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Crisis en Venezuela

Perú flexibiliza el cierre de la frontera a los venezolanos: deja una puerta abierta para niños y embarazadas

En el día que debía entrar en vigor la exigencia de visado humanitario para los venezolanos que quieran ingresar a Perú, se conoció una resolución por la que se flexibiliza la entrada a niños y adultos que tengan familia en el país, personas en extrema vulnerabilidad, adultos mayores y mujeres embarazadas.
15 Jun 2019 – 7:56 PM EDT

HUAQUILLAS, Ecuador.- Cuando llegó la medianoche del 14 de junio, la frontera entre Ecuador y Perú se cerró. Una veintena de policías con sus trajes antimotines bloqueó el acceso. La orden era que no pasará ningún vehículo que llevara en su interior a ciudadanos venezolanos. Entonces ellos, madres con sus hijos pequeños, hijos con sus padres ancianos y grupos de jóvenes que se hicieron familia en el camino completaron a pie el último tramo de la frontera.

No tenían mayor información, perdidos en la oscuridad seguían las órdenes que salían de los altavoces que llevaban los funcionarios de las organizaciones humanitarias: " Niños, niñas, adolescentes, tercera edad, gestantes por aquí, uno detrás de otro, de manera ordenada", les decían.

Había una segunda voz que llamaba a las personas que tuvieran familiares en Perú y otra más para las personas que viajaran solas. Ellos no lo sabían, pero estaban dividiendo a las personas según las excepciones del visado humanitario que marcó el gobierno peruano y que se difundieron unas horas antes de que entrara en vigor la norma.


Entre los rezagados había una mezcla de felicidad por haber llegado a las puertas de Perú, pero también incertidumbre porque la espera en la vía de entrada al Centro Binacional de Atención Fronteriza se prolongó durante más de una hora. Algunas mujeres lloraban y culpaban del retraso a las personas que hicieron parar el bus para buscar un baño, otras maldecían al asesor de viaje que contrataron en Colombia y que les dejó varados en Bogotá.


"Te prometí, ya estamos pisando suelo peruano"

¿Cuántos días llevan viajando? Casi todos respondían que entre seis o siete días. ¿Cuánto les costó el viaje? Entre 230 y 290 dólares por persona, contestaban, y muchos multiplicaban eso por los tres o cuatro miembros de su familia. Cuando finalmente les dejaron pasar, una madre que viajaba con su pequeño hijo soltó su maleta para abrazar a su hijo y le dijo al borde del llanto: “Ya papi, te prometí. Ya estamos pisando suelo peruano”.


Esas excepciones están diluyendo la rigidez del anuncio inicial que hiciera el gobierno peruano sobre el visado humanitario. Ahora hay una puerta abierta muy amplia para los niños venezolanos que buscan reunirse con sus padres, para las mujeres embarazadas y para todas las personas en extrema vulnerabilidad que quieren ingresar a Perú.

Las personas que puedan justificar estas particularidades podrán seguir ingresando con su cédula de identidad o la partida de nacimiento en el caso de los niños menores de 9 años. Todo eso ha hecho que un día después de la aplicación del visado, el Centro Binacional de Atención Fronteriza siga siendo un hervidero de personas, aunque la barrera policial que frenó el tránsito vehicular durante la madrugada ya desapareció.

Este sábado llegaron camiones militares a la frontera para trasladar a los venezolanos hasta la ciudad peruana de Tumbes, donde pueden tomar un bus hacia sus destinos.


Las solicitudes de refugio en la frontera también están al alta. En la última semana superaron las 10.000, debido a que muchos de los venezolanos no solicitaron su carta andina en Colombia o en Ecuador por las prisas de llegar antes del 15 de junio a Perú, y entonces se ven abocados a pedir refugio. La pregunta es si recibirán respuestas oportunas a su solicitud y podrán arreglar su condición migratoria. Ninguno de los funcionarios de Acnur explicó este particular, dijeron que no hay tiempos establecidos para dar una respuesta y que los solicitantes deben formalizar las solicitudes cuando se asienten en alguna ciudad peruana.

La consecuencia negativa del visado humanitario para venezolanos impuesto por Perú fue que aceleró el viaje de miles de personas. Las entradas diarias al país pasaron de las 1.500 habituales a las 8.000 que se registraron en el último día antes de la exigencia del visado. Eso desbordó toda la respuesta humanitaria que había previsto que en torno a 2.000 personas se quedarían varadas en la frontera y no dio cobijo a los miles de personas que tuvieron que dormir a la interperie.

Los venezolanos que viven en Perú hicieron todo para que sus familiares se pudieran reunir con ellos. Cruz Micell, un sociólogo que migró a Lima, vendió la mototaxi con la que trabajaba para que su mujer y sus cinco hijos pudieran viajar desde Puerto La Cruz.


Cuando su familia terminó con todas las filas de migración, tras diez horas de paciencia, él se dejó caer sobre las maletas. “Me siento como si hubierra corrido una maratón, ahora solo quiero soltar las piernas”, declaró.

Luego buscó entre sus pertenencias las copias de un poemario que escribió en el exilio y que quería vender a tres dólares para juntar el dinero que le hacía falta para cubrir el último tramo del viaje. En uno de sus versos se leía una promesa pueril: “Cuando regrese a mi patria quiero cumplir con mis metas y volar por las montañas como si fuera un cometa”.


Los hijos de los veinteañeros de Yosmaly Pascal y Domingo Aguilar, que trabajan en Quillabamba, cerca de Cusco, juntaron todos sus ahorros para sacar a sus padres de Valencia, Venezuela. “Yo no quería venir, pero mis hijos decían que luego ya no nos volveríamos a ver”, contó la madre de los muchachos mientras cuidaba las maletas de sus otros compañeros de viaje.

Llamaba la atención la cantidad de personas de la tercera edad, abuelos que se quedaron a cargo de los niños, y que tuvieron que cruzar la mitad del continente con los infantes para entregárselos a sus padres. “Yo llegué a las 10 de la noche y ya estoy en la fila. No me importa lo que tarde en sellar la entrada a Perú, le agradezco a Dios que pude llegar con mis nietos, le prometí a mi hijo que lo haría y bueno lo conseguí”, decía una de esas personas de pelo cano que buscaba una colchoneta para recostar a los dos niños que no se soltaban de sus manos.

Otra mujer de 60 años pasados, que llegó con su hijo y su nuera durante la madrugada, declaró que ya no tenía nada en su país. "Me da pena mi casa, mis maticas, pero quiero estar con mis hijos; en Venezuela ya no me queda nada ni nadie".

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