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Trump arropado por sus seguidores incondicionales en Arizona

En Arizona, un Trump rabioso le demuestra a su base que sigue siendo el populista incorregible por el que votaron

En Arizona, un Trump rabioso le demuestra a su base que sigue siendo el populista incorregible por el que votaron

Obsesionado con su imagen y sin aceptar responsabilidades, el presidente saca en Arizona su retórica más encendida y divisionista, justo cuando, tras la violencia racista en Charlottesville, muchos esperan que ayude a unificar al país desde la Casa Blanca.

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Donald Trump lo volvió a hacer: un día después de ofrecer un discurso sobre la estrategia militar en Afganistán en el que lució razonable y hasta “presidencial”, el mandatario volvió por sus fueros más populistas, rabiosos y hasta irresponsables en un mitin de campaña en Phoenix, Arizona.

Quizá el presidente quería demostrar a su base que, contrario a lo que medios conservadores como Breibart han venido diciendo o insinuando desde el lunes, de que el establishment político le está haciendo abandonar su agenda, él sigue siendo el mismo que conocieron como candidato: irreverente e incorrecto.

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O quizá el presidente, al que tanto le preocupa lo que digan de él los medios, estaba afectado por el hecho de que Breibart, la publicación conservadora a la que ha vuelto para dirigir su hasta el viernes estratega jefe Steve Bannon, le haya criticado tanto por haber faltado a la promesa de campaña de retirar a las fuerzas estadounidenses comprometidas en operaciones de construcción de naciones, como en Afganistán.

El hecho es que este martes, ante miles seguidores que se concentraron en el Centro de Convenciones de Phoenix, Trump regresó a su estilo incendiario para atacar a su enemigo favorito (los medios) tratar de explicar con medias verdades la polémica que él mismo creó tras los eventos en Charlottesville, Virginia, y anunciar, sin decirlo, que indultará al exalguacil Joe Arpaio, pese a que reconoce que es una medida polémica.

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El presidente lucía en su elemento, dispuesto a ajustar cuentas con los sectores que alguna vez le han criticado, incluyendo a los empresarios que la semana pasada renunciaron a los comités creados para asesorarlo hasta que Trump decidió disolverlos para ahorrarse la vergüenza de una dimisión en masa.

Trump aseguró que no diría nombres ni anunciaría medidas, pero no hizo falta, lo dijo todo. No nombro a su crítico, el senador republicano Jeff Flake y dijo que no anunciaría el perdón del sheriff Joe Arpaio “porque no quiero causar controversia alguna”.

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Arpaio fue hallado culpable de desatacar una orden judicial para detener la persecución de inmigrantes ilegales usando perfiles raciales, algo penado por la ley. Se espera que el 5 de octubre se dicte sentencia, que podría implicar hasta 6 meses de cárcel para el polémico exalguacil.

Acá Trump dejó mal parados a sus propios portavoces, quienes horas antes aseguraron a los medios que el tema no sería tratado durante la jornada en Arizona.

Baño de popularidad

Ensoberbecido por su contacto con la multitud de sus acólitos, el presidente pareció incluso estar burlándose de sus asesores en la Casa Blanca y particularmente del jefe de gabinete John Kelly, cuando dijo: “Después del discurso de ayer me pidieron, ‘por favor, Sr. Presidente no diga nombres’ que no dijera nombres”.

Se trata de una aparente referencia al senador Flake, quien ha sido muy crítico del presidente y a quien éste quisiera ver sustituido por otra cara. (En días pasados tuiteó sobre su satisfacción de que Kelli Ward haya salido a desafiar a Flake en primarias)

Fue notable la manera displicente cómo se refirió, también sin nombrarlo, al otro senador del estado, el republicano John McCain, quien además de tener una destacada trayectoria como político y como veterano de guerra, está combatiendo un cáncer en el cerebro

La condición de McCain, en condiciones política normales, habría motivado un saludo solidario de parte de cualquier político, demócrata o republicano. Pero no de Trump.

El enemigo favorito

El presidente llegó al extremo de culpar a los medios de servir de plataforma a los grupos que incitan el odio, aunque no dijo de qué manera la prensa habría hecho eso.

Si los responsabilizó por la polémica que generó su ambigua reacción a los eventos en Charlottesville, -en los que Heather Heyer murió arrollada por un supremacista blanco que lanzó su auto contra una manifestación anti racista.

Pero también los señaló por estar "desmontando la herencia cultural" del país con la remoción de estatuas confederadas, en cuya defensa han salido los grupos de extrema derecha.

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Durante varios minutos, Trump, armado con lo que parecían copias de las tres declaraciones que dio tras los desórdenes, se dedicó a defenderse asegurando que los medios mintieron o distorsionaron sus declaraciones y olvidando que la condena a su primer comunicado fue universal, tanto de demócratas como republicanos.

El mandatario aseguró que sí había condenado a los grupos supremacistas, los neo nazis y el KKK, aunque obvió decir que originalmente responsabilizó a “muchos lados” por la violencia sin nombrar a ninguno, un comentario que indignó a muchos.

Tampoco precisó que tardó dos días para en su segunda declaración nombrara a los grupos racistas, y que apenas al día siguiente reactivó la polémica señalando a “ambos grupos”, además de asegurar que había “gente buena” en todos los sectores (lo que incluye a los supremacistas blancos)

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Vieja costumbre

Aunque la retórica del presidente sonó más dura este martes en Phoenix que en otros de los siete eventos de campaña similares que ha tenido desde que llegó a la Casa Blanca, lo cierto es que no debería sorprender.

Primero, es conocida su tendencia a salirse del guion y a desbaratar a los pocos días, a las pocas horas, cualquier declaración políticamente aceptable que haga. El análisis general del discurso del lunes sobre Afganistán hablaba de una alocución normal de un comandante en jefe, independientemente de las críticas a la estrategia que planteó.

Tampoco es nueva esa la costumbre que tiene Trump cada vez que una crisis se presenta de refugiarse en multitudes que le son acríticamente favorables en territorios que domina.

El hombre llamado a convocar la unidad del país prefiere centrarse en fomentar las divisiones como si estuviera en campaña y no a apenas siete meses de haber llegado a la Casa Blanca con la misión de gobernar.

Es una indicación de que Trump sigue sintiéndose mejor en la piel de candidato que la de presidente.

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