De dónde vienen los hashtags #Lady y #Lord que se usan en México para enjuiciar en redes sociales

En México, un puñado de personas se han convertido en celebridades infames de internet bajo el título de 'Lord' o 'Lady'. Pero, ¿dónde se origina este término y cómo ha ido mutando hasta convertirse en una parodia de sí mismo?

¿De dónde sale el término 'Lady' o 'Lord', para referirse a una persona prepotente y vulgar que incurre en actos que el grueso de la población encuentra lo mismo ridículos que reprobables? iStock

Cuando en 1968 el artista pop Andy Warhol dijo: "En el futuro cualquiera será famoso mundialmente por quince minutos", no tenía idea de lo profética que resultaría su frase, más aún en esta era de redes sociales donde todos somos simultáneamente protagonistas y testigos de lo que ocurre en ellas y 'viralizamos' toda clase de contenidos, desde videos de gatitos, hasta desastres naturales.

Por ejemplo, en México, por quince minutos (y a veces más) un puñado de personas se han convertido en celebridades infames por Internet, ostentando el título de 'Lord' o 'Lady'. Pero, ¿dónde se origina este término y cómo ha ido mutando hasta convertirse en una parodia de sí mismo?

Todo se lo debemos, para empezar, a un berrinche espectacular y muy público protagonizado por una mujer llamada Azalia Ojeda, exparticipante de la primera edición de Big Brother México en 2002, que el 24 de agosto de 2011 vio revivida su efímera fama (ya antes había participado sin pena ni gloria en una telenovela de Televisa y grabado un disco de música techno-grupera) 'gracias' a la noche en que ella y una acompañante fueron captadas por el usuario de un smartphone cuando arremetieron contra oficiales de la policía durante un operativo del alcoholímetro ; el incidente ocurrió en plena avenida Mazaryk, considerada por muchos como equivalente a Rodeo Drive, Fifth Avenue o Les Champs Elysées en Ciudad de México. Recuerdo que entonces las redes sociales —específicamente Twitter— estallaron y el trending topic #LadiesDePolanco fue sensación por varios días.

¿De dónde sale el término 'Lady' o 'Lord', para referirse a una persona prepotente y vulgar que incurre en actos que el grueso de la población encuentra lo mismo ridículos que reprobables? Esto tiene su raíz en el clasismo tan arraigado en México. En este interesante artículo Ernesto Santillán explora las causas y efectos del término, pero a mi modo de ver, ambos términos se han usado tanto y tan indiscriminadamente —#LordAudi, #LadyChiles, #Lady100Pesos, #GentlemanDeLasLomas, #LadyProfeco y un largo etcétera: casi a diario hay un caso así— que se han convertido en un tópico sobreexpuesto.

El más reciente de esta bochornosa hilera de sucesos donde la ironía del título nobiliario se pierde por completo para dar pie a notas 'informativas' basadas en morbo, es el penoso caso de #LadyCoralina, mote por el que se conoce a Emma Alicia Paz, una joven sonorense que fue públicamente repudiada por su prometido debido a la viralización de un video en el que se la ve besándose con otro hombre durante su bachelorette party.

Mi reacción ante este capítulo de la telenovela de las redes, fue de repugnancia e indignación… Pero no por el novio 'engañado' o por el escándalo social, sino porque este tipo de contenidos se han convertido en nuestro entretenimiento de cada día. Porque la misoginia implícita en cada tuit denostando a la joven (hay miles) era como una muestra de una rancia hipocresía. Más aún si se tiene en cuenta que esto también es violencia de género presuntamente ejercida por mujeres que acudieron al mismo club en Playa del Carmen.

La cosa no terminó con el juicio internacional (la nota llegó a todo el mundo) sino que continúa ahora con un supuesto 'perdón' por parte de Pablo Torres Gándara (la 'parte ofendida' en este caso), que según las redes sociales podría devenir en reconciliación y boda. ¿Se supone que esto es un ' happy end' para una semana de vejaciones verbales por todos los medios electrónicos e impresos?

¿En qué momento nos erigimos jueces de la moral? Con epítetos como 'puta' lanzados despreocupadamente desde el anonimato, la joven se vio de pronto embarrada en los timelines de personas que no tendrían ningún tipo de razón para opinar sobre su sexualidad, sus actos o su persona. ¿Es esta la fama de 15 minutos que nos merecemos?

Los 'Lords' y 'Ladies' que antecedieron a Emma Alicia en este foro de humillación pública que son las redes, por lo menos recibían el menosprecio como escarmiento ante un acto ruin —el ama de casa que humilló a su doméstica por llevarse un chile en nogada a casa es un caso que personalmente consideré en su momento merecedor de todo el peso del escarnio que le vino encima, no lo niego—. Pero la ironía se ha disuelto para convertir a cualquier usuario de Facebook o Twitter en árbitro de la moral y las 'buenas costumbres' desde su muy subjetiva perspectiva (por torcida que ésta pueda ser), y francamente encuentro el recurso no solo manido, sino hasta peligroso.

Cualquier tuit es una piedra y la lapidación está a la orden del día. Algunos sugieren disminuir, o definitivamente suspender, el uso de redes sociales como solución a esta indigestión, pero yo no lo veo como algo muy factible en esta época en que las mismas redes son indispensables para muchos como un enlace con los medios e incluso como una herramienta de trabajo (tal es mi caso personal, como se podrán dar cuenta).

Quizá exista un remedio en hacer reflexión personal sobre lo que deseamos (y no) consumir en la red y sobre cómo vamos a participar (si decidimos hacerlo), de un 'linchamiento digital' —no tengo por qué negar que mi voz se alzó desde la tribuna de mis redes en su momento, junto con muchas otras, para criticar los comentairos clasistas y discriminatorios del columnista Nicolás Alvarado (apodado #LordLentejuelas, para el caso) por su muy poco afortunada opinión sobre la muerte de Juan Gabriel—; procurar hacerlo cuando es pertinente y de un modo objetivo, o evitar sucumbir a la necesidad de circo con el oprobio ajeno.

Quizá la tendencia pueda revertirse, o quizá no. En su libro So you have been publicly shamed , Jon Ronson plantea casos que han tenido más eco internacional que los que he citado hasta ahora, pero la situación es similar. ¿Necesitamos la vergüenza de otros para sentirnos mejor acerca de nosotros mismos? ¿Nuestros defectos personales disminuyen ante los desplantes de otra persona, sea o no de un estrato social distinto al nuestro?

Es difícil mirarse uno mismo al espejo y preguntárselo, pero creo que sería un buen ejercicio para cualquiera, comenzando por mí mismo. Quizá serviría para constatar que a pesar de todo, en la vida real y en mi casa me educaron bien.

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