null: nullpx

📷Los rostros de Améxica: la vida en el límite entre México y Estados Unidos

En la cuenta atrás para las elecciones de este 1 de julio en México, varios equipos de Univision Noticias recorrieron la frontera con Estados Unidos: de Tijuana a Matamoros y de San Diego a Brownsville para conversar con la gente que vive en el área donde ambos países se unen. Estas son algunas de sus historias y preocupaciones.
30 Jun 2018 – 01:22 AM EDT
Comparte
1/27
Comparte
Narely Yocelin, 16 años, Tijuana (Baja California). A sus 16 años, Narely Yocelin habla del muro, 'la migra' y los motivos que llevan a los migrantes a cruzar a Estados Unidos con toda la naturalidad del mundo. La joven vive en Nido de las Águilas, una colonia pobre de Tijuana que está literalmente al lado de la valla fronteriza. Su abuela construyó una pared en el patio de su casa para no ver lo que pasa al otro lado. Y Yocelin dice que prefiere ver ese muro que el que va a construir el presidente Donald Trump porque, considera, "sería ver a los mexicanos derrotados por él". Crédito: Ana María Rodríguez.
2/27
Comparte
Pedro Morales, 67 años, Tijuana. La casa de Pedro Morales, un hombre originario de Jalisco y residente en la colonia Nido de las Águilas, es la antesala de la ruta más mortal en California para los migrantes. Tanto así que en su patio está la oxidada lámina de tres metros de alto que el gobierno de Estados Unidos colocó a principios de la década de 1990 para tratar de detener a los indocumentados. “Hay unos que así como se brincan los agarran. Como a los 10 minutos ya los tienen bien apañados (arrestados)”, cuenta don Pedro, recargado sobre la valla fronteriza. “Cuando se pone la neblina y cuando está lloviendo es cuando más pasa la gente. Ahorita no, en el día no”, aclara. Crédito: Ana María Rodríguez.
3/27
Comparte
Josué García, 22 años, Mexicali (Baja California). En el Hotel del migrante deportado, un albergue que renta las ruinas de lo que fue el famoso Hotel Centenario en el centro histórico de Mexicali, nos encontramos con Josué García, un joven de 22 años que dijo haber llegado allí huyendo de la mara. "En Honduras hay mucha delincuencia, los pandilleros quieren que trabajes para ellos robando y vendiendo droga . Muchos evitamos problemas y por eso salimos de nuestro país", dijo Josué, quien, cuando lo encontramos, estaba esperando el mejor momento para tratar de saltar la valla y entrar a Estados Unidos. Crédito: Ana María Rodríguez.
4/27
Comparte
Mayra Zepeda (izquierda) y Evelyn López, Mexicali. Entre las migrantes que se albergaban en el Hotel del migrante deportado estaban también las hondureñas Mayra y Evelyn. “Usted no tiene idea de lo que me va a pasar si me regreso a Honduras. Me van a desaparecer”, afirmó la primera. Ambas mujeres se conocieron en el camino y también decían huir de la violencia de las maras. Crédito: Ana María Rodríguez.
5/27
Comparte
Isabel Romero, Mexicali. Isabel Romero es la directora del albergue gestionado por la organización Ángeles sin Fronteras que ha llegado a tener hasta 700 personas. “Duermen en los pasillos, en la azotea, en la parte de abajo”, dice. Romero cuenta cómo consiguieron rehabilitar el hotel en ruinas con apoyo del gobierno. Ahora, a pesar de los esfuerzos, el edificio está en malas condiciones: cortinas y cobijas hacen de puertas y ventanas y carece de ventilación para sobrellevar los sofocantes veranos.

Crédito: Ana María Rodríguez.
6/27
Comparte
Baltazar Serda, Mexicali. La frontera también se degusta y si no, que se lo pregunten a Baltazar Serda, quien atiende una ‘carreta’ ubicada sobre la calle Ferrocarrileros en Mexicali donde vende los populares tacos de borrego. “Si vienes a Mexicali y no comes tacos de borrego, es como si no hubieras venido”, sentencia el hombre. Él asegura que su puesto tiene una salsa picosa que alivia cualquier exceso de alcohol y un caldo de res que cura la resaca. Sus mejores clientes son los trasnochados. Crédito: Ana María Rodríguez.
7/27
Comparte
Mauricio Villa, Mexicali. También en Mexicali nos encontramos con el activista Mauricio Villa protestando por la construcción de una planta cervecera de Constellation Brands que, según estima, le quitará el 25% del agua disponible a los habitantes de esa zona de Baja California afectada por la sequía. Ese es el argumento que tiene en pie de guerra a su organización, Mexicali Resiste, porque consideran que la crisis ambientalista que debe ser resuelta ya.
Crédito: Ana María Rodríguez.
8/27
Comparte
Reynalda Terán, Mexicali, 74 años. A Reynalda Terán le sobrarían motivos para estar enfadada con los indocumentados que cruzan de noche por su propiedad, que se ocultan en su patio trasero y que incluso se han metido a su casa huyendo de la Patrulla Fronteriza. Pero ella asegura que es afortunada por vivir frente a la valla metálica que divide California y México. “Pobrecitos, me dan lástima, yo estuve igual que ellos”, dice esta anciana que se benefició de la amnistía migratoria de la década de 1980. Aunque ya es ciudadana estadounidense, no olvida lo difícil que la pasan los indocumentados. “Muchos vienen a buscarse la vida, el pan de cada día”, comenta. Crédito: Ana María Rodríguez.
9/27
Comparte
En Calexico (California) nos encontramos con este hombre que compagina dos empleos: por un lado es conductor de Uber y por otro lleva 18 años trabajando como agente de la Patrulla Fronteriza.
“La satisfacción más grande para un agente fronterizo no es agarrar a indocumentados, para mi fue agarrar a un violador de niños”, le dijo a Univision Noticias. El hombre, que prefiere que no se publique su nombre, dice que no está totalmente de acuerdo con el muro que quiere construir Donald Trump. “Para las zonas donde cruzan muchos migrantes sería bueno tener un muro más grande”, pero no cree necesario construirlo a lo largo de toda la frontera. “No vale la pena gastar esa plata, es mejor que la gasten en educación”, afirma.
Crédito: Ana María Rodríguez.
10/27
Comparte
Octavo Celaya Ortíz, Sonoyta (Sonora). Don Octavio Celaya Ortíz es el dueño de una farmacia a pocos metros de la línea fronteriza. Él lleva 68 años residiendo en este municipio y hace 5 fue presidente municipal, lo que le permite tener una visión más clara de las necesidades del pueblo. “Somos un oasis en el desierto, un lugar de paso. Nos favorece el turismo nacional porque somos el cuello de botella de la república mexicana hacia las Californias”, explica. Crédito: Esther Poveda
11/27
Comparte
Alberto Murillo, Sonoyta (Sonora). También en Sonoyta nos encontramos con Alberto Murillo, el dueño de una tapicería en esta ciudad fronteriza con Arizona que se ha especializado en fabricar objetos de camuflaje para ayudar a los indocumentados a cruzar el desierto. "Yo igual crucé la frontera y sé lo que se siente”, afirma el hombre. Murillo le contó a Univision Noticias qué vende en su tienda y por qué lo hace. Crédito: Esther Poveda
12/27
Comparte
Francine Jose, reserva binacional indígena Tohono O’odham (Arizona/Sonora). Francine Jose vive a pocas millas de la frontera entre EEUU y México, en el territorio de la nación Tohono O’odham. Su tribu se niega rotundamente a que en sus tierras se construya un muro fronterizo y eso les convierte en uno de los puntos más atractivos para los migrantes que quieren llegar a Estados Unidos . Su vivienda está en mitad de la nada, solamente rodeada por cactus y con frecuencia recibe visitas inesperadas de migrantes perdidos en un desierto, que llega a superar los 125 grados Fahrenheit. “Quiero ayudarles, pero no quiero meterme en problemas", dice la mujer. Crédito: Esther Poveda.
13/27
Comparte
Max Iseler, 17 años, Nogales. A este estudiante de secundaria de Washington DC nos lo encontramos en Nogales (Sonora), en el albergue de migrantes a donde llegó para ayudar como voluntario durante una semana. "Quiero ayudar a encontrar una solución a este problema", le dijo a Univision Noticias. Allí nos contó que antes no era consciente de la medida en que la inmigración afecta a tanta gente de diferentes países. "No son solo números. Ver a la gente, escuchar sus historias y ver sus sonrisas me ha cambiado", asegura. Crédito: Esther Poveda
14/27
Comparte
Rubén Sánchez, 43 años. Agua Prieta, Sonora. El muro fronterizo entre México y Estados Unidos no solo separa países sino también familias. A pocas millas de la valla divisoria nos encontramos con Rubén Sánchez para quien los barrotes de hierro construidos a lo largo de esta frontera no son más que "un monumento a la intolerancia”. A él, lo separan de su hija, Ruby, quien hace unos meses emigró a territorio estadounidense y no puede cruzar a visitarlo porque se encuentra en medio del proceso para obtener su residencia.
Crédito: Esther Poveda
15/27
Comparte
Julio Camacho, 73 años. Nogales (Sonora). Sentado al lado de su puesto de venta de artículos mexicanos a las afueras de la garita DeConcinni, uno de los tres puertos fronterizos en Nogales por donde diariamente pasan cientos de personas, nos encontramos a Julio Camacho. “Antes, los clientes estadounidenses cruzaban para hacer compras aquí, pero ahora los productores mandan las cosas por mayoreo al otro lado y a nuestros negocios les ha ido muy mal”, cuenta Camacho. Según explica, el turismo y la economía de la frontera se han visto afectados por las políticas y el discurso en contra de los indocumentados de Donald Trump y temen que la reciente decisión de imponer aranceles en algunos productos mexicanos cause un fuerte golpe en la región.
Crédito: Esther Poveda
16/27
Comparte
Ivan Thompson, Entronque, Chihuahua. Si hablamos de negocios, la frontera parece ser un buen lugar para dar rienda suelta a la creatividad. Eso le pasó a Ivan Thompson, un estadounidense que hace ya un par de décadas se hizo popular como 'el vaquero del amor'. Fue tras llegar a la ciudad fronteriza de Anthony, en Nuevo México, para trabajar como vaquero. Como se sentía solo, puso un anuncio en un periódico de Ciudad Juárez para buscar una novia mexicana. Recibió 80 respuestas y decidió montar un negocio para estadounidenses que, como él, buscaban una esposa al otro lado de la frontera. La idea le reportó beneficios y fama, pero decidió dejarlo por el incremento de la violencia en la zona. Esta es su historia.
Crédito: Esther Poveda
17/27
Comparte
Guadalupe Valdivia, Sunland Park, Nuevo México. Para algunos habitantes de la frontera, el muro que divide Estados Unidos y México no es exclusivamente un elemento del discurso político sinónimo del endurecimiento de las políticas migratorias. Es una realidad con la que conviven cada día. Ese es el caso de Guadalupe Valdivia, una vecina de Sunland Park, fronteriza con Chihuahua. Ella vivió la época en la que los migrantes cruzaban a sus anchas de un lado a otro, presenció persecuciones de la Patrulla Fronteriza en su propio jardín y vio cómo se levantó el muro que, asegura, le da tranquilidad. “Para nosotros es mucho mejor si el muro está tapando, pero esto ya es desde hace tiempo. No es desde que está este señor”, dijo Valdivia refriéndose al presidente Donald Trump. Crédito: Esther Poveda
18/27
Comparte
Vealquín Gómez, La Mesa, Nuevo México. “Es una pendejada”, un “derroche” de dinero. Así define Vealquín Gómez el muro que se está ampliando muy cerca de su casa. Para él, cualquiera que quiera saltarlo tan “solo necesita una escalera más alta” de los 18 pies que mide la valla fronteriza que conoce bien. Este hombre es un defensor de los inmigrantes mexicanos y asegura que sin ellos “no tendríamos agricultura" porque no habría mano de obra. Crédito: Esther Poveda
19/27
Comparte
Alicia Estrada, Guadalupe (Chihuahua), 51 años. La violencia de los cárteles del narcotráfico hizo que Guadalupe, un municipio en una zona rural y desértica en el Valle de Juárez, se quedara prácticamente vacío. Algunos vecinos se fueron y a otros los mataron, entre ellos a los agentes de policía. Al esposo de Alicia Estrada lo hallaron muerto a orillas de una carretera en 2010. Pero ella, al contrario que muchos de su municipio, decidió quedarse. “Estamos más seguros sin policías, ya no los necesitamos”, dice desde el sector Barriales. En su cuadra solo vive ella y dos personas más. El resto de las casas, más de una decena, están abandonadas. Pero ella asegura no sentir temor. Crédito: Luis Velarde
20/27
Comparte
Adele Santiago, 48 años, Tornillo (Texas). Adele Santiago rompe en llanto cuando habla de su pasado. Siente con frecuencia un “gran daño”, tristeza e impotencia. Cuando tenía 7 años cruzó la frontera de México a Estados Unidos con sus padres que fueron detenidos por funcionarios de inmigración. A ella la dejaron tirada en el medio de la calle y una señora la acogió hasta que pudo reunirse con sus padres. Ahora se identifica con los migrantes que han sido separados de sus padres en la frontera en los últimos meses. “Reunifiquen a las familias”, decía la pancarta que llevaba en Tornillo, cerca de uno de los centros de detención de menores donde la encontramos. Crédito: Luis Velarde
21/27
Comparte
Marco Baeza, Presidio (Texas). Como hacen muchos en su municipio, Marco Baeza cruza al menos una vez a la semana la frontera hasta Ojinaga, el pueblo mexicano del otro lado. Allí va a comer, a comprar porque es más barato, a visitar conocidos o al médico. Baeza es jefe de policía de esa localidad texana desde 2002, se siente tan estadounidense como mexicano (él nació en Tijuana) y dice estar orgulloso de que, desde que asumió el cargo, allí no ha habido un asesinato. Como ciudadano de dos naciones, asegura que le molesta cómo muchas personas criminalizan a los inmigrantes. Mira su historia aquí.

Crédito: Patricia Clarembaux
22/27
Comparte
Marcelo Aranda Rioja, Ojinaga (Chihuahua). Marcelo Aranda coordina el programa de educación para adultos de Chihuahua que recibe a los deportados para ofrecerles educación. “Una persona se encarga de registrarlos, anotarlos y entregarles una libretita con un lapicero”, cuenta este profesor con 50 años de experiencia. Pero en los últimos tiempos, asegura, “no ha habido mucha demanda de educación entre los deportados” y teme que el programa se acabe. Crédito: Luis Velarde
23/27
Comparte
Mike Davidson y Ernesto Hernández, Boquillas Crossing (Texas) - Boquilla del Carmen (Coahuila).- Estos dos amigos son un ejemplo viviente de que la cooperación entre México y Estados Unidos es posible y puede ser muy positiva. Davidson es estadounidense y Hernández, mexicano. Ambos decidieron asociarse hace cinco años en un proyecto que impulsan a diario en el propio Río Grande: tienen pequeñas canoas que cruzan a los turistas desde la inhabitada orilla de Boquillas hasta la del poblado de Boquillas del Carmen. "Nosotros queremos probar que las relaciones binacionales son buenas", dice Davidson. Crédito: Luis Velarde
24/27
Comparte
Lucía Orozco Ureste, 38 años, y familia. Boquillas del Carmen. Lucía, su esposo y sus cuatro hijos viven en el remoto pueblo de Boquillas del Carmen, en Coahuila. Como viven en las afueras tuvieron que comprar sus propias celdas solares para poder encender un ventilador y tener un poco de luz por la noche. Tampoco tienen agua corriente, la toman del río. “Nosotros compramos nuestros paneles solares porque el gobierno no nos los dio (...) porque es una zona de riesgo”. Crédito: Luis Velarde
25/27
Comparte
Carla Elizabeth Martínez, 28 años, Boquillas del Carmen. Carla Elizabeth Martínez trabaja como cocinera en el restaurante José Falcon’s, uno de los dos que tiene Boquillas del Carmen. No terminó la secundaria porque su papá se enfermó y tampoco espera acabarla. Recuerda con dolor los años en que la frontera con Texas estuvo cerrada, después del atentado de las torres gemelas. Su familia fue de las que vendió figuras de alambre en pleno Río Bravo. Su hermano cruzaba y dejaba la artesanía del lado estadounidense con un bote para que los turistas dejaran el dinero. Mientras, se quedaba cantando en la orilla mexicana. Al final del día, recogían las ganancias. Crédito: Luis Velarde
26/27
Comparte
Juan Pablo Medeano, 19 años, Ciudad Acuña. Juan Pablo trabaja en un taller mecánico a orillas de la carretera. Lamenta que en su ciudad puede andar por la calle de noche con confianza: “Me pueden golpear”, dice con timidez, aunque asegura que hasta ahora nada le ha pasado porque es precavido. Crédito: Luis Velarde
27/27
Comparte
Norma, McAllen (Texas). Un día, el hijo de Norma le comentó que vivían en una jaula. Tenía tan solo 11 años. En casa nunca lo habían hablado, pero la mujer pensó que su pequeño tenía demasiada razón. La “jaula” es el valle del Río Grande, en el extremo sur de Texas: “No podemos salir ni a México ni a Estados Unidos”. Para ella y su esposo, la repetida idea de que la frontera es un país aparte toma dimensiones reales. Al sur tienen la frontera con México, que superaron por una garita hace 17 años y que no volvieron a cruzar nunca más por miedo a no poder volver a Estados Unidos. Al norte, los llamados checkpoints, puntos de control de la Patrulla Fronteriza donde verifican la documentación antes de abandonar el área. Crédito: Damià Bonmatí
Comparte
En alianza conCivic Science

Más contenido de tu interés