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San Francisco: de ícono de la tolerancia a la ciudad que nadie puede pagar

La devastadora crisis de asequibilidad de la ciudad tiene un insólito culpable: sus famosas políticas progresistas.
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6 Jun 2016 – 12:11 PM EDT

Me mudé a San Francisco por sus políticas radicales. Muchos otros hicieron lo mismo, durante generaciones. Era quizás como mudarse a Los Ángeles persiguiendo el sueño de ser una estrella de cine: para aquellos que querían ser parte del gran proyecto de reconstrucción de la izquierda estadounidense en el laboratorio de una sola ciudad, San Francisco nos atraía.

La peculiar y contracultural San Francisco, de la que muchos de nosotros nos enamoramos, ya ha prácticamente desaparecido, destruida por los altos costos de la vivienda. Hemos perdido no sólo las políticas, sino todo tipo de experimentación cultural que simplemente no prospera en sitios caros.

Estamos viendo cómo la antigua San Francisco se desvanece ante nuestros ojos. Cada vez que una unidad de vivienda queda vacante, sale al mercado a un precio tan alto que ningún organizador, escritor, profesor, activista o artista podría soñar permitirse. Intentar cosas que no tienen potencial monetario simplemente ya no es posible.

¿Cómo llegamos a este punto?

En primer lugar, hay muchísimas razones que explican cómo San Francisco se volvió tan progresista. La ciudad tenía un movimiento obrero radical que se remonta al siglo XIX. Acogía un movimiento bohemio artístico y literario. Era tolerante con los excéntricos y los marginados. Sus diversos grupos raciales y étnicos descubrieron la forma de llevarse bien. En la década de 1970, la aceptación de las políticas de la identidad llegó a incorporar a los homosexuales y las lesbianas, la ciudad gozaba su diversidad, y los grupos reclamaban diversos vecindarios como propios en una versión moderna de la tradición de los enclaves étnicos urbanos.

En su apogeo, la progresista San Francisco logró cosas increíbles. Inventó nuevos modelos para brindar viviendas y atención sanitaria asequibles. Invirtió mucho en los espacios públicos, desde parques hasta carriles para bicicletas. Adoptó una política de ‘transit first’ (preferencia al transporte público). Estuvo a la vanguardia de todo tipo de igualdad de derechos para la comunidad LGBTQ. Hizo todo lo posible por crear un sector público con servicios de alta calidad y altos impuestos que generaría los fondos necesarios para establecer una red de seguridad social más generosa, en un momento en que el gobierno nacional se estaba moviendo en la dirección opuesta. Por momentos, daba la impresión de que San Francisco estaba avanzando hacia una forma de democracia social en una ciudad, demostrándole al resto del país que un modelo económico más al estilo europeo podía prosperar dentro del territorio de los Estados Unidos.

También era fue lugar de asilo para personas de todo el mundo: los refugiados de las guerras de América Central, los migrantes procedentes de Asia y América Latina que buscaban una mejor vida, los homosexuales y las lesbianas de todo el país. Una gran parte de la población se mudó aquí siendo adulta: San Francisco era un destino elegido deliberadamente.

Pero la progresista San Francisco tenía un defecto fatal y digno de Shakespeare que finalmente resultaría ser su ruina. Decidió desde el principio estar en contra de la construcción de nuevos edificios. Decidió que los nuevos desarrollos, con la excepción de las viviendas asequibles de subvención pública, no eran bienvenidos.

Al principio, digamos que a finales de la década de 1960, esta postura parecía lógica, incluso imperiosa. La era anterior de construcción de la ciudad había traído terribles proyectos de destrucción urbana: se demolieron barrios negros, se pusieron autopistas en medio de las ciudades, se construyeron premonitorias torres habitacionales públicas. En todo el país el movimiento para hacer retroceder la planificación urbana modernista adoptó una inclinación preservacionista: puesto que los malos estaban intentando destruir la ciudad, los buenos tenían que defenderla de los cambios.

Pero en algún momento entre 1970 y 2000, el contexto cambió. De hecho, fue uno de los cambios culturales y demográficos más profundos en la historia de Estados Unidos: después de años de migrar hacia los suburbios, la gente comenzó a mudarse nuevamente a las ciudades.

Durante décadas, desde mediados de la década de 1940, casi todas las ciudades importantes de Estados Unidos perdieron población conforme las familias se mudaban a los suburbios. Por todas las razones que tan bien conocemos—el racismo y el éxodo de los blancos, el intento de escapar a la influencia de los sindicatos, o simplemente el deseo de más espacio y el atractivo de ser propietarios de una vivienda de una sola familia—tanto los empleos como las personas se salieron de los centros de las ciudades y se asentaron en la periferia suburbana. La desinversión fue el problema urbano decisivo que generaciones de activistas y políticos liberales intentaron resolver.

Pero desde alrededor de 1980, las poblaciones de Nueva York y San Francisco, junto con las de muchas otras ciudades, comenzaron a crecer nuevamente. La mayoría de los teóricos urbanos de la época no prevían o esperaban esto, pero fue dramático, y no se ha detenido. Entre 1980 y 2014, Boston creció un 16%, Nueva York un 20%, San Francisco un 23% y Seattle un 35%. Denver comenzó más tarde, pero sigue el mismo patrón.

Después de décadas de declive, algunas ciudades estadounidenses han experimentado un crecimiento de población


No todas las ciudades han revertido sus pérdidas de población. Muchas de las ciudades de el llamado “Rust Belt” (Cinturón de Óxido) han seguido perdiendo población.

No todas las ciudades tienen problemas de asequibilidad


Sin embargo, para ciudades como San Francisco, que ahora cuentan ya con 35 años de crecimiento, los problemas urbanos actuales son completamente diferentes a los que tenía hace una o dos generaciones. En lugar de la desinversión, el deterioro urbano y el estancamiento, tenemos problemas con los cambios rápidos y la tensión provocada por el crecimiento: la congestión y, muy especialmente, los altos costos de la vivienda.

Mientras más personas deseen vivir en una ciudad, mayores serán los costos de la vivienda—a menos que se añada una cantidad proporcional de lugares para vivir. A principios de la década de 1990 estaba claro que San Francisco tenía que tomar una decisión trascendental: eevertir el curso de sus actitudes de desarrollo u observar cómo el reanimado deseo estadounidense de vivir en las ciudades aplastaba el carácter abierto y la diversidad que habían hecho de la ciudad un lugar tan especial.

En momentos en que San Francisco debió haber estado construyendo al menos 5,000 nuevas viviendas al año para enfrentar la creciente demanda de personas que deseaban vivir aquí, estuvo, en cambio, construyendo un promedio de tan sólo aproximadamente 1,500 al año durante varias décadas. En un mundo en el que tenemos la capacidad de controlar la oferta de viviendas a nivel local, pero en el que la gente aún tiene la libertad de moverse a donde desee, todo esto se ha desarrollado de formas predecibles.

Muchas ciudades enfrentan los mismos dilemas. Pero el desafío de San Francisco ha sido más difícil porque nuestra economía regional ha sido muy fuerte. Independientemente de lo que sucedió dentro de los límites de la ciudad, hemos tenido el motor más potente de la creación de empleos en el país a sólo media hora de camino hacia el sur (tiempo de viaje que aumenta con el crecimiento económico). Con el tiempo, muchos de los trabajadores de Silicon Valley han hecho de San Francisco su hogar. Además, a diferencia de Nueva York, San Francisco no cuenta con una red masiva de transporte público regional que conecta cientos de comunidades peatonales con alta densidad de población a la ciudad. De hecho, los barrios que fomentan la vida y comodidad urbanas son enormemente escasos en el Área de la Bahía. Todo esto significa que la presión sobre San Francisco ha resultado ser aún mayor que sobre otras ciudades del país.

Independientemente de estas realidades, la mayoría de los progresistas de San Francisco optaron por mantener su postura familiar de oponerse a los nuevos desarrollos, mostrándose como defensores de las características físicas de la ciudad.

En vez de formar una coalición a favor del crecimiento con las empresas y los trabajadores, la mayor parte de la izquierda de San Francisco hizo una alianza duradera con los NIMBYs propietarios de casas que no quieren construcciones en sus cercanías (los llamados NIMBY o “no en mi patio trasero”). Se convirtió en una de las características peculiares de San Francisco que a las políticas de vivienda excluyentes se les llamaran “progresistas” (los sindicatos siguieron siendo una fuerza política importante durante todo este período, y se han aliado con fuerzas tanto a favor como en contra del crecimiento, dependiendo del tema.) Con los años, estos sentimientos anti-desarrollo se tradujeron en la zonificación restrictiva, el proceso de aprobación de planificación y construcción más engorroso del país, y todo tipo de leyes y normas que hacen que construir viviendas en San Francisco sea excepcionalmente difícil, tardado, y caro.


Es nuestra propia versión de ¿Qué pasa con Kansas? , el libro publicado en 2005 en el que Thomas Frank intenta explicar cómo la clase trabajadora estadounidenses llegó a votar por los políticos de derecha en contra de sus propios intereses económicos. En el caso de San Francisco, muchos inquilinos llegaron a votar en contra de los nuevos desarrollos en un intento de mostrar desdén por los intereses monetarios. El problema es que esta postura da pie a alquileres muy caros a largo plazo.

Conforme la ciudad se volvía más y más cara, la política progresista de viviendas se convertía gradualmente en un triste movimiento de retaguardia que protegía a quienes ya vivían aquí de ser desplazados. Ya San Francisco no intentaría siquiera permanecer abierta como refugio para los inmigrantes y los radicales de todo el mundo. La izquierda de San Francisco nunca pudo solucionar su contradicción principal de estar en contra de la construcción de más “lugares” que les darían a nuevas personas la posibilidad de vivir en la ciudad. Una vez que San Francisco ya no estuvo abierta a los fenómenos y a los disidentes, a los inmigrantes y a los refugiados, pues se le consideró “llena”, ya no pudo cumplir sus valores progresistas, ya no pudo hacer nada por las personas que no estaban ya aquí.

Probablemente San Francisco seguirá siendo liberal durante mucho tiempo. Las ciudades más ricas de los Estados Unidos —Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Seattle, Boston, Washington, DC— votan por los demócratas, al igual que San Francisco. La cultura tolerante de la vida de la ciudad encuentra más afinidad con el Partido Demócrata. Pero esta ciudad alguna vez tuvo la ambición de ser más que eso. Quería ir más allá de cualquier cosa que se hubiera logrado en este país, acoger ideas que serían políticamente inviables en cualquier otro lugar.

El enfoque de San Francisco hacia la vivienda deja atónitos a observadores de todo el país. Pero nadie convirtió a San Francisco en el lugar más caro del país a propósito. Ésa es la tragedia. Fue simplemente la consecuencia imprevista del hecho de que tantas personas quisieran vivir aquí, junto con las políticas locales que hicieron imposible que la cantidad de viviendas creciera lo suficiente como para absorber la demanda.

Nunca sabremos qué habría ocurrido si hubiéramos actuado en las décadas de 1980 ó 1990, o incluso en la década de 2000, para cambiar de rumbo, si nos hubiéramos dado cuenta de que nuestras políticas de uso de tierras de la década de 1970 estaban convirtiendo a San Francisco en una ciudad cerrada que se hacía cada vez más inaccesible para los recién llegados.


Permítanme decir muy claramente en este punto que construir grandes cantidades de viviendas en San Francisco nunca hubiera sido suficiente por sí solo. Una agenda integral de asequibilidad requiere inversiones adicionales en subsidios para viviendas asequibles. Dadas las realidades de la desigualdad económica, hay un gran número de personas que nunca podrían costearse una vivienda aquí a precios de mercado, incluso de un mercado que funcionara mejor (ver el conjunto completo de ideas de SPUR para hacer de San Francisco un sitio más asequible).

Además, aunque aquí me he enfocado en la propia política de vivienda de San Francisco, muchas pequeñas ciudades y pueblos del Área de la Bahía han actuado de formas aún peores. Una solución regional, en la que todas las ciudades cumplan con su parte de acomodar el crecimiento de la población regional, sería mucho más efectiva que intentar resolver nuestros problemas de asequibilidad dentro de los límites de un puñado de ciudades. Pero también San Francisco ha sido parte del problema, cuando podría haber sido una parte muy importante de la solución. Nuestras comunidades suburbanas nunca pretendieron ser progresistas, nunca quisieron ser refugio de personas de todo el mundo que buscaban tolerancia cultural o la oportunidad de una vida mejor.

Poco después de llegar aquí hace veinte años, me di cuenta de que mis propias políticas no coincidían con las de la mayoría de los progresistas de San Francisco. Pero aún siento mucha simpatía por muchos de sus propósitos. No creo que sea justo acusar las políticas anticrecimiento en San Francisco de ser simplemente barreras para los intereses de los propietarios (aunque ciertamente he tenido activistas vecinales que me dicen orgullosamente que se oponen a los desarrollos con el fin de mantener los altos valores de sus casas). Creo que el sentimiento progresista anticrecimiento es sincero: son personas que intentan honestamente proteger su ciudad de los cambios no deseados. Lo que sucede es que tuvo un efecto contraproducente.

Sé que la ciudad de San Francisco que vine buscando fue solamente un breve momento en la vida de la ciudad, y sé que las ciudades siempre están cambiando. También sé que está surgiendo algo nuevo, y es mi intención quedarme aquí para averiguar de qué se trata. Tal vez estamos presenciando el nacimiento de una nueva cultura híbrida, que se vale de aspectos del radicalismo previo de la ciudad y de una cultura juvenil enfocada en la innovación comercial, una fusión entre la contracultura y Silicon Valley.

Veo tanto ambición como idealismo en las nuevas generaciones, y es muy posible que la cultura que se está creando en San Francisco actualmente también va a ser grande. Pero esta nueva versión de San Francisco necesita un renovado programa de reformas que enfrente la realidad actual: una reinversión generacional en el transporte público, la compensación de décadas de falta de inversión en movilidad regional; la introducción de niveles de avance económico ampliamente disponibles que les permitan a más personas participar en nuestra increíble economía; y, más que nada, la aceptación de nuevos edificios dentro de la ciudad. Celebremos la herencia de la tradición progresista de San Francisco. Pero aprendamos de nuestros errores pasados.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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