“Yo estuve igual que ellos”: La vida en el barrio de la frontera donde se esconden los indocumentados
CALEXICO, California.- A la señora Reynalda Terán le sobrarían motivos para estar enfadada con los indocumentados que cruzan de noche por su propiedad, que se ocultan en su patio trasero y que incluso se han metido a su casa huyendo de la Patrulla Fronteriza. Pero ella asegura que es afortunada por vivir frente a la valla metálica que divide a Calexico (California) y Mexicali (México).
“Pobrecitos, me dan lástima, yo estuve igual que ellos”, dice esta anciana de 74 años que se benefició de la amnistía migratoria de la década de 1980. Aunque ya es ciudadana estadounidense, no olvida lo difícil que la pasan los indocumentados. “Muchos vienen a buscarse la vida, el pan de cada día”, comenta.
Desde la humilde casa de esta mujer se alcanza a ver el centro histórico de Mexicali y el acceso a la garita de Calexico. Esto es posible porque ahí no hay muro ni lámina, sino barrotes y una malla metálica. Es una ilusión óptica. Quien visita la zona por primera vez pensaría que es la misma comunidad.
Tres vehículos de la Patrulla Fronteriza estacionados en un tramo muy corto confirman lo que cuenta la señora Reynalda: que este barrio es una ruta de entrada a EEUU para quienes hacen escala en Mexicali.
Ella no acaba de contar la anécdota sobre el migrante que dejó una mancha de sangre en su patio, cuando empieza a relatar aquella noche en que alguien pasó corriendo “como venado” o la vez que un joven se cortó escalando la barrera oxidada. Sabe que en esta época del año con temperaturas altas nadie pasa de día porque se quemaría las manos al sujetarse del metal.
Hace dos semanas la despertó un estruendo y pensó que habían golpeado su camioneta, pero al asomarse por la ventana se enteró que “le habían tirado una piedra al de la migra”.
El susto más grande, relata esta originaria de Nayarit, se lo llevó hace unos años, cuando regresando de visitar México encontró a una persona que se escondía dentro de su vivienda. “Estaba en el cuarto”, contó. Por eso, hace dos años reforzó todas sus ventanas con barras de acero. Santo remedio.
A pesar de los constantes dolores de cabeza que le dan quienes cruzan ilegalmente hacia California, ella dice que los entiende y que no está de acuerdo en que el presidente Donald Trump construya frente a su casa un muro de 30 pies de alto que no le permita ver hacia su querido México.
“Estoy contra el muro, porque de todos modos la gente se va a pasar. Esta idea la sacó este señor porque es racista. Nadie lo quiere”, expresó.
La señora Reynalda vivió en Washington, pero regresó a Calexico porque su hijo está en Mexicali y no tiene visa. El diseño de la barda le permite verlo cuantas veces quiera. Solo tiene que salir de su casa y cruzar la calle. Aunque están separados físicamente, mantienen una relación cercana, dice ella.
“Haga de cuenta que estoy con mi familia”, dice sobre esta experiencia.
Para su fortuna, el proyecto de renovación de la barda fronteriza en Calexico no llega hasta su barrio. Esta obra de 2.25 millas de extensión aprobada en 2009 quitará la vieja valla que se colocó en la década de 1990 para colocar postes más gruesos y altos. Este modelo, a diferencia de los ocho prototipos elegidos por el gobierno de Trump, tampoco impedirá ver hacia México.
El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) afirma que urge esa barrera, citando que en el año fiscal 2017 arrestaron a 18,633 indocumentados y decomisaron 5,554 libras de marihuana. Además, en ese período 21 agentes fronterizos fueron atacados allí.
El señor Armando Chávez, quien vive frente a la valla fronteriza en Calexico, tampoco apoya los planes de Trump. Hace poco, un indocumentado se metió hasta el baño de su casa durante la noche. Le sacó el susto de su vida, pero no lo reportó a la Patrulla Fronteriza. “Hacen su lucha los pobres”, dice.





