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Donald Trump

Sin eventos y con apenas una aparición en un video sin mencionar a Biden: las últimas 24 horas de Trump en la Casa Blanca

Apartado de la mirada pública, Trump compartió un video de unos 20 minutos en el que trató de proyectarse por encima del recuerdo del asalto al Capitolio, por el que fue acusado de "incitación a la insurrección" en un inédito segundo 'impeachment'. Sigue aquí lo último sobre la recta final de la transición.
19 Ene 2021 – 06:46 PM EST
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“El presidente (Donald) Trump trabajará desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche. Hará muchas llamadas y tendría varias reuniones”. Así de escueta e imprecisa fue la última agenda que envió a los medios el equipo de prensa del saliente presidente Donald Trump.

Fue la repetición de varios comunicados similares enviados por la oficina de prensa presidencial en los últimos días, desde el asalto del 6 de enero, cuando una turba de sus simpatizantes alentada por el mensaje del presidente irrumpió en el Capitolio de Washington con la creencia (alimentada también por el mandatario) de que podría impedir la certificación de Joe Biden como mandatario electo.

En su último día como presidente, Trump estuvo como un virtual recluso en la Casa Blanca, sin eventos, sin comparecencias, sin Twitter, apartado de la mirada pública.

Hacia el final de la tarde del martes, en un video grabado, un Trump sobrio trató de proyectarse por encima del recuerdo de aquel asalto en el ‘templo de la democracia’ por el que la Cámara de Representantes lo sometió a un segundo e inédito ‘impeachment’ por considerar que fue responsable de "instigar a la insurrección”.

“Me voy de este sitio majestuoso con un corazón leal y agradecido, un espíritu optimista, y una suprema confianza en que para nuestros hijos lo mejor está por venir”, dijo Trump en el video de 20 minutos que fue grabado en los jardines de la residencia presidencial. Condenó, asimismo, la violencia en el Capitolio, aunque sin reconocer alguna responsabilidad en azuzar los ánimos aquel día o recordar cómo había dicho que los “comprendía” y que los “amaba”.

Siempre en tono electoral

Aún en su último mensaje, el saliente presidente sigue sin nombrar a Biden ni felicitarlo directamente. Ambos líderes no tuvieron ningún contacto desde las elecciones del 3 de noviembre de 2020, cuyo resultado Trump sostuvo que era fraudulento hasta la debacle en el Capitolio.

Fiel a su estilo, el todavía mandatario no pudo evitar las alabanzas a su gestión de gobierno, como el éxito de tener una vacuna contra el covid-19 en meses y afirmar que le habría llevado “tres, cuatro, cinco o quizá hasta 10 años para desarrollar”. Y tampoco pudo evitar poner un tono de campaña electoral, como fueron casi todas sus alocuciones en la presidencia, cuando Trump sonaba más como el candidato a la reelección que como el presidente encargado de gobernar para todos los estadounidenses.

“Mientras me preparo para entregar el poder a una nueva administración a mediodía del miércoles, quiero que sepan que el movimiento que empezamos está solo comenzando”, dijo Trump, esquivando el mal momento por el que atraviesa, él personalmente, y el Partido Republicano, envuelto en disputas internas para el control de la organización.

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Trump parece haber dejado de gobernar, o incluso de mostrar algún interés en hacerlo, desde que perdió las elecciones ante Biden.

Inmediatamente después de que el sábado 7 de noviembre (4 días después de los comicios), cuando los principales medios de comunicación proyectaron como ganador al demócrata, como es la tradición desde hace décadas en Estados Unidos, el presidente se dedicó a difundir la versión de que había sido víctima de un “fraude masivo”. Pero su campaña no pudo demostrarlo ni con más de 60 demandas en cortes, procesos de revisión en los estados o ante la Corte Suprema de Justicia, que se negó a considerar dos demandas por insuficiencia de pruebas.

Además, el Departamento de Justicia informó que no había encontrado bases para abrir investigaciones sobre malos manejos en las elecciones; y, mucho antes, el principal encargado de supervisar la seguridad del proceso lo declaró el “más seguro de la historia” y por eso fue despedido por el presidente.

Trump, su campaña y decenas de políticos republicanos siguieron difundiendo la falsa información de que las elecciones les habían sido robadas y contribuyeron a aumentar la indignación de millones de ciudadanos que creyeron esas demostradamente falsas teorías.

Hasta que todo estalló en el Capitolio, el evento que marca el legado del gobierno de Trump por haber sido la primera vez en la historia que una turba intenta interrumpir el trabajo de los congresistas cuando se dedicaban a recibir el resultado del Colegio Electoral que certificaba el triunfo de Biden.

Además, con su insistente campaña de desinformación, Trump debilitó la confianza de una parte grande de la población (sus votantes más activistas) en el mecanismo del voto como herramienta de cambio político, un daño que puede mostrarse peligroso si no logra corregirse a tiempo.

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Del ‘birtherismo’ al “fraude”

De entrada, Trump deja a Biden con un lastre, el de ser visto por millones de estadounidenses como un presidente ilegítimo. Una reciente encuesta de Quinnipiac encontró que el 75% de los republicanos consultados no cree que el demócrata haya ganado la elección de manera honesta.

No será la primera vez que Trump promueva una teoría falsa para complicarle la acción a un presidente. Al fin y al cabo, lo hizo con Barack Obama cuando promovió y financió el movimiento de los ‘birthers’, que sostenía que el primer mandatario negro del país no había nacido en Estados Unidos.

El ‘birtherismo’ fue una insólita molestia para la administración Obama que reflejaba un racismo estructural más profundo de lo que algunos querían reconocer en ese momento y que Trump se encargó de explotar hasta convertirlo en parte de su base electoral años después.

Obama al final presentó su certificado de nacimiento en el estado de Hawaii y, aunque esa era la prueba que exigían para creer que era un estadounidense como ellos, los ‘birtheristas’ empezaron a dudar de la legitimidad del documento, demostrando que para los cultivadores de teorías conspirativas nunca hay una prueba suficientemente buena que logre convencerlos.

En aquel entonces, Trump era una figura curiosa, un magnate inmobiliario devenido en celebridad de televisión que solía opinar sobre lo que sabía y lo que no sin importarle el efecto que sus palabras tuvieran en la institucionalidad o la convivencia ciudadana.

Ahora, Trump va a tener la investidura de un expresidente, pero es difícil ver cómo podría adquirir un sentido de responsabilidad colectiva que no mostró en sus cuatro años en la Casa Blanca.

No es previsible que Trump se desdiga y le explique a su base que el fraude aquel nunca existió y que fue un intento desesperado (e ilegal) por tratar de revertir el resultado de las elecciones que lo dejaron como un perdedor, esa condición desventajosa a la que tanto le ha temido en su vida.

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