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América Latina

"Pensé que había muerto": Esta bebé regresó a los brazos de su madre en Honduras tras ser llevada a la frontera de EEUU

Marina López Varela es la migrante deportada de menor edad. Fue llevada por su padrastro hasta la frontera bajo una premisa equivocada para muchos: que viajando con niños, a los migrantes indocumentados se les permite el paso.
15 Ago 2021 – 02:35 PM EDT
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Con apenas ocho meses, Marina Monserrat López Varela salió de su pueblo en las tupidas montañas del noroccidente de Honduras. En brazos de su padrastro, inició el viaje el 15 de marzo del 2021. Su destino era Estados Unidos.

Pero meses más tarde, la pequeña está de regreso con su madre, Mirna Varela, con quien Univision Noticias conversó debajo de unos árboles de mango plantados junto a la pequeña casa de adobe y madera donde residen.

Varela, de 34 años, no podía ocultar la alegría que la embargaba. “Lloro de felicidad porque ahora ya la tengo conmigo y sé que está bien”, dijo. Y es que apenas un día había transcurrido desde que las autoridades de inmigración del gobierno de Estados Unidos y de la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia (DINAF) de Honduras, le habían devuelto a su hija.

La niña, con su biberón en mano y ajena a lo que ocurría a su alrededor, regresó a su país en un vuelo procedente de Estados Unidos. Según el registro oficial, junto con 54 hombres, 6 mujeres, 47 personas en unidades familiares y otro menor no acompañado.

¿Por qué se habían llevado a la niña?

Cuando aún estaba embarazada de Marina, su madre decidió vivir con otro hombre, Juan Felipe López.

Al nacer, él le dio su apellido y reconoció como suyos a los otros dos hijos de Varela, de cuatro y ocho años. Él se dedicaba a sembrar maíz en una pequeña parcela de tierra, pero las lluvias que dejaron a su paso por Honduras los huracanes Eta y Iota le arrebataron todo.

Por eso “en este tiempo él había andado trabajando en cultivos ajenos para ganarse sus pesitos”, afirma la mujer. Pero en esta región, como en muchas del país, trabajar un día en la tierra equivale a ganarse 150 lempiras, apenas unos 6 dólares. Cuando la situación mejoraba, Varela dice que López recibía 900 lempiras (casi 38 dólares) a la semana.

¿Ajustaba eso?, le pregunté. “La verdad no, casi no. Con ese dinero apenas alcanzaba para comprar arroz, frijoles, cosas así”, responde.

Varela y López no desconocen la crisis que persiste en la frontera sur de Estados Unidos, con la llegada diaria de miles de migrantes centroamericanos. Solo en el mes de julio, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, registró un total de 188,829 personas que fueron interceptadas al intentar cruzar la frontera de forma irregular.

Tampoco ignoran que miles de migrantes más permanecen en México, en albergues o en las calles, esperando el momento oportuno para cruzar. Pero esa situación y esos datos no superaron la convicción que tienen del corrido popular: que viajando con niños, a los migrantes se les permite el paso.

“Me dijo (López) que estaba buena la pasada y decidimos que él se llevara a la niña y, ya estando allá, me iba a mandar a traer a mí”, fue la resolución a la que llegó Varela junto con su pareja. Por eso se endeudaron y le pagaron unos $3,000 a un coyote, conocido de la familia, para que los ayudara a cruzar la frontera.

La vida de Varela no es fácil. No tiene casa propia, por eso vive en la humilde vivienda de Leonardo Varela, su septuagenario padre. En el interior de esta vetusta casa, apenas hay unas sillas de plástico y un fogón que se enciende cuando hay qué cocinar.

Varela también cuida de dos sobrinos, hijos de una de sus hermanas que partió hace cinco meses de Honduras con el objetivo de llegar a Estados Unidos. “Pero ella se quedó trabajando en México porque no ha podido pasar y nos manda algunos pesos. Por ella logramos ir sobreviviendo”, agrega.

"¡Pensé que estaban muertos!"

Varela no tiene claridad de lo que ocurrió en el viaje de López y Marina. Ella sostuvo comunicación con él las dos primeras semanas, después que salieron de este pueblo. Pero un silencio, que súbitamente apareció en los siguientes días, la angustió y la hizo presentir que algo estaba mal.

“Yo a veces no comía, no dormía, pensando en ellos. Estaba desesperada porque no estaba conmigo aquí, la niña. Me imaginaba que estaban muertos”, dice mientras llora y aprieta a Marina contra su pecho.

A mediados de abril, Varela recibió una llamada. “Me preguntaron que si yo conocía a la niña Marina Monserrat y yo les dije que sí. También que si tenía más hijos y me preguntaron el número de mi esposo”, rememora. Fue así como supo que su bebé estaba en poder de las autoridades de migración de Estados Unidos.

Desde ese momento, López se ha comunicado con ella solo una vez. Migración le quitó a la niña y a él lo devolvieron a México porque, pese a que Marina llevaba su apellido, les informó que no era su padre biológico.

“No sé si fue deportado. Yo solo sé que a él lo mandaron para allí, en México quedó, y ya allí el buscó ayuda y se lo llevaron para un albergue y de allí está tratando a ver si lo pasan para el otro lado”.

Varela tiene fe en que su esposo logre cruzar a Estados Unidos. “Es un buen hombre”, comenta sobre López.

El reencuentro

En poder de Migración, Marina cumplió su primer añito de vida, el pasado 9 de julio. Varela agradece que todas las semanas, las personas que cuidaban a la niña se comunicaban con ella a través de videollamadas.

Fue quizás eso lo que evitó que la bebé olvidara a su madre y, el 6 de agosto, cuando le fue devuelta la niña en el Centro de Atención para Niñez y Familias Migrantes Belén, de San Pedro Sula, un abrazo consolidó el amor entre esta madre y su hija.

“Fue muy emocionante cuando la miré, y más cuando me la dieron y yo la 'chineé', y sentí la emoción porque ella llegó conmigo. Yo pensé que iba a llegar huraña y no iba a querer estar conmigo. Yo sentía que el corazón se me iba a salir de la emoción”, dice entre sollozos.

Con su niña en brazos, Varela regresó a enfrentarse a la misma situación que la empujó a tomar esa difícil decisión. Aunque hoy, después de los angustiantes meses que vivió, dice “eso no lo volvería a hacer. No volvería a mandar a la niña, ni a ninguno, con nadie”.

Marina, sin saberlo y a tan corta edad, forma parte de los casi 4,000 niños que fueron deportados desde México y Estados Unidos a Honduras en los primeros siete meses del año.

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