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Urbanizaciones privadas siguen al alza en Buenos Aires

El crecimiento de los llamados “barrios cerrados” ha sido sin regulación suficiente y tendría importantes impactos en el medioambiente.
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29 Mar 2016 – 6:03 PM EDT

Tener que mostrar una identificación, dar los nombres de los pasajeros del auto y abrir el maletero de éste cada vez que se llega a casa no es algo que suene atractivo. Sin embargo, dentro Buenos Aires, las urbanizaciones privadas con guardias siguen expandiéndose, convertidas en sinónimos de seguridad y exclusividad.

Los llamados barrios cerrados actualmente abarcan alrededor de 150 millas (388 kms) de la región, el doble del territorio del centro de Buenos Aires. Su creciendo rápido —y, en gran parte, sin regulación— está agotando los recursos ambientales y servicios públicos, sin mencionar los cambios que están produciendo en el tejido social de la ciudad.

Situado en el litoral del Río de la Plata, Buenos Aires se encuentra en un extremo de las grandes llanuras o pampas. La tierra en estas comunidades suburbanas es mucho más barata que en la ciudad, por lo que muchas personas que están comprando su primera casa optan por estos barrios cerrados.

“Siempre fui reticente a la idea de vivir en un barrio cerrado”, dice Gustavo Grahmann. “Me crié en un vecindario normal y relacionaba los barrios cerrados con vivir en una burbuja, aislado de la realidad”.

Grahmann, un mayorista de 34 años de edad, y su esposa decidieron comprar su primera casa en un barrio cerrado en el norte de Pilar después de que nació su hija, quien ahora tiene un año.

“Podíamos comprar más por menos dinero en comparación con áreas que nos gustaron más”, dice Grahmann. “No había ni que pensarlo”.

Dependiendo de las comodidades disponibles y la distancia de la ciudad, las viviendas en un barrio cerrado pueden costar la mitad por cada pie cuadrado (unos $110) que las viviendas en el centro de Buenos Aires, dice Haydeé Burgueño, una agente de bienes raíces de la zona.

La seguridad es otro factor que los compradores toman en cuenta, particularmente cuando tienen hijos. Buenos Aires tiene una tasa de homicidios relativamente baja, pero crímenes como robos en casa, robos de auto y asaltos ocurren con frecuencia.

“No es común llevar a los niños al parque por se percibe como inseguro”, dice Burgueño. “Los padres están dispuestos a hacer un esfuerzo, trabajar en el centro de la ciudad y viajar más distancia a sus casas para que sus hijos puedan correr libremente afuera”.

La fascinación de Argentina con los barrios cerrados empezó en 1930. Ese año se inauguró el Tortugas Country Club, un destino exclusivo ubicado unas 25 millas al norte del centro de la ciudad que contaba con campos para jugar polo y un clubhouse blanco al estilo colonial que estaba rodeado de buganvillas.

Inicialmente, el propósito de éste y otros countries eran estadías de un fin de semana o bien en días festivos, ya que quedaban lejos de la ciudad y ofrecían campos enormes para jugar polo, tenia y golf.

Pero las cosas empezaron a cambiar en los años noventa, bajo el liderazgo del presidente Carlos Menem, quien abogó por reformas que promovieron el libre mercado.


“La disponibilidad de terrenos baratos, el desarrollo de carreteras, el neoliberalismo y una percepción agudizada de inseguridad fomentó un nuevo sueño: vivir en los exuberantes y seguros suburbios sin estar demasiado lejos del centro de la ciudad”, dice Guillermo Tella, un urbanista, académico y director ejecutivo de Planificación Estratégica para la ciudad de Buenos Aires. Además, en los noventa se crearon nuevos planes de hipotecas a largo plazo, los que reforzaron este boom de la construcción.

Después de que la economía de Argentina se viniera abajo en 2001, los barrios cerrados siguieron siendo populares debido a la inseguridad aumentada causada por “ secuestros express” en los que se asaltaba a una persona a punto de pistola y se le obliga sacar dinero de un cajero automático, para después liberarla. Era más difícil conseguir préstamos para hipotecas, por lo que se desarrollaron condominios en barrios cerrados que contaban con piscinas y áreas para hacer parrilladas. Estos se adaptaron a presupuestos más pequeños.

Como resultado, el área metropolitana de Buenos Aires se expandió y se fue impulsando la frontera suburbana más y más lejos. Hoy día hay todo tipo de barrios cerrados: existen aquellos similares a un resort caribeño. Otro barrio intenta asimilarse a pueblo medieval italiano, mientras que otros como Nordelta se han convertido en ciudades en sí.

Nuevos centros comerciales con cines, restaurantes y cafés han aparecido alrededor de los barrios cerrados más nuevos y las empresas han cambiado sus sedes a estas zonas, particularmente al norte de Buenos Aires.

Pero el crecimiento ocurrió tan rápido que resultó ser demasiado para la infraestructura preexistente.

“Pilar antes era un pueblo provincial pequeño y lindo”, dice Burgueño, quien nació en la zona. El aumento vertiginoso de la población supuso una carga excesiva a los sistemas escolares y de salud. Además, el transporte público aún deja mucho que desear y la red de carreteras no colapsa con la gran cantidad de automóviles.

Grahmann conduce más de 25 millas (40.2 kms.) tanto de ida como de vuelta entre su casa y su trabajo. Tiene que partir a las 7 a.m. para evitar la hora pico, de lo contrario le toma el doble del tiempo. No hay autobuses que vayan directamente al centro de la ciudad.

El desarrollo de los suburbios también ha supuesto una carga en los recursos naturales. “Generó una transformación masiva de tierras rurales y ecosistemas, tales como pantanos y terrenos inundables, en barrios privados”, observa Tella.

Muchos de estos barrios privados —algunos de los cuales tienen lagos artificiales y lagos— han afectado a ecosistemas que son vitales para el drenaje de agua y que también son críticos para contener inundaciones. Estudios han demostrado que estos cambios han empeorado las inundaciones en ciertas áreas, entre ellas la cuenca del Río Lujan, que queda al norte de Pilar.

Aunque las nuevas comunidades han creado racimos de trabajo fuera del centro congestionado de Buenos Aires, no han fomentado la integración social. Con frecuencia los muros de los barrios cerrados están rodeados por las chozas frágiles donde viven los que trabajan, como jardineros o criadas.

Un proyecto de ley aprobado en 2012 en la provincia de Buenos Aires le da al gobierno provincial el derecho de gravar impuestos sobre los nuevos barrios cerrados en un décimo del valor de sus terrenos para invertir los fondos en viviendas sociales, pero hasta la fecha esto no ha sido implementado.

En su barrio cerrado, Grahmann dice que los residentes están tratando de socializar con la gente que vive en los alrededores fuera de la urbanización. Explica que han organizado fiestas navideñas e intentan contratar gente de la zona como guardias.

“Nos necesitamos mutuamente”, dice. “Necesitamos a las personas que viven en estas zonas para que nos ayuden en nuestras casas. Y creamos mejores oportunidades de trabajo. Necesitamos más integración”.

Esta historia fue publicada originalmente en inglés en CityLab.com.

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