Maquillaje

Grítale al mundo: me maquillo porque me da la gana y no para que a otro le guste

Como parte de un experimento editorial acepté ir a la oficina con la cara lavada. El ejercicio me ayudo a confirmar que maquillarme es algo que hago por mí, para mí. Conclusiones: no me pidan que no me maquille, por favor.
23 Oct 2016 – 11:09 AM EDT

Me maquillo todos los días desde que tenía 15 años. Nadie me obligó, ni me lo pidió, y mi mamá se maquilla poco. Es algo que empecé a hacer porque me gustaba.

Me tomo cada mañana 10 (o 15) minutos para ello. Es un tiempo personal, dedicado a mí, en los que no pienso en otra cosa o me preocupo por algo más que no sea jugar con líneas y colores.

Maquillarme no me parece una aburrida obligación o algo que hay que hacer para verse bien. Lo tomo como un juego. Es volver a los días en los que el 'maki club' era de mis juguetes favoritos y pintaba a cada muñeca que se me atravesara.

Como experimento editoral, acepté ir un día a la oficina sin maquillaje. En un principio me provocó un poco de resistencia —¿por qué tengo que exponerme a algo que me incomoda un poco?— pero después pensé que era una forma de mostrar que no es algo tan superficial como la gente cree y de reafirmar que es algo que no hago por los demás sino por mí.

Mi rutina de la mañana no cambió demasiado: me levanté a la misma hora, hice lo que siempre hago. ¿La única diferencia? No desplegué 'mis juguetes' en el mesón del baño.


Antes de salir, solo puse algo de crema hidratante y evité mirarme demasiado al espejo (no sé si estaba en fase de negación o si no quería recordar que me iba de 'cara lavada' a la oficina).

A diferencia de lo que pensaba, nadie se dio cuenta a la primera o quisieron esperar un poco para decirlo (es como una de esas cosas que la gente siente que no es prudente comentar).

Con el paso de las horas recibí algunos halagos y el mundo descubrió mis pecas y ojeras. Eso sí me extrañó mucho, que la gente se impresionara por mis pecas… tampoco son tantas.

En el transcurso del día me toqué la cara más de lo habitual, tenía en la cartera agua en spray y la usé al menos tres veces. ¿Para qué? No sé, quizás para calmar la ansiedad de usar algo, aunque fuese solo agua.

Otro aliado del día: un lipstick (sin color, no hice trampa). También lo usé varias veces, ese sí con su propósito nato, hidratar. Sentía los labios un poco secos.


Acostumbro tomar mucha agua, así que voy al baño constantemente. En cada visita traté de no verme al espejo, no evité reuniones ni conversar o levantar la cara, mi día fue normal, solo evité verme yo.

Me siento bien conmigo misma pero sentía que 'algo' me faltaba, que tenía una tarea pendiente. Me imagino que es de eso de lo que hablan los atletas cuando dicen sentir extrañeza cuando no entrenan, o los escritores cuando no escriben... o cualquier persona que rompe un hábito.

Ahora que lo pienso, también es eso, un hábito.

La experiencia me sirvió para confirmar la importancia de dedicarte unos minutos al día, con ejercicio, con una buena comida, con una lectura, como quieras.

Me ha tocado explicar varias veces (y a muchas personas que preguntan) que me maquillo porque me gusta, porque son los 10 minutos del día que comparto conmigo. Y es por eso que, aunque me digan que me veo linda sin maquillaje, no cambiará nada.

Creo que lo más importante de los "rituales de belleza” (o simplemente, de los rituales) es que los hagas para empoderarte, para sentirte bien, para adquirir seguridad si es eso lo que buscas, para mimarte, para quererte, subirte la autoestima.

Maquillarte no significa que no te aceptes como eres, significa que te preocupas por resaltar tu belleza, por consentirte, por dedicarte tiempo. Si ese labial o esa máscara para pestañas te ayuda a sentirte más aguerrida y con ganas dobles de comerte el mundo, no dejes de usarlo.

Ahora sí, a maquillarme que voy a salir a cenar.

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