“Le hice un muro a Trump y no gasté millones”: Una familia mexicana construye su propia pared frente a la vieja valla fronteriza
“Le hice un muro a Trump antes que él a nosotros y no gasté millones”. Rosa Pérez suelta una carcajada al hablar sobre la barda de tabicón que dos albañiles construyen en el patio trasero de su casa, que casi llega hasta la vieja valla metálica que divide a México y California.
Esta mujer que nació en Sonora vive desde hace 15 años en el Nido de las Águilas, una colonia pobre y con unas cuantas calles pavimentadas. Varias casas, como la de Rosa, terminan o están cerca de la barda oxidada, por eso están acostumbrados a los recorridos en moto y a caballo que realizan los agentes de la Patrulla Fronteriza al otro lado, así como a los cruces nocturnos de grupos de indocumentados.
“La migra pasa a cada rato, los aviones. No dejan pasar a nadie. Hace 15 años mucha gente pasaba por aquí, ahorita ya no”, asegura esta madre de cuatro hijos y abuela de dos. Ella dice que precisamente intenta cubrir con su barda el tráfico humano que aún sucede detrás de su hogar. A su familia no le incomoda, pero prefieren dejar de verlo.
Cerca de ahí están los ocho prototipos del muro de Trump. Son tres veces más altos a la actual barda y la Patrulla Fronteriza los quiere multiplicar lo antes posible por esta razón: 10,727 personas fueron arrestadas tratando de cruzar ilegalmente hacia San Diego del 1 de octubre al 31 de mayo, esto es más del doble que el mismo periodo del año fiscal anterior.
El muro de Rosa ya le ha costado unos 15,000 pesos (alrededor de 780 dólares) y cree que aún le faltan 10,000 más (520 dólares). Cada día le paga 300 pesos (15 dólares) a los albañiles. Ese dinero lo ha obtenido vendiendo tacos a unas cuadras de su casa y rentando artículos para fiestas infantiles.
Es viuda, hace un año falleció su esposo. Con él compró por 13,000 dólares el terreno en el que edificó su casa, que es de tabique y de dos pisos, contrastando con otras de madera y lámina de cartón que colindan con la valla fronteriza.
Su nieta Narely Yocelin, de 16 años, cuenta los días que faltan para que acaben la barda. Ya no quiere ver "la lámina" (así le dicen al muro fronterizo en esta zona) que está entre su colonia y EEUU.
“Cuando mi abuela termine la barda me sentiré más segura”, comenta la adolescente que habla como si fuera una adulta al referirse sobre los inmigrantes que se dirigen hacia el norte.
“Habiendo más empleos, pagando mejor en México, no habría necesidad de ir a Estados Unidos”, asegura esta joven que quiere estudiar criminología para resolver los asesinatos que nadie investiga. “Cruzan hacia el otro lado buscando una mejor vida”, agrega.
Desde que era niña dejó de asombrarse por los constantes patrullajes de los agentes fronterizos. Cuenta que a veces la despiertan las voces de los oficiales que interrogan a los detenidos. “No me da miedo, ya me acostumbré, desde que nací he vivido aquí. Para mí es algo normal”, dice.
Cuando se le pregunta qué muro prefiere ver, el de su abuela o el de EEUU, ella no duda en responder que el que protegerá a su casa de los ladrones. “Siento que ‘la lámina’ es la inseguridad que enfrentamos todos los que vivimos aquí”, menciona.


