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Familiares y vecinos de la localidad salvadoreña de El Mozote participan en un entierro colectivo de las víctimas de una matanza que tuvo lugar en 1981. Foto de archivo de 2016

30 años después de los acuerdos de paz, ¿por qué Centroamérica es una de las más violentas del mundo?

30 años después de los acuerdos de paz, ¿por qué Centroamérica es una de las más violentas del mundo?

Cuando se cumplen tres décadas del acuerdo que cinco presidentes firmaron contra la presión de Estados Unidos que marcó el fin de las guerras de los 80, la región que todavía sangra por motivos distintos. Los 15,000 asesinatos actuales por año no es algo que los gobernantes se hayan imaginado en aquella madrugada de 1987.

Familiares y vecinos de la localidad salvadoreña de El Mozote participan...
Familiares y vecinos de la localidad salvadoreña de El Mozote participan en un entierro colectivo de las víctimas de una matanza que tuvo lugar en 1981. Foto de archivo de 2016

SAN JOSÉ, Costa Rica.- “No podemos salir de esta suite sin un acuerdo". Esa es la frase que el expresidente de Costa Rica Óscar Arias asegura haber dirigido a los otros cuatro mandatarios que se mantenían reunidos en la madrugada del viernes 7 de agosto de 1987 en un hotel en Esquipulas, Guatemala. Los gobernantes de una Centroamérica en guerras se jugaban una chance crucial de aceptar un Acuerdo de Paz frente a la presión contraria que ejercía la administración Ronald Reagan y los ejércitos locales.

“Centroamérica estaba desangrada”, recuerda el político que poco después recogería el premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos en la pacificación de una región que servía de mesa de pulsos para Washington y Moscú, las dos potencias enfrentadas en el último tramo de la Guerra Fría. La tensión era enorme ese viernes en el punto crítico de las negociaciones que este lunes cumplen tres décadas de haberse concretado en el Acuerdo de Esquipulas II, aunque el estado actual de Centroamérica está lejos de ser el que los mandatarios soñaban aquella madrugada.

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Los centroamericanos siguen desangrándose. Tres décadas de notables progresos sociales, económicos y políticos no han vencido la alta posibilidad de un centroamericano de morir asesinado o de tener que emigrar para evitarlo. La literatura de las guerras ochenteras centroamericanas dice que hubo 200,000 víctimas y más de un millón de desplazados.

Ahora, sin guerras pero con más crímenes, se puede redondear en 150,000 los homicidios en la última década, según un cálculo propio basado en datos recopilados por la Fundación para Paz y la Democracia ( Funpadem). La tasa de homicidios promediada se acerca a 35 por cada 100,000 habitantes, con casi 15,000 asesinatos cada año en esta franja de 46 millones de habitantes compuesta por Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. El “triángulo norte”, formado por los primeros tres países es la zona más violenta del mundo carente de guerra.

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"Los guerrilleros de entonces son los pandilleros de ahora"

“La ausencia de guerra no nos condujo a sociedades pacíficas. En aquel momento hubo violencia política institucionalizada y ahora hay una alta violencia social”, concluye el investigador Alberto Mora, coordinador del informe Estado de la Región 2016 que menciona como mayor desafío de Centroamérica evitar el retorno a las condiciones del pasado. “La democracia no ha logrado consolidarse y persisten las debilidades crónicas de los Estados para brindar servicios básicos a la población. En este escenario reaparecen ‘viejos fantasmas’ que amenazan la libertad, la paz y los derechos humanos, en una región que no hace mucho sufrió graves violaciones en esos ámbitos”, se lee en el reporte, que señala algunos retrocesos consumados y un rearme reciente de los ejércitos en la región cuya superficie total equivale a la cuarta parte de México.

El expresidente de Costa Rica, Oscar Arias (izquierda) y el entonces exp...
El expresidente de Costa Rica, Oscar Arias (izquierda) y el entonces expresidente de Nicaragua, Daniel Ortega (derecha), y en un acto de conmemoración en 2007 del XX Aniversario de los acuerdos de paz de Esquipulas II que pusieron fin a las guerras en Centroamérica.

Arias, quien planteó su campaña presidencial en 1985 con una promesa de paz a pesar de que Costa Rica no alojaba una guerra propia, recuerda ahora la fuerte oposición de Reagan a su plan para acabar, al menos en lo formal, con los conflictos bélicos en el resto de la región. Ahora, visto lo ocurrido en 30 años posteriores, insiste en ver el lado más positivo del acuerdo que firmaron en Esquipulas los mandatarios Vinicio Cerezo (Guatemala, anfitrión de la histórica reunión y líder de las negociaciones) , José Azcona (Honduras), José Napoléon Duarte (El Salvador) y Daniel Ortega, quien desde 2007 volvió al poder en Nicaragua y continúa. Aceptaron promover el fin de las hostilidades, la reconciliación nacional y la democratización, además de rechazar la asistencia internacional irregular a grupos armados y controlar las armas. El cumplimento fue parcial. Las armas siguieron circulando.

“Centroamérica ha avanzado mucho en lo económico, social y lo político. Ya no hay dictaduras, con excepción de una autocracia en Nicaragua, pero ciertamente el nivel de vida de hoy es más elevado que el de hace 30 años. Todos los indicadores económicos y sociales están mejor, en el campo educativo, en la esperanza de vida, mortalidad infantil… La gran excepción es la violencia en el ‘triángulo norte’. Es un fenómeno que se explica por la generación que se pasó en los 80 peleando en las montañas. Los guerrilleros de entonces son los pandilleros de ahora”, dijo el Nobel de la Paz.

Al menos 13 oficiales han sido asesinados en lo que va del año por pandillas en El Salvador Univision

A ello se suma el retorno de una generación que migró durante la guerra, o el de sus hijos. También el nexo con ciudades de Estados Unidos donde germinaron las ‘maras’ que ahora pelean entre sí y manchan el “triángulo norte” de sangre de sus miembros y de miles de inocentes. “Siempre dije a Barack Obama que debían apoyar más a esa región de Centroamérica y que no debían sorprenderse de la presencia de pandilleros en ciudades estadounidenses, que son consecuencia de lo que Estados Unidos creó al apoyar la guerra en los años 80”, señala Arias.

A ello se suma la penetración de organizaciones criminales internacionales, sobre todo narcotraficantes que convierten este istmo en su propio corredor entre los productores colombianos y el mercado de Estados Unidos. La posición estratégica de Centroamérica es también parte de su desgracia. “Antes hubo guerras, represión, violaciones masivas de derechos humanos y exterminio de grupos. Ahora hay una región expuesta al crimen internacional con afectación directa en grupos locales”, compara el investigador Mora antes de mencionar los ingredientes de un cóctel envenenado: una desproporcionada desigualdad social (el 20% más rico acumula el 60% de la riqueza), la debilidad de los sistema de justicia, el abandono estatal de grandes porciones de territorio y en ocasiones la respuesta militarizada con abusos. Y para peores, un deterioro de la confianza popular en el sistema político y su capacidad de dar solución a la mayor preocupación de los ciudadanos, la criminalidad, agrega el Estado de la Región.

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Arias, aunque siempre orgulloso de su plan de paz, también señala los pendientes y peligros: “Con la firma de Esquipulas comenzamos un proceso que nos hizo dejar de transitar la dolorosa senda de la guerra bañada siempre en lágrimas. Eso se superó, pero todavía recorremos la senda de la pobreza, de la exclusión social, intolerancia, inseguridad y debilidad institucional. Eso debe ser siempre una llamada de atención, porque esta senda se puede cruzar con la espiral de la guerra”.

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