra y del retroceso social. Y no por cuatro años, sino por un término indefinido", dice la escritora y académica Carolina Sanín en un post que publicó en Facebook. Junto a su círculo de amigos creó el grupo 'Gomelos con Petro' (gomelo hace referencia a los jóvenes de las clases altas), para abordar la campaña desde una mirada intelectual y con espacio para el humor.

No menos convencidos son los gurús del voto en blanco, cuyo argumento principal es: ¿por qué elegir entre dos opciones malas? "El voto en blanco es optar por el silencio. Ante dos ruidos dañinos y malévolos, mejor callar, porque escoger, en ambos casos, es escoger la muerte", dice el escritor Héctor Abad Faciolince, autor de 'El olvido que seremos', en una columna en el diario 'El Espectador'.

La clave estará en cuántos ciudadanos que ocupan el centro político se decanten por esta última opción (o por la abstención) o su rechazo al regreso del uribismo o al movimiento de izquierda de la Colombia Humana les impulsen a votar por su adversario. En primera vuelta hubo 7,215,767 millones de personas que acudieron a las urnas y no votaron por Duque ni Petro.

La batalla dialéctica

El principal ataque desde el uribismo a Gustavo Petro ha sido llamarle "castrochavista" y acusarle de querer convertir a Colombia en la nueva Venezuela. Este mensaje ha calado en algunos sectores de la población, aunque quienes han estudiado a fondo el programa de Petro aseguran que las posibilidades de que esto realmente suceda son débiles.

Consciente del poder de los símbolos en estas elecciones, Petro se comprometió a respetar la Constitución y las leyes colombianas en un acto público cargado de significado en Bogotá. El candidato asumió 12 principios éticos 'escritos en piedra', que serán (según dice) las bases sobre las que sostendrá su gobierno.

No expropiar. No convocar una Asamblea Constituyente y respetar la Constitución vigente de 1991. Manejar los recursos públicos como recursos sagrados. Impulsar la iniciativa privada. Garantizar la democracia pluralista y el respeto a la diversidad. Respetar el Estado Social de Derecho y defender la independencia entre las ramas del poder público, la participación de la ciudadanía y la justicia social.

"Si ganamos, las lápidas se van a quedar en el despacho presidencial", decía Petro el pasado 8 de junio tras recibir el apoyo de Claudia López y Antanas Mockus, los dos espadas del equipo de Sergio Fajardo, el candidato del centro que estuvo a punto de quitarle el segundo puesto en primera vuelta. "Podemos ir en paz a ganar", gritaron los tres en este acto en la capital junto a Íngrid Betancourt, quien fue candidata a la Presidencia y estuvo secuestrada por las FARC.

La adhesión de estas tres figuras políticas con gran influencia en la centroizquierda colombiana no hubiera sido posible sin Ángela María Robledo, la fórmula vicepresidencial de Petro, reconocida por su lucha por los derechos sociales, en especial por la igualdad de género.

Una de las jugadas más hábiles de la segunda vuelta de estas elecciones, en la que no ha habido un debate cara a cara entre los dos candidatos (Petro acusa a Duque de haberse negado), ha sido cómo el progresista ha intentado dar la vuelta a la polémica sobre el "castrochavismo".

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Al calificar a Uribe en una entrevista reciente con el diario El Tiempo como un dictador estaba reconduciendo hacia su enemigo político esa ira que ha calado en Colombia tras la crisis en su vecina Venezuela contra los regímenes déspotas y ese miedo al rapto de la democracia. "Nuestro Chávez es Uribe", afirma la periodista María Jimena Duzán en su columna de la revista 'Semana', una de las más leídas en el país.

Para entender los argumentos que esgrimen los paladines de esta tesis, hay que mirar al pasado reciente de Colombia. Álvaro Uribe ganó las elecciones en 2002 y repitió mandató cuatro años después de impulsar una reforma de la Constitución para posibilitar la reelección. Intentó repetir la jugada y quedarse en el poder un tercer mandato pero la Corte Constitucional frenó sus deseos.

Entonces colocó a su delfín Juan Manuel Santos, quien había sido su hombre de confianza como Ministro de Defensa en su gobierno. Este se convirtió en el alumno díscolo que se distancia del maestro y consiguió sacar adelante el proceso de paz pese a la oposición férrea del que fue su jefe.

Su partido eligió para estas elecciones a Iván Duque. Si este gana podría ser la vuelta de Uribe a la candelera del poder. Es un enigma cómo se comportará Duque en caso de llegar a la Presidencia. Si será un "títere" como le bautizó la prensa colombiana o será ese político joven, brillante y bien formado al que apoyan sus seguidores. El futuro del país dependerá mucho de qué camino emprenda en caso de ser elegido.

En las elecciones de marzo Uribe se convirtió en el senador más votado en la historia de Colombia y su partido fue el que más representación consiguió en el Congreso. Las voces críticas con el uribismo creen que el expresidente podría aprovechar su mayoría en el órgano legislativo y su control del poder ejecutivo con Duque en la Presidencia para dirigir el país a su antojo.

Por eso algunos votantes que optaron por Fajardo en primera vuelta han manifestado que votarán por Petro como "un mal menor", como dice el jurista Rodrigo Uprimny, porque así habrá un contrapoder. En la hipótesis de que Petro quisiera sacar adelante alguna de sus medidas más polémicas, tendría que enfrentarse a la bancada uribista en el Congreso. Algo que no sucedería si gana su oponente.

Gane quien gane, el perdedor tendrá un premio de consolación: la reforma de equilibrio de poderes aprobada en 2015 (la misma que derogó la reelección presidencial impulsada por Uribe) incluye un asiento en el Senado para el segundo candidato más votado en las elecciones presidenciales y otro escaño reservado en la Cámara de Representantes para su fórmula para la vicepresidencia, desde donde podrán ejercer la oposición hasta 2022.

Este domingo los colombianos tienen la oportunidad de elegir por dos opciones muy diferentes. Lo importante no es la polarización, que existe, sino que será la primera vez que el país vota en paz a su nuevo presidente tras más de medio siglo de guerra. En la batalla dialéctica que han protagonizado ambos candidatos durante la campaña, la última palabra la tiene el pueblo.

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