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LGBT

Soy transgénero y necesito asilo: el “infierno” de la detención

HRW entrevistó a 28 mujeres transgénero que alguna vez estuvieron detenidas en centros para inmigrantes donde sufrieron abusos "diariamente".
30 Mar 2016 – 4:44 PM EDT

Como “un infierno”. Así recuerda Nicoll Hernández-Polanco, una mujer transgénero de 25 años, sus seis meses de detención en el centro de inmigrantes de Arizona, conocido como Florence.

Cuando en octubre de 2014 se entregó en la aduana de Tucson para pedir asilo, le preguntaron su nombre: “Apner Hernández-Polanco”, respondió. “Les dije que era transgénero”, cuenta al teléfono a Univision Noticias. Parece que eso no importó a las autoridades.

Nicoll llegó a Estados Unidos huyendo de la violencia y la discriminación que sufría en su país, Guatemala, justo por su identidad sexual. Distintas organizaciones defensoras de la diversidad sexual calcularon que solo en 2014 hubo 133 asesinatos de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros (LGBT) en tres países de Centroamérica: 76 en Honduras, 50 en Guatemala y 7 en El Salvador (44).


Por eso, al pisar Arizona, se sintió aliviada. " Pensé que en la prisión iba a tener un trato digno".

Pero cuando la puerta del centro se cerró a su espalda, Nicoll se encontró compartiendo su detención con más de 100 hombres. Allí le tocaba quedarse hasta que procediera su asilo.

“Mis compañeros me pedían que les hiciera sexo oral”, cuenta. La llamaban “perra”, amenazaban con violarla. “Los guardias me tocaban mis senos, los genitales (…) me decían que era un placer revisarme”, habla tímidamente.

La organización Human Rights Watch (HRW) publicó en marzo el informe “¿Puedes ver cuánto sufro aquí?”. En él se cita una encuesta nacional de 2014 del Buró de Estadísticas de Justicia, que halló que 33.2% de las mujeres transgénero recluidas en prisiones estatales y federales reportaron abusos sexuales de parte de otros detenidos; 15.2% señaló que las agresiones sexuales provinieron de los trabajadores de los centros de detención.

Tras seis meses y una semana de detención, Nicoll ganó su asilo el 22 de abril de 2015. Ahora, asegura que sufre un trauma, que cuando ve oficiales en la calle revive el pánico de sus días en Florence.

“Varias veces quise quitarme la vida”, lamenta.


Santa Ana: más de lo mismo

–¿Habla inglés o español? –dijo el oficial de migración en Arizona a Jessyka Lettona, una guatemalteca, que como Nicoll huyó de la violencia de su país.

–Español –respondió.

–¿Eres hombre o mujer?

–Soy una mujer transgénero.

“Allí comenzaron las agresiones físicas y el abuso de autoridad”, recuerda. Justo después de definirse, el chequeo corporal a Lettona “comenzó a ser más profundo”.

–¿Qué tienes? –preguntó el oficial antes de tocar sus genitales.

–Todavía tengo pene –respondió.

La joven, que entonces tenía 25 años, lloró. “Me dijeron: ‘los hombres no lloran’”.

Ella estuvo dos meses detenida en Florence. Tras muchas quejas, la trasladaron al centro de reclusión de inmigrantes de Santa Ana, en California, donde están 36 mujeres transgéneros, el mayor número de las que llegan a Estados Unidos buscando un alivio migratorio, según HRW.

Santa Ana tiene un espacio de reclusión solo para personas transgénero. A pesar de eso, para Lettona, los maltratos de los oficiales fueron similares.

A quienes viven con VIH no se les atiende”, dice. “Cuando pedí mi tratamiento de hormonas (…) me dijeron que tenían que mandar una solicitud a Washington para que lo autorizara”. Denuncia que tampoco recibió la atención de un psiquiatra.

Christina López, una peruana de 36 años, recién salió de Santa Ana el 26 de febrero de 2016. Critica lo mismo y más.

Antes de llegar a este centro de detención de inmigrantes fue detenida por manejar tras haber bebido de más y enviada a una cárcel federal de California. Allí fue violada por su compañero de celda y, como consecuencia, se contagió de hepatitis.

Ya en Santa Ana, tras unas pruebas de sangre, supo de su enfermedad. “Estuve mandando solicitudes a ICE (la Oficina de Inmigración y Aduanas) para mi tratamiento. Mandé, mandé y mandé (…) Salí en libertad condicional y nunca lo tuve”.

Otras alternativas

Adam Frankel escuchó 28 historias como las de Nicoll, Jessica y Christina mientras elaboraba el informe de HRW.


Encontró que más de la mitad de sus entrevistadas fueron alojadas en centros de detención para hombres, que ahí sufrieron “diariamente” violaciones y abusos, incluso de los guardias. Halló que aquellas que denunciaban, eran castigadas en celdas de aislamiento como una medida de protección “y en muchos casos en contra de su voluntad”.

De las 28, la mitad fue aislada en algún momento, muchas por más de 15 días, algunas por cuatro meses y hasta por seis. “En esos casos sufrieron un profundo impacto psicológico y un trauma que las acompañó incluso después de que salieron de prisión”, dijo Frankel a Univision Noticias.

En muchos casos, explicó el coordinador del programa LGBT de HRW, no recibieron su tratamiento hormonal o esperaron hasta seis meses por él. Los portadores de VIH corrieron con la misma suerte.

“La principal recomendación de HRW al gobierno de Estados Unidos es que se desarrollen alternativas distintas a la detención que permitan a las mujeres transgénero y a otras personas vulnerables permanecer en la comunidad y no sufrir estos abusos en la detención”, señala Frankel.

Jessica lamenta que los transexuales sean vistos con “burla, como juguetes” solo porque cumplen una detención. Nicoll, que vive sola en California, asegura que intenta seguir adelante. Christina lamenta que quienes trabajan en centros de detención no sepan tratar a las mujeres transgénero.

Todas contaron su historia casi como una denuncia para que otras no sufran como ellas.


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