La caravana migrante, una pequeña ciudad ambulante que sigue su ruta a Tijuana

Por casi una semana, un estadio de la Ciudad de México se convirtió en un campo de refugiados de la noche a la mañana para alojar a casi 7,000 centroamericanos que integran la caravana migrante que busca llegar a Estados Unidos en busca de asilo.
11 Nov 2018 – 7:58 PM EST

CIUDAD DE MÉXICO.- Entre platos de arroz con pollo, consultorios médicos y dentales, peluquerías, zona de masajes y hasta servicios religiosos, los casi 7,000 integrantes de la caravana migrante y cientos de voluntarios mexicanos, lograron convertir las instalaciones de un estadio habilitado como refugio en una pequeña ciudad centroamericana dentro de la urbe de la Ciudad de México.

Desde el pasado domingo y hasta esta madrugada, el estadio Jesús Martínez Palillo se convirtió en el hogar de miles de personas que han viajado casi 1,250 millas desde San Pedro Sula con el objetivo de ingresar a Estados Unidos. Este sábado, el grupo más numeroso abandonó el refugio y emprendieron su camino rumbo al norte, hacia Tijuana.

“¡Cómprele, cómprele! ¡Cigarros!”, grita Alberto Zúñiga mientras camina entre las carpas. Son las 8 de la mañana y todavía muchos duermen. Él se levantó muy temprano, fue al mercado que está a un par de cuadras del albergue y compró 5 cajetillas para venderlas entre sus compañeros.


“En Honduras el río se llevó mi casita, pero yo me dedicaba a vender jitomate, chile dulce, zanahoria, pepino. Ahora que vengo en la caravana me da pena andar pidiendo pisto teniendo buenos mis piecitos y mis manos. Por eso cuando vi que todos mis compañeros caminaban para conseguir cigarros, se me ocurrió comprar muchos y venderlos después”, relata Alberto, conocido entre la caravana como ‘El daña pulmones’.

Para no perder clientes, Alberto acepta lempiras, quetzales y pesos, aunque ahora da preferencia a la moneda mexicana porque dice que solo con ese dinero puede comprar tacos en los puestos de afuera del albergue.


Para él, quien lleva cuatro semanas de viaje, estar en el albergue de la Ciudad de México ha sido como llegar a vivir a un poblado nuevo, donde cada uno tiene su casa y debe convivir con los demás. Organizarse desde cuestiones como dónde depositan su basura hasta la hora a la que van a dormir para no molestar al vecino.

Asegura que, con el suministro de alimentos y una variedad de servicios disponibles, el estadio se convirtió en una ciudad incluso más próspera que cualquier territorio centroamericano del que hayan decidido partir. Y es que, señala, esa especie de burbuja que crearon para ellos organizaciones de Derechos Humanos, miles de voluntarios y el gobierno de la Ciudad de México, los hizo sentir más protegidos que en sus propias casas.

Pero Alberto no es el único que ha comenzado su pequeño negocio dentro de la caravana. Conforme pasaban los días y retomaban fuerzas, su creatividad también se fue animando. Para el jueves por la mañana otros habían seguido su ejemplo e incluso algunos habían habilitado un puesto ambulante ofreciendo cajetillas de al menos cuatro marcas diferentes en uno de los sitios más transitados del albergue.


Además, de cigarros, Alberto cuenta que, con el frío que los sorprendió en la ciudad de Puebla y luego en la Ciudad de México, sus compañeros de viaje también se las ingeniaron para vender gorritos, bufandas, guantes y hasta ropa interior. Otros, incluso, han salido del albergue para comprar pizzas y vender las rebanadas entre sus vecinos de casa de campaña o colchoneta.

El inicio de una pequeña sociedad

En la puerta 6 de la llamada Ciudad Deportiva, un complejo de 92 hectáreas que se utilizó para diversas competencias en los juegos Olímpicos de México 1968 y es considerado el espacio deportivo más grande de América Latina, el ambiente parece una verbena.

Desde el pasado lunes, apenas acercarse a la entrada del refugio, el caos cotidiano de automóviles y transeúntes de la Ciudad de México se disuelve entre decenas de personas que, hablando con un acento peculiar, se reúnen en las banquetas para fumar, charlar o conectar su celular a la toma de corriente eléctrica.

De camino hacía el estadio se encuentra el área más transitada, un estacionamiento en forma de circuito que muchos de ellos han comparado con una calle principal. Ahí se encuentran los comedores comunitarios, las carpas de apoyo psicológico, donación de enseres de higiene personal, la peluquería, consultorios de servicios médico y hasta un área de food trucks.


Según datos difundidos por las autoridades el pasado miércoles, se habían habilitado cinco carpas gigantes (de 65 por 164 pies), además de 12 tinacos con capacidad para 1,320 galones de agua cada uno y 60 sanitarios portátiles.

Sobre los alimentos, se instalaron 3 comedores, donde las autoridades de las 13 alcaldías que conforman la CDMX se encargaron de proveer desayunos, mientras que el gobierno de la ciudad costeó las comidas y las cenas con un estimado de 6,000 raciones por cada tiempo.

También dominaron las donaciones espontáneas, como la de los comerciantes de la Central de Abastos, el mercado mayorista de productos de consumo más grande de México, que donó 3.5 toneladas de fruta. O el de familias mexicanas que llegaban a sus automóviles cargados con comida y ropa.

Además, según contaron varios migrantes a Univision Noticias, tuvieron al alcance servicios de salud para atender los males que los quejaron durante la primera parte del viaje.


Alejandra López y Miguel Figueroa, dos jóvenes que realizaban pruebas gratuitas para detección de glucosa y VIH recibieron en promedio 250 personas por día. Esa mañana no habían tenido ninguna prueba positiva para VIH, pero muchas con niveles alarmantes de diabetes. “Por cada 17 pruebas que aplicamos, 5 salían positivas y muchos no sabían siquiera lo que representa tener ese estado de salud”, señaló Alejandra.

Al lado, un remolque habilitado como consultorio dental recibía a centroamericanos que en su trayecto tuvieron fuertes dolores de muela. También aumentaron las enfermedades respiratorias, en especial de niños. Erika García, de 25 años quien viaja sola con sus dos pequeños de 3 y 1 año, dice que con los cambios bruscos de temperatura que han tenido en el viaje, los niños la han pasado mal con calenturas y tos.

Pero los comedores, las regaderas, la peluquería y el espacio donde las personas pueden realizar una llamada gratuita, tuvieron la mayor demanda. También cientos de voluntarios se paseaban con altavoces invitando a los migrantes a realizar diversas actividades, desde celebraciones religiosas y pláticas de orientación legal para aquellos que buscan pedir asilo en Estados Unidos, hasta partidos de fútbol y espacios recreativos para los más pequeños.

Jorge Alberto, un joven originario de Honduras relata que la diferencia de este con otros albergues es abismal, debido a que pudieron establecerse por varios días y comenzar a tener ciertas rutinas como los horarios de comida y momentos de recreación o de trabajo como lavara ropa.

“Desde que entré aquí dije, aquí va a ser diferente la cosa. Pero no podemos estar mucho en un solo lugar porque el sueño de nosotros es llegar a la frontera lo más pronto posible”, contó.

Pausar el camino, pausar los problemas

Como relata Jorge Alberto, para la mayoría de ellos, la comida, el descanso y el ambiente de alegría que se percibe en el albergue, fueron solo una pausa intermitente, que a ratos les permitía dejar de extrañar, solo por unos momentos, a aquellos que dejaron atrás al partir de su país.

Cristian tiene solo 14 años y viaja solo con la caravana. Aunque dice que se siente contento de estar en la Ciudad de México, no puede olvidar que su familia espera que les mande dinero.


“Yo nunca había dejado a mi familia. Ahora estamos bien pero no podemos olvidarnos de las razones por las que estamos viajando. Mi mamá me decía, mejor regrésate, pero no puedo, aunque extraño toda la comida que me hacía, más los frijolitos fritos. Quiero estudiar, pero le voy a seguir al norte y allá lo voy a hacer”, dice.

En la misma situación se encuentra Estuardo de 25 años. Él viaja con su esposa Odalis y sus dos hijas, y aunque se siente feliz de estar en la Ciudad de México, no pueden dejar atrás que salieron de Guatemala huyendo de la violencia luego de que su prima de 15 años fue asesinada por miembros de las pandillas.

“A las niñas mayores de 13 años las obligan a ser mujeres de los pandilleros y yo no quiero que mis hijas tengan ese futuro. Mi sueño más grande sería que ellas lograran lo que yo no logré, estudiar una profesión, que sean bilingües. Espero que ese día llegue y voy a hacer lo posible”, dijo.

El viernes, entre maricahis, baile y júbilo, los migrantes se despidieron del lugar en el que lograron crear una pequeña comunidad por una semana. Hacer una pausa para tomar fuerzas y pensar en el duro camino que aún les espera al llegar a la frontera entre México y Estados Unidos.

Exhaustos pero esperanzados: la caravana migrante llega a la Ciudad de México (fotos)

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