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América Latina

Menos alimentos para los venezolanos: se apaga la producción de arroz y maíz

La poca producción de alimentos que mantiene Venezuela está en riesgo debido a la escasez de semillas y fertilizantes, a las fallas eléctricas que afectan el riego y a la falta de repuestos para la maquinaria. En 2018 el cultivo de arroz se redujo 51% y el de maíz, 64% y los agricultores advierten una caída peor en el ciclo que está por comenzar en mayo de este año.
29 Mar 2019 – 1:11 PM EDT

ACARIGUA, Portuguesa.- Una delgada carretera de tierra y a los lados, campos de arroz que tejen una alfombra verde que roza el horizonte. Todavía no es mediodía, pero la lámina de agua que riega los cultivos desprende una vaharada hirviente que se mezcla con el sol y un cuarteto de garzas inicia el sobrevuelo mientras Carlos Landaeta observa su plantación con cara de preocupación.

Cada palmo de estas fincas del estado Portuguesa, “el granero de Venezuela”, produce arroz en generosas cantidades, pero la superficie sembrada se encoge a un ritmo implacable.

Carlos Landaeta es ingeniero agrónomo, posee 260 hectáreas desde 1982 y cuenta que en el ciclo de lluvias de 2018 solo sembró la mitad y en el verano apenas 60 hectáreas “que pronto estarán en tiempo de cosecha, pero una maleza muy agresiva está devorando el arroz: no conseguimos a tiempo los herbicidas para combatirla”.

En condiciones normales los campos de Portuguesa derrochan fertilidad. Las máquinas sembradoras entierran semillas certificadas para producir mayores cosechas; los fertilizantes a base de nitrógeno, fósforo y potasio, junto a las raciones adecuadas de urea fortalecen las plantas para estimular su crecimiento; mientras que los insecticidas y herbicidas combaten a tiempo a los enemigos del agricultor: insectos, maleza, plagas. En los dos ciclos de siembra del año, los pozos profundos, el embalse Las Majaguas y las lluvias riegan el cultivo y tras un promedio de 120 días, el arroz fluye en grandes cantidades hacia los silos.

El mundo ideal es cosa del pasado. José Luis Pérez, directivo de la Federación Venezolana de Asociaciones Productoras de Arroz (Fevearroz), demuestra que está acostumbrado al sol achicharrante y no usa gorra mientras recorre junto a Carlos Landaeta la finca infestada de maleza. Describe un colapso: el gobierno monopolizó la importación de fertilizantes, semillas y herbicidas a través de la compañía Agropatria y los insumos escasean; el control de precios fija un valor irrisorio para la cosecha; no se importan repuestos para la maquinaria agrícola y crece el cementerio de tractores, cosechadoras y sembradoras.

La electricidad se convirtió en otro problema. José Luis Pérez dice que “buena parte de las fincas de arroz utilizan pozos profundos para el riego que funcionan con motores eléctricos y los continuos apagones y las bajas de voltaje dañan los equipos e impiden que la irrigación se haga en el momento preciso. También afecta la delincuencia, a los productores les han robado 3,000 transformadores que no han podido reponer, algunos han cambiado a plantas eléctricas que funcionan con gasoil, pero hay escasez de combustible”.

Cosechas de granos enfermos

Junto a Carlos Landaeta y José Luis Pérez camina el ingeniero agrónomo Orlando Pérez, quien mira atentamente el campo en búsqueda de un enemigo que lo obsesiona: el vaneamiento, una enfermedad que ataca los cultivos y deja lotes de granos de arroz manchados e inservibles para el consumo.

“Creamos un equipo multidisciplinario para realizar un estudio y precisar la causa del vaneamiento. No ha sido fácil, hay personal que se va del país y faltan algunos reactivos para realizar pruebas. Necesitamos 8,000 dólares para culminar la etapa de diagnóstico, parece una tontería, pero no los hemos conseguido”, explica Orlando Pérez quien es gerente de tecnología de la Asociación de Productores de Semilla Certificada de los Llanos Occidentales (Aproscello).


En 2017 el vaneamiento afectó en diferente medida a siete de cada 10 hectáreas sembradas en los cuatro estados donde se produce arroz en Venezuela: Portuguesa, Barinas, Cojedes y Guárico. Pero en 2018 disminuyó la incidencia, por lo que una de las hipótesis es que hay un factor climático relacionado con temperaturas nocturnas inusualmente altas.

“Una parte fuerte del diagnóstico apunta hacia el tema climático, pero no se le puede recomendar nada a un productor hasta estar completamente seguros”, afirma Orlando Pérez.

51% menos siembras que en 2017

A la orilla de la vía de asfalto que lleva hacia los cultivos de arroz que bordean el embalse Las Majaguas, mujeres esperan pacientemente por el escaso transporte público y vendedores de frutas promueven la mercancía con el cartel de: “Hay punto”; es decir, cuentan con un aparato inalámbrico que permite pagar con tarjetas de débito, de lo contrario, venderían muy poco porque la hiperinflación desintegró la moneda y para pagar con dinero en efectivo se necesita un fajo de billetes que muy pocos tienen a mano.

El embalse es una mancha verdosa que flota frente a la vegetación y asegura el riego en la época de sequía, convirtiendo a Las Majaguas en una zona arrocera. Roberto Ciconetti es hijo de inmigrantes italianos, tiene alrededor de 50 años y explica que “ en los 25 años que tengo trabajando en esta zona siempre ha habido altas y bajas, pero ahora ha habido una debacle, todo se vino al piso, nos pagaron la última cosecha y la hiperinflación se disparó: ¿En qué momento nos robaron que no sentimos que nos metieran la mano en el bolsillo?”.

A los inconvenientes se ha sumado que el embalse, por falta de mantenimiento, tiene un mal funcionamiento de las compuertas, con lo que el manejo del agua es inadecuado. “Cuando todo funcionaba aquí se sembraban hasta 9,000 hectáreas de arroz, el año pasado solo se sembraron 5,600”, dice Roberto Ciconetti.


El Ministerio de Agricultura oculta las estadísticas, pero Fevearroz maneja los datos de sus productores y de lo poco que se siembra a través de programas del gobierno donde participan agricultores que no pertenecen a la organización. Las cifras son alarmantes: al tomar en cuenta los cuatro estados que producen arroz, la superficie sembrada cayó 51%, desde 230,000 hectáreas en 2014 hasta 113,000 hectáreas en 2018 y la cosecha del arroz con cáscara, que luego procesa la industria, se redujo 64% desde 1,150,000 toneladas hasta 418,000 toneladas.

La consecuencia es que de cubrir 82% del consumo de arroz de los venezolanos, la agricultura nacional pasó a garantizar solo 30% y todo apunta a mayor escasez de un cereal clave en la dieta de la población. La primera semana de mayo comienzan las lluvias y el ciclo de siembra más importante del año y el desconcierto es total.

La gran mayoría de los agricultores venezolanos se agrupan en asociaciones que reciben créditos de la banca para cancelar el fertilizante, la semilla y los agroquímicos que les vende el gobierno. Luego, las asociaciones distribuyen los insumos y al final del ciclo los productores pagan con parte de la cosecha y a solo cinco semanas del inicio de las lluvias todo está en el aire.

El colapso de la producción de petróleo, el producto que provee prácticamente todos los dólares que ingresan a Venezuela y las sanciones de Estados Unidos han desplomado las importaciones, incluyendo lo que necesita el campo para cosechar alimentos.

No sabemos cuánto se podrá sembrar, falta muy poco tiempo y el gobierno no nos ha dicho cómo se va a resolver el tema de la falta de fertilizantes, los repuestos para la maquinaria, las semillas; no ha habido diálogo y además, en medio de la crisis, la banca ha disminuido al mínimo el financiamiento. Nos exponemos a una caída aún más profunda en la producción de arroz”, dice José Luis Pérez.

El arroz es de los alimentos básicos que escasean en los mercados de Venezuela y para las familias sumergidas en la pobreza supone la mayoría de los almuerzos y cenas, acompañado con frijoles, un poco de margarina o solo.

Sin electricidad, ni combustible para producir

En las principales avenidas de Acarigua, la pequeña ciudad cercana a las fincas, destaca una hilera de comercios cerrados o con muy poca mercancía que hasta hace poco ofrecían “Repuestos para maquinaria agrícola”, “Agro Partes”, “Todo en cosechadoras” o “Las mejores semillas y fertilizantes”.

El centro comercial Buena Ventura cierra a las 6:00 de la tarde por las fallas en el suministro de electricidad y Ramón, uno de sus vigilantes, me cuenta: “Tengo 40 años y durante 20 he trabajado en fincas, pero el año pasado me despidieron y solo conseguí esto para medio comer”.

La escasez de gasolina obliga a colas de hasta tres horas para cagar el tanque de los vehículos y en los “centros de llenados” los de menos ingresos forman filas kilométricas para proveerse de una pequeña bombona de gas que permite cocinar en casas con paredes descascaradas, techos por donde en época de lluvia se cuela el agua, piso de tierra y una sola pieza.

Desde hace seis meses no circulan los periódicos locales y tampoco llega la prensa de Caracas. Sin embargo el señor Pedro todavía tiene su quiosco de periódicos porque “les vendo las ediciones viejas a los talleres de latonería y pintura”. En la radio principalmente se escuchan emisoras que difunden la propaganda del gobierno chavista, reguetón y música llanera.

Sin maíz para las arepas

En los campos de Portuguesa brota la mitad del maíz que se cosecha en Venezuela y en la autopista que conduce a Turén, una zona con las mejores tierras para este cultivo, son visibles los galpones con maquinaria cual ruinas abandonadas, tractores convertidos en cacharros, cosechadoras con motores inertes, sembradoras con neumáticos gastados.

“Este tractor lo estamos arreglando, hemos gastado mucha plata y no lo hemos podido terminar de arreglar por lo caro de los repuestos. No hace mucho nos dieron un precio por la bomba. No la compramos y cuando volvimos valía el triple, por eso no hemos podido comprarla”, dice Lourdes Ballester quien tiene cincuenta años cosechando maíz y cada día observa al tractor paralizado en un patio donde guarda la maquinaria defectuosa.

“Tengo 120 hectáreas. El año pasado sembré 90 y en el ciclo de lluvia que está por comenzar la primera semana de mayo no tengo idea: no puedo sembrar sin semilla, fertilizante, herbicida y el veneno para el monte. Todo me hace falta”, explica Lourdes con el rostro surcado por la incertidumbre.

En Turén, en una finca a la orilla del asfalto, están las 80 hectáreas de Luis Corzo quien se graduó de ingeniero industrial y cuenta que sus abuelos vinieron de España en 1951. Él tiene 42 años y no piensa emigrar a España como hizo su hermano.

“Solo tengo semillas y fertilizante para sembrar 15 hectáreas, si no me es posible obtener más insumos solo sembraré eso o en el peor de los casos nada. Si soy el único que siembra algo, así sea tan poco, me convertiría en un foco de atención, correría el riesgo de que algunos ladrones entren de noche y me roben el maíz”, dice.

A poca distancia de la finca de Corzo está la parcela de Reynaldo Morales, su padre y tres hermanos. “Siempre sembramos maíz, entre todos contamos con 260 hectáreas, el año pasado sembramos la mitad, 130 hectáreas, y este año no sabemos. Estamos acondicionando todo, haciendo la limpieza de canales. La lluvia comienza el primero de mayo y si no se siembra en ese momento y el suelo se satura ya no se puede sembrar. Si el año es veranoso y no llueve tanto podría sembrarse un poco más tarde, pero eso lo sabe Dios”, dice Morales.

Se trata de un rubro estratégico. El maíz blanco es la materia prima para elaborar la harina de maíz precocida que se emplea para producir las arepas, el pan de los venezolanos; y el maíz amarillo es imprescindible para la comida de animales esenciales para el consumo de proteínas como pollos y cerdos.

Las cifras que maneja la Confederación de Asociaciones de Productores Agropecuarios de Venezuela (Fedeagro) indican que el cultivo de maíz se redujo 73% desde 781,200 hectáreas en el pico alcanzado en 2008 hasta 207,000 hectáreas en 2018, mientras que la cosecha cayó 76% desde 2,995.662 toneladas hasta 721,000 toneladas.

El maíz solo se siembra durante el ciclo de lluvias que comenzará el 1 de mayo y la situación luce tanto o más comprometida que con el arroz. Ramón Bolotín dirige una asociación de agricultores en Turén y explica que el 90% de la semilla es importada y la información que maneja el gremio es que el gobierno no ha concretado la compra.

Durante años Monsanto y Pioneer, las dos grandes multinacionales estadounidenses dedicadas al negocio agrícola, le han vendido al gobierno venezolano las semillas de maíz, pero el severo descenso en el ingreso de dólares tras el colapso de la industria petrolera y las trabas para transferir el pago de las importaciones por las sanciones que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aprobó contra la administración de Nicolás Maduro complican los trámites.

Ya no hay tiempo, importar las semillas lleva un lapso desde que se hace la solicitud, se obtiene el permiso fitosanitario, se despacha, se recibe en Venezuela, se distribuye a los centros de acopio y finalmente llega a los galpones de los productores”, dice Ramón Bolotín.

“A lo sumo podrían sembrarse 80,000 hectáreas si un lote de semillas que llegó tarde al país el año pasado fue bien guardado en las cavas adecuadas. Además no se ha distribuido el fertilizante y tampoco hay tiempo para acopiarlo, vamos a perder el ciclo de siembra de maíz de 2019”, advierte Bolotín.

La posibilidad de diálogo con el gobierno es remota: “El gobierno no se reúne con los agricultores que cosechan más de 90% de los cereales en Venezuela. En las pocas reuniones que ha habido este año, dos o tres, hemos ido como oyentes, no hay derecho de palabra, solamente vamos a recibir información, como quien dice a pararnos firmes y recibir órdenes”.

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