Masacre en Orlando

De vuelta a la pista de baile: el primer fin de semana de la comunidad LGBT de Orlando tras la tragedia

Las 'drag queens' siguen ofreciendo espectáculos y cada show es una oportunidad para honrar a los fallecidos: "Tenemos que pasar por el dolor y por el proceso de luto".
19 Jun 2016 – 3:40 PM EDT

ORLANDO, Florida- Es viernes en la noche y más de una docena de hombres y mujeres hacen fila para entrar a la discoteca gay Southern Nights, a unas calles de otro conocido club, Pulse, que permanece cerrado.

Ya son las 12:30 de la madrugada. Adentro, una multitud está reunida en un cuarto oscuro, donde hay sillas, una barra pequeña y una tarima. A través del altoparlante, una voz anuncia que va a empezar el espectáculo de drag queens.

De pronto, las cortinas abren. Todos gritan emocionados cuando aparece Chevelle Brooks en un traje ajustado y con unos aretes enormes. Ella se baja bailando de la tarima y se mezcla con su público, desde donde alzan sus dólares al aire y cantan con ella al ritmo de la canción “Rather Be” de Clean Bandit: " When I am with you, there's no place I'd rather be".

Cuando termina la canción, todos aplauden. Chevelle se devuelve a la tarima y anuncia que, hace dos noches, se recaudaron en este mismo club unos 79,000 dólares para donar a los empleados de la discoteca Pulse, quienes quedaron sin trabajo cuando hace una semana entró un terrorista al local en medio de la fiesta y abrió fuego indiscriminadamente, marcándolos para siempre.

Es entonces que regresa el doloroso recuerdo: es el primer fin de semana después de la masacre en Orlando, donde murieron a tiros 49 personas que pudieron haber estado aquí esta noche.

Dos de ellos eran Juan Ramón Guerrero y su novio Christopher "Drew" Leinonen, quienes habían disfrutado en esta misma discoteca el viernes anterior. Los dos habían posado abrazados y sonrientes para una foto en medio de la pista de baile, una noche antes de la tragedia en Pulse.

La memoria de los fallecidos es un dolor profundo y reciente en el corazón de quienes bailan en Southern Nights esta noche. Pero ellos vinieron para olvidar por unas horas. Quieren empezar a sanar. Por eso Chevelle anuncia desde la tarima el nombre de la próxima drag queen que saldrá a entretenerlos, no sin antes decir: "Gracias a todos por venir. No hay otro lugar donde preferiría estar, Orlando".

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En las afueras de Southern Nights dos policías están parados frente a una patrulla.

"Chicas, a este lado", dice en inglés una mujer frente a la discoteca, vestida con camiseta y pantalones negros. Ella y otro vigilante manejan las nuevas medidas de seguridad que adoptó esta semana el club: prohíben la entrada de gente con bultos grandes; instruyen a quienes llegan a vaciar sus bolsillos; deslizan sus manos por varias partes del cuerpo para asegurar que nadie lleva armas; se mantienen comunicados con los otros guardias, uno en cada puerta del local.

La guardia le da instrucciones a un grupo de mujeres que recién llega a las afueras del local, pero las chicas no la escuchan. Y es que se han encontrado a un amigo en la fila, y no paran de abrazarlo.

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La mañana siguiente, cientos de personas asistieron al funeral de Leinonen, en una catedral en el centro de Orlando que estaba llena a capacidad. Una de las últimas en entrar fue Christina Hernández, una hispana de 32 años que ayudó a fundar el Proyecto Somos Orlando.

"Este es nuestro momento de actuar", dice Hernández, de padre puertorriqueño y madre panameña, a Univision Noticias.

Somos Orlando, un esfuerzo impulsado por miembros de la comunidad latina y boricua de Orlando, ya recibió 10,000 dólares de la Hispanic Federation para ofrecer servicios de salud mental en centros al sur de Orlando y en Kissimmee para los familiares de las víctimas.

Era importante para el grupo poder brindar atención en español, con personas que entienden la cultura hispana, y en esas dos áreas, donde se concentra la población puertorriqueña. De las 49 víctimas de la masacre en Pulse, 23 eran boricuas.

"Esto va a ser un proceso largo. Esto solo está empezando. Debemos tener paciencia, porque no se va a arreglar de la noche a la mañana", asegura Hernández. "Tenemos que pasar por el dolor y por el proceso de luto".

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En la tarde, miles de personas llegaron al Camping World Stadium para ver el partido de fútbol de Orlando City contra los San Jose Quakes. En medio del enorme estadio había 50 asientos vacíos, cada uno con un globo encima.



De ellos, 49 simbolizan a los fallecidos de Pulse; el otro honra a Christina Grimmie, una joven cantante abatida a tiros en Orlando, con apenas 22 años, y solo dos días antes de la masacre en Pulse.

Durante la segunda mitad del partido, en el minuto 49, todos los jugadores se detienen para rendir tributo a las víctimas. El estadio se entumece en un silencio profundo.

En un momento, ha pasado el tributo. Y el partido continúa.

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Esa noche, el club gay Revere está de fiesta. Es sábado, y aunque nunca cobran entrada, esta noche piden 5 dólares a quienes llegan.

Cada empleado, barman y drag queen que vino a trabajar durante esta noche de tributo lo hizo de forma voluntaria, sin recibir un centavo a cambio. Todo el dinero recaudado en la entrada y en la barra irá a las familias de las víctimas de Pulse.

Unos pocos hombres y mujeres bailan en la pista al ritmo de "Born This Way" cuando anuncian que comenzará el show de drag queens. Han venido tantas voluntarias que el espectáculo dura hasta después las 2 de la madrugada, cuando ya es hora de cerrar.

Antes de partir, los gerentes de este nuevo club gay se presentan a la pista y hacen un anuncio: entre ellos donarán una cantidad idéntica a la que se recaude esta noche, para así duplicar la ayuda económica que reciban sus hermanos de Pulse. "Seguiremos adelante", dice uno de ellos.

Poco a poco, los meseros encienden un sinnúmero de velas y las pasan entre los presentes en el complejo abierto, que colinda con una piscina. El club toma un tono sombrío cuando el anfitrión pide que todos suban las velas al aire para honrar a las vícitimas de la matanza. "Si hay un nombre en específico que quieren mencionar, grítenlo ahora, para que los oigan", dice el anfitrión.

Es entonces que muchos comienzan a llorar. El club queda en silencio; solo se escucha la canción de fondo y el llanto profundo de dos chicas cerca de la tarima, que sollozan desconsoladamente.

El momento termina y el anfitrión anuncia una ronda de shots para todos los presentes. "Pasen por la barra", dice, pero pocos se mueven de donde están.


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