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José José

José José pidió un aplauso para el amor, pero hoy solo aplaudimos a 'El Príncipe de la Canción'

José José fue como el enamoramiento, una manifestación del espíritu, un estado de ánimo que nos arrebata.
29 Sep 2019 – 11:58 AM EDT

Vamos a decirnos la verdad, todos hemos vociferado las desgarradoras piezas de nuestro ‘Príncipe de la Canción’ en alguna borrachera.

Antes de seguir, me veo en la obligación moral de aclarar que escribo este texto en calidad de fan absoluta de este enorme cantante. Por ello, apelo a su bondad y ruego que sepan perdonarme si cometo excesos en mis manifestaciones de adoración, pero qué le voy a hacer si una no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Y yo soy intensa.

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Sin importar si somos tormenta, tornado o volcán apagado, los que amamos con totalidad kamikaze necesitamos profetas, elegidos, voceros del desgarre, que nos representen. Para nuestra buena suerte en México tenemos más de uno, empezando por José Alfredo Jiménez, pasando por Juan Gabriel y, desde luego, con el inigualable José José.

Y es que, amigos, hay que ver cómo es el amor, que a la hora de buscar la descongestión del alma por una querencia atorada, vale lo mismo recurrir a Leonard Cohen que a nuestro crooner a la mexicana, cómo carajos no. Porque no podemos negar que el mensaje de fondo de las canciones de este par es el mismo: 'There ain’t no cure for love', para el amor no hay cura. Si podremos dar fe quienes hemos rodado de acá para allá siendo de todo y sin medida.

Ya sabemos que todo pasa y a los sufrimientos, como a las palabras, se las lleva el viento, pero mientras estamos presos de la cárcel de unos besos o sintiéndonos apenas un ínfimo peldaño de la escalera emocional de otro, hace falta que encontremos el modo de saborear nuestro dolor y ahí es donde José José se vuelve indispensable.

Lo maravilloso de las letras de sus canciones —mérito de autores como Rafael Pérez Botija, Manuel Alejandro y el propio Juan Gabriel— es que pasan por todas las fases de la aventura amorosa: desde la infatuación de quien declara “tengo en la vida por quién vivir, amo y me aman”, hasta el desencanto “déjame encender la luz, no quiero nada”, para regresar, oh insensatos, a las ganas desesperadas de volver a enamorarnos: “Amor, amor, si me escuchas y me puedes ver: no me cierres tu guarida, llena un poco de mi vida…”.

Lo que un día fue, no será

Este maestro, que nos enseñó figuras literarias como la comparación entre “amar y querer” y razonamientos filosóficos como el silogismo “lo que un día fue, no será”; merece toda nuestra gratitud, reconocimiento y buena vibra porque nunca nos ha dejado solos, confundidos ni olvidados ofreciéndonos la balada perfecta para cada ocasión.

José José es intergeneracional, qué digo, es atemporal, justamente porque el amor y el desamor son transversales. Ya sé que habrá quienes encuentren demasiado popular este refugio pero, compañeros, el amor es un animal babeante y con garras al que le importa un rábano si para sobrevivir a él repetimos salmodias divinas o los versos de nuestro Príncipe en un bar con piano y hasta pista de karaoke. Hay que ser fruncidos del alma para pensar que la bestia de la pasión distingue entre la elaboración del dolor sofisticada y la común.

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Recuerdo que cuando era niña encontraba insoportable el momento José José de las fiestas y no me explicaba por qué los adultos destartalados que quedaban al final de las reuniones, parecían tan conmovidos y se mostraban insaciables en su compulsión de cantar una canción tras otra.

Pero porque el tiempo tiene grietas como grietas tiene el alma y porque nada es para siempre, me hice adulta igual de destartalada y rijosa que aquellos que se desarmaban con tres tequilas y una canción sobre la mesa. No hace mucho descubrí a mis sobrinos adolescentes escuchándolo.

Por eso digo que el fenómeno es intergeneracional y sé que mientras la nave del olvido no parta, nos entregaremos sin pudor a la música del Príncipe en las juergas mexicanas.

También por eso estoy convencida de que nuestro José José no fue gavilán ni paloma, sino Ave Fénix, esa que renace de sus cenizas. Y mientras él pedía un aplauso para el amor, yo pido un aplauso amoroso para él, que bien ganado lo tiene, para siempre.

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