Sexualidad

El reto de la monogamia

Los coqueteos cibernéticos por mail o whatsapp, los corazones en Twitter y en Facebook, se convierten en una fiesta de dopamina.
25 May 2016 – 7:02 PM EDT

La fantasía de amores que consumen y enloquecen persigue sobre todos a quienes están en relaciones de largo plazo. La repetición de rituales, la invisibilidad que describe a la pareja de años a fuerza de verse todos los días y en todas las circunstancias, el aburrimiento que se entiende como equivalente de desamor (a pesar de que la costumbre y el tedio lo predecible no es necesariamente negativo).

Mujeres y hombres proyectan sus clichés sobre el amor en el cuerpo de alguien que apenas conocen y de quien se enamoran para olvidarse de sí mismos; para usar los sentimientos de intoxicación como una droga efectiva contra la angustia de existir y contra el miedo de morir.

El deseo sexual puede convertirse en religión, practicada con fervor como si fuera el camino infalible para seguir sintiéndose deseable, joven y hermoso. Los coqueteos cibernéticos por mail, whatsapp, los corazones en Instagram, Twitter y en Facebook, se convierten en una fiesta de dopamina para los que necesitan fabricar una ilusión a la medida de sus tristezas y necesidades.

Parejas monógamas un día deciden dejar de serlo y practicar una relación abierta, porque son civilizadas, porque quieren creer que pueden afrontar que su pareja ejerza la libertad de hacer lo que quiera, siempre y cuando no se enamore de alguien más y que practique sexo seguro.

A algunos les resulta bien, aunque casi siempre es uno de los dos el más entusiasmado con la posibilidad de disfrutar de la diversidad de cuerpos y sensaciones, con la novedad de una boca nueva o de un modo distinto de hacer el amor. Casi siempre el otro cede por evitar un conflicto o pensando que de esta forma la relación durará más.

Amor, lujuria y enfatuación

A veces los encuentros con otros y otras favorecen a la pareja. Las fantasías que se desatan pero, sobre todo, la idea de que alguien más desea lo que tenemos, lo vuelve deseable otra vez. Por eso las parejas van a un club swinger: a atestiguar que su mujer o su marido son deseables para alguien más; a redescubrir que la mujer invisible con la que duermen cada noche, es atractiva y caliente, aunque a veces la experiencia termina en celos y arrepentimiento. Romper los diques que contienen a la sexualidad puede ser amenazante para algunas personas.

“Acuéstate con quien quieras, pero no te enamores”, frecuentemente se vuelve un desastre, porque alguien se clava, se enamora, se obsesiona con el otro a quien solo ve cada dos o tres meses: reluciente, deseoso, nuevo cada vez, para luego desaparecer. Comparar a un amante casual con la pareja estable es un despropósito, porque por lo menos en términos de deseo y si el sexo y la conexión mental es buena, gana el que aparece de vez en cuando. Las pasiones de corta duración pueden lastimar la salud emocional de los adictos al amor y a la emoción de lo nuevo.

El amor, la lujuria y la infatuación alejan la tristeza momentáneamente y producen un sentimiento (transitorio) de felicidad.

Las personas cambian. Deciden casarse o vivir juntas pero jamás podrán estar seguras de lo que va a pasar. Cuánto van a cambiar en los años por venir: ¿Perderán la salud, engordarán, quedarán desempleados durante años, abandonarán lo que les interesaba, sufrirán una depresión?

Todos estos escenarios son posibilidades que surgen en el tiempo y que también sirven como justificación para enamorarse de otras personas con las que se pueda revivir lo que alguna vez se tuvo con la pareja.

Las aventuras sexuales son una forma de combatir el aburrimiento de la monogamia de largo plazo, aunque a veces se convierten en aventuras emocionales que después se convierten en relaciones amorosas, que evolucionan en un conflicto sentimental que puede terminar en una separación.

Melissa Broder, en su libro “So Sad Today”, dice que hay algo en las relaciones de largo plazo que nos despoja de la capacidad de ver a la otra persona. Dejamos de verlos como una entidad individual, dejamos de verlos como una posibilidad y se convierten en una posesión. O dejamos de ver la posibilidad de que un día nos abandonen. No hay un espacio que cruzar para llegar al otro y tampoco vivimos con la duda sobre si somos amados o deseados. El sexo se convierte también en algo cotidiano y no anhelado.

Dejar de ver a la gente que amamos es muy frecuente y quizá el máximo reto en relaciones largas sea seguir encontrando territorios inexplorados a pesar del paso de los años.

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