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La democracia otra vez en jaque en Latinoamérica

"Esta miopía política ha alcanzado su máxima expresión con el gobierno de Donald Trump, cuyas relaciones con América Latina prácticamente se reducen a ejercer presiones, proferir amenazas e infundir miedo a México y los llamados países del Triángulo Norte, los cuales, junto con Cuba y Venezuela, son los que mayor cantidad de migrantes y refugiados están generando".
Opinión
Miembro de la unidad política de Univision Noticias.
2019-10-21T11:46:45-04:00

América Latina esta recuperando la “normalidad”. Eso significa que, una vez más, la democracia está en jaque en la región mientras que políticos oportunistas acechan para dar un zarpazo autocrático si se lo permiten.

Las causas del actual desmadre son complejas, como suele ocurrir cuando se trata de fenómenos complicados. Y las posibles soluciones ni hablar. Son las mismas que no se acaban de aplicar con constancia y sensatez para darle estabilidad democrática a las naciones latinoamericanas.

Chile, hasta hace poco modelo de progreso político y económico en la región, vive de pronto la peor violencia social en los 30 años de su democracia. Ecuador ha pasado por varios toques de queda recientes y su presidente, Lenín Moreno, tuvo que huir temporalmente de Quito, la capital, hacia Guayaquil, con su gabinete a cuestas para prevenir una asonada.

En Colombia las protestas populares son pan nuestro de cada día y la frágil paz, conseguida mediante un diálogo largo y difícil, enfrenta amenazas de extremistas de izquierda y de derecha.

México acaba de presenciar con asombro la humillación de las fuerzas de seguridad y del gobierno en Culiacán, donde a sangre y fuego los narcos obligaron a poner en libertad a Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín 'El Chapo' Guzmán y uno de los presuntos líderes del cártel de Sinaloa que antes dirigiera su padre hoy preso.

Venezuela se ha hundido en el caos económico y político, habiéndose convertido en una especie de narcoestado, al igual que Honduras, si hemos de creer el testimonio de media docena de testigos en el juicio recién realizado en Nueva York contra Tony Hernández, hermano del presidente hondureño Juan Orlando Hernández.

Centenares de presos de conciencia languidecen en las prisiones venezolanas, tal y como sucede en las de Cuba desde hace décadas.

En El Salvador, las desapariciones vuelven a estar a la orden del día, tres décadas después de que oficialmente concluyera una larga y devastadora guerra civil, en la que desparecieron decenas de miles de personas.

La fiscalía general salvadoreña cifra en 3,437 el número de desaparecidos solamente el año pasado. El diario “The Washington Post” cita fuentes salvadoreñas según las cuales las nuevas desapariciones obedecen a un pacto faustiano entre sectores oficiales y las maras, cuyo objetivo es blanquear las cifras de muertes por la violencia.

Y Brasil sufre una guerra entre bandas criminales y fuerzas de seguridad en la que no siempre está claro quién actúa más al margen de la ley y con mayor impunidad.

El menú de las razones para el repunte de violencia e ingobernabilidad en América Latina da para escoger. Un ingrediente importante es la consolidación de bandas de narcotraficantes que combaten entre sí y también a los gobiernos que se resisten a su corrupción.

Otra causa es la persistente desigualdad económica y la discriminación que continúan padeciendo amplios sectores de la población latinoamericana. Esto explica por qué cualquier medida de austeridad fácilmente detona fuertes brotes de violencia, como ha sucedido recientemente en Chile y Ecuador, donde además extremistas de izquierda fomentan el desorden público y la desestabilización porque se niegan a aceptar el derecho de sus rivales politicos a gobernar democráticamente.

Luego está la crónica ausencia de liderazgo de Estados Unidos en la región. Durante años, incluso décadas, los gobiernos estadounidenses han oscilado entre la vacilación y la perplejidad ante los problemas políticos y sociales de sus vecinos del sur.

Con frecuencia los han subestimado o dado por imposibles no ya de resolver sino incluso de aliviar. Esta actitud semioficial de Washington se agudizó con la percepción, demasiado optimista o ingenua, de que la guerra fría había terminado con el desplome del comunismo en los satélites soviéticos primero y luego en la misma Rusia y que, por consiguiente, ya no era necesario invertir tantos recursos ni esfuerzos en fomentar la democracia y la prosperidad en Latinoamérica.

Esta miopía política ha alcanzado su máxima expresión con el gobierno de Donald Trump, cuyas relaciones con América Latina prácticamente se reducen a ejercer presiones, proferir amenazas e infundir miedo a México y los llamados países del Triángulo Norte, los cuales, junto con Cuba y Venezuela, son los que mayor cantidad de migrantes y refugiados están generando.

Algunos asesores del presidente y legisladores trazaron una audaz estrategia para devolverle la democracia a Venezuela, pero, lamentablemente, sus esfuerzos no dieron los resultados deseables.

Frente a la violencia y el caos que asedian a los gobiernos latinoamericanos, el mejor antídoto sigue siendo el defender con firmeza la democracia como el único vehículo capaz de responder de forma pacífica y dialogada a los retos que enfrentan los pueblos.

Quienes busquen subvertir la democracia para ofrecer las falsas soluciones del populismo y el despotismo, deberían ser los enemigos de todos los latinoamericanos demócratas. Sus ataques sistemáticos al estado de derecho merecen una respuesta concertada de los gobiernos democráticos de la región y de sus aliados en otras partes del mundo.

Sin embargo, las frecuentes protestas populares y los éxodos imparables de diversos países demuestran que la democracia por sí sola no garantiza la estabilidad y la paz social. La conquista de la democracia ha de alimentarse y consolidarse con medidas que promuevan la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades y el freno a la corrupción. Esto último hoy presupone idear formas novedosas de combatir el narcotráfico, el factor que más está contribuyendo a la corrupción en Latinoamérica .

Ser demócrata presupone saber convivir con personas que no piensan ni actúan siempre como nosotros. Es un hábito que se aprende ejercitándolo, como el de leer, alimentarse bien o hacer calistenia. Pero también puede atrofiarse y desaparecer.

Es el peligro que está resurgiendo entre las balaceras, los incendios de vehículos y comercios y la algarabía de quienes gritan consignas que, incluso cuando son justas, caen en los oídos sordos de los gobernantes latinoamericanos.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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