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Una de las bodegas de Amazon antes de las fiestas navideñas de 2017.

Lo que Amazon está olvidando al elegir su nueva sede: el cambio climático

Lo que Amazon está olvidando al elegir su nueva sede: el cambio climático

El gigante digital no ha considerado el calentamiento global al considerar los candidatos para sus oficinas. No es la primera vez que esta empresa deja los temas medioambientales en un segundo plano.

Una de las bodegas de Amazon antes de las fiestas navideñas de 2017.
Una de las bodegas de Amazon antes de las fiestas navideñas de 2017.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés por el Huffington Post y es reproducido aquí como parte de la plataforma de colaboración Climate Desk.

Cuando en septiembre Amazon inició la guerra entre las ciudades para saber cuál sería su segunda sede norteamericana, la empresa describió las características de su candidata perfecta. La ciudad ideal tendría más de un millón de personas, transporte público, un aeropuerto internacional, vivienda atractiva y regulaciones que fueran “estables y amigables hacia los negocios”.

Pero al titán minorista aparentemente no le preocupa cómo el aumento del nivel del mar, el tiempo extremo y las olas mortíferas del calor quizás afecten a sus operaciones o a los 50,000 empleados que promete contratar para trabajar en su nuevo ‘segundo hogar’, el cual costará 5,000 millones de dólares. La compañía tampoco parece estar muy preocupada que digamos sobre la manera en que su apetito voraz por energía y su dependencia en flotas de camiones de entrega impulsados por combustible fósil estén empeorando esas condiciones.

Amazon no hizo mención del cambio climático en su licitación para considerar opciones para su segunda sede. Pocas —si acaso hubo algunas— de las ofertas públicas hechas por 238 ciudades en 54 estados, provincias y territorios a lo largo de EEUU, Canadá y México incluyeron datos sobre riesgos provocados por las temperaturas en aumento. Del mismo modo, Amazon se niega a publicar datos sobre sus propias emisiones de gases causantes del efecto invernadero, lo cual hace que el gigante basado en Seattle sea una paria entre los ambientalistas, quienes lo califican como una de las corporaciones menos transparentes de su tamaño.

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Este año, incendios forestales impropios de la estación, inundaciones del tipo que se dan cada 1,000 años y fuertes huracanes consecutivos hicieron que el cambio climático fuera más tangible para muchos estadounidenses. Sin embargo, el gigante corporativo —el cual tiene un valor de casi 566,000 millones de dólares— ha logrado erigir una carpa alrededor del circo sobre su segunda sede para tratar de no dejar entrar al escalofriante tiempo. Y todos los que están involucrados en el proceso parecen estar dispuestos a pasar por alto esta realidad.

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La empresa espera anunciar su decisión el año que viene. Mientras tanto, los analistas hicieron sus propios rankings. Moody’s Analytics consideró 34 variables, entre ellas los costos, la calidad de vida y el transporte. El análisis fue publicado en octubre de este año. Austin, Texas —una localidad plagada en años recientes por sequías e inundaciones— fue la ciudad N°1 del ranking. Atlanta —una ciudad propensa a las oleadas de calor— ocupó el segundo puesto. La tercera fue Filadelfia, una ciudad costera con riesgo de sufrir por el aumento del nivel del mar.

“No tomamos en cuenta el riesgo del cambio climático o el aumento en las aguas del mar o nada así”, dijo Adam Ozimek —coautor del análisis y un economista sénior en Moody’s— en una entrevista con el Huffington Post. “Dentro de EEUU, dentro de los 50 estados, resulta difícil buscar y encontrar lugares en donde se observa una gran liquidación o descensos en la inversión debido a motivos del cambio climático”.

Otro análisis realizado por el Anderson Economic Group produjo resultados diferentes, pero aún ignoró al cambio climático. CNN y The New York Times hicieron sus propias listas, pero mencionaron al ‘clima’ sólo en referencia a las regulaciones sobre negocios.

Incluir datos climáticos en los pronósticos económicos y de los mercados sigue siendo un concepto sorprendentemente novedoso.


Al darse cuenta de este vacío investigativo, Aseem Prakash —director del Centro de la Política Medioambiental de la Universidad de Washington— formuló sus propios rankings basados en la vulnerabilidad climática. Prakash y Nives Dolšak —otro investigador— calcularon la cantidad total de días que cada condado pasó bajo una emergencia o desastre declarado a nivel federal. Basaron la evaluación en 25 años de datos recopilados por la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias en cuanto a tormentas severas, inundaciones, huracanes, tornados, nieve, inundaciones costeras e incendios relacionados con el tiempo. Utilizaron 1992 como el punto de partida para así incluir al Huracán Andrew, la segunda tormenta más dañina en EEUU después de la gran tormenta de Miami, en 1926.

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Sólo dos ciudades —Portland, en Oregon, y Pittsburgh― lograron estar en el top 10 en ambos rankings, el de Moody’s y el de los investigadores Prakash y Dolšak. “Este sugiere que los criterios económicos y empresariales probablemente no nos ayudan a entender la vulnerabilidad de una ciudad al cambio climático”, escribió Prakash en un post de blog. Amazon declinó hacer comentarios sobre el asunto para esta nota.

Incluir datos climáticos en pronósticos económicos y del mercado sigue siendo un concepto sorprendentemente novedoso. Sólo ha sido en los últimos dos a tres años que las compañías de seguros —cuyo negocio se basa en predecir y planear para lidiar con riesgos potenciales— empezaron a reconsiderar seriamente cómo están planeando para un futuro más caliente. Tan sólo el mes pasado, el partido Laborista Británico anunció planes para incluir el cambio climático en sus pronósticos económicos.

Y la mayoría de las grandes compañías tecnológicas —tales como Facebook, Apple y Google— publican reportes detallados sobre su uso energético y producción general de emisiones de carbono. Pero Amazon no lo hace.

La compañía publicita sus esfuerzos por reducir sus emisiones de gases que calientan al planeta, proclamando los paneles solares en los techos de sus almacenes y alentando a los clientes a reciclar su embalaje. En octubre Jeff Bezos, CEO de Amazon, tuiteó un video de su inauguración con champaña de la granja eólica más grande de la empresa hasta la fecha. Esta operación de aproximadamente 100 turbinas en Snyder, Texas, es el proyecto N°18 de energía renovable de la compañía.

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Sin embargo, en el reporte Clicking Green, de la organización ambiental Greenpeace, Amazon obtuvo una calificación de F en cuanto a la transparencia energética, una calificación de D en cuanto a políticas mostrando un compromiso con energía renovable y una C en cuanto a la eficiencia energética. Para calificar a las empresas en el aspecto ambiental, el reporte anual utiliza una combinación de presentaciones sobre el tema ambiental que las empresas entregan a Greenpeace, así como reportes para inversionistas, anuncios sobre inversiones y reportajes que aparecen en los medios.

“Es una de las empresas menos transparentes —ya sea de las tecnológicas o de otro tipo— de su tamaño que no reporta sus emisiones de gases causantes del efecto invernadero”, dijo Gary Cook, activista en el área de análisis de corporaciones en Greenpeace, en una entrevista telefónica con el Huffington Post. “Indudablemente han realizado algunos tratos bastante grandes en cuanto a la energía renovable durante los últimos dos años, pero si no se sabe cuánto están solucionando en términos de la demanda energética y el esmog, resulta difícil evaluar qué tan grande son [estos tratos]”.

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Si bien Amazon es mejor conocido por su tienda de comercio electrónico, la mayor parte de sus ganancias provienen de su división Amazon Web Services, la cual controla aproximadamente un 42% de la infraestructura global de computación en las nubes que alimenta a la internet. La división generó $4,580 millones de dólares en ingresos durante el tercer trimestre de este año, según reportó Amazon en octubre. La división de comercio electrónico de la compañía opera con márgenes finos pero la de los servicios web junta ganancias a paladas. La división ganó $1.17 mil millones en beneficios durante ese trimestre, en comparación con sólo $347 millones en beneficios generados por el resto de a compañía durante ese período.

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Los centros de datos de la empresa alojan una parte enorme de la internet —la cual incluye Netflix, Yahoo y el Huffington Post y requieren cantidades enormes de electricidad. Un centro de datos usa la misma cantidad de electricidad que 25,000 casas. Los centros de datos del mundo ya constituyen alrededor de un 3% de las emisiones de gases causantes del efecto invernadero y se espera que el consumo de energía de este sector triplicará durante la próxima década.

Amazon podría dejar bien atrás a sus rivales al hacer que el cambio climático y la energía renovable sean focos clave de su búsqueda por una segunda sede, dijo Cook. “Si ellos señalarían que [este tema] es importante para ellos, esto realmente impulsaría una conversación mucho más amplia entre ciudades que estarían diciendo: ‘Oye, queremos a Amazon y compañías como ella. Necesitamos ayudarles a lograr sus metas y entregar opciones de infraestructura, electricidad y transporte para avanzar sus objetivos’”, dijo.

Amazon opera con poder monopolístico. Aprovecha su dominio en el comercio electrónico y en la computación en la nube para convertirse en una pieza clave poderosa en otros mercados, tales como la producción televisiva, la industria editorial y la moda. Más allá de la ética de esa concentración de poder, la compañía tiene una responsabilidad de usar su dominio del mercado para obligar que se realicen cambios sistémicos en su industria, dijo Prakash. Si la compañía empezara a presionar a UPS, FedEx y otros servicios de entrega a convertir sus flotas de camiones en vehículos eléctricos, podría reducir dramáticamente la emision de carbono de cada paquete enviado desde un almacén de Amazon.

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“Si Amazon lo hace, otros la seguirán, porque ésta tiene poder”, dijo Prakash. “Es por eso que resulta tan decepcionante que con la segunda sede se olvidaron del cambio climático. Para mí, esto sugiere que este tipo de pensamiento no está profundamente arraigado; sigue siendo superficial”.

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