null: nullpx
Univision Contigo

De un campo de granjeros a Washington, D.C.

En marzo, estamos celebrando las contribuciones de las mujeres a la historia, la cultura y la sociedad. Mary Ann Gomez Orta dirige el Instituto de Liderazgo Hispano del Congreso, con sede en Washington, D.C.
24 Mar 2021 – 02:00 PM EDT
Comparte
"Tomo decisiones todos los días que surgen de los recordatorios de mis padres para aprender, ayudar a los demás y que todos son importantes". Crédito: SAUL LOEB/AFP via Getty Images

Soy estadounidense de primera generación, de ascendencia mexicana. Soy la primera de cinco hijos nacidos y criados en un campo de trabajadores agrícolas a 45 minutos de lo que yo llamaba civilización, también conocida como Stockton, California. Mi familia era pobre en finanzas y rica en valores tradicionales. Mi padre, Leonides Gómez, vino a Estados Unidos desde Michoacán, México, en el Programa Braceros. Mi madre, Margaret García, nació en Brownsville, Texas. Se conocieron trabajando en los campos de Chico, California.

Mis padres hicieron de la educación una prioridad y todos sus hijos obtuvieron títulos universitarios. Lo considero el logro más significativo de dos personas que tuvieron una educación de tercer grado. Mi papá siempre decía: “Pase lo que pase, nadie puede quitarte tu educación”.

Crecí hablando en español y viendo el mundo a través de ABC, NBC, CBS y Univision en nuestra casa. La televisión fue mi profesora principal de inglés y cultura estadounidense. A través de esa pantalla, aprendí sobre otras culturas, países, idiomas y religiones, mientras mi papá y yo veíamos Siempre en Domingo, con Raúl Velasco. Esos shows llenaron mi mente de posibilidades.

Nunca me sentí menos o pobre hasta que fui a la escuela secundaria. Estaba en clases avanzadas de inglés y otros estudiantes me miraban como si no perteneciera. Imagina explicar a tus padres que solo completaron el tercer grado la importancia de ir a un baile de secundaria, a un partido de fútbol o de unirte al equipo de tenis. Basta decir que mis prioridades en la escuela secundaria no eran necesariamente las prioridades de vida de mis padres para mí.

Luego vino la universidad. Todo en la Universidad del Pacífico era nuevo para mí: los temas de los cursos, la administración del tiempo, los préstamos y el trabajo a tiempo parcial. Además, la mayoría de mis compañeros de clase eran blancos de altos niveles socioeconómicos. Mi lucha fue real. Aunque tuve un primer semestre difícil, pude superarlo y eso me dio un nuevo impulso. Me concentré en graduarme frente a mi familia. Encontrar el nuevo significado de "ganas" ha sido el motor de mi éxito.

Me gradué en comunicaciones en Sacramento y trabajé para una empresa de relaciones públicas. Mi estilo de latina bilingüe-bicultural fue alabado. Con el tiempo, mis habilidades me permitieron unirme al mundo corporativo del marketing. Recibí elogios por mi trabajo junto con comentarios sobre mi estilo, mi apoyo a la diversidad dentro y fuera de la oficina, y por cómo saludaba y abrazaba a la gente con efusividad.

Las “ganas” también entraron en acción y yo me mantuve firme. Cuestioné los planes de marketing de la sede, revisé los acuerdos publicitarios para obtener mejoras y creé nuevas asociaciones con organizaciones comunitarias que la mayoría no conocía.

Crecer haciendo muchas preguntas a mis padres, mientras interpretaba el idioma y la cultura, me dio un cierto sentido de confianza que incomodaba a los demás. ¿Fue porque soy hispana? ¿Fue porque soy mujer? ¿O tal vez era que yo era la única mujer con educación hispana en ese lugar? Fue una combinación, y la convertí en una oportunidad para invitar a la gente a aprender sobre diferentes culturas, experiencias y para hacer crecer el negocio.

Al margen de todo, era honesta, digna de confianza y respetable. A lo largo de esos años, tuve el honor de trabajar para tres hombres que me apoyaron. Cuando me encontré en una situación incómoda con un cliente y un compañero de trabajo, intervinieron. El acuerdo con el cliente se rescindió y el compañero de trabajo fue despedido.

Navegar por aguas desconocidas fue un desafío. En la década de los 90, las tutorías o los patrocinios eran todavía un pensamiento lejano. Fue muy especial cuando me reuní con otros empleados hispanos: nos desafiamos unos a otros, comparamos estrategias de marketing y lo pasamos muy bien sin juzgarnos ni padecer del síndrome del impostor.

Siempre estuve involucrada en organizaciones comunitarias y organizaciones sin fines de lucro nacionales. Encontré confort y alegría al donar mi tiempo porque también aprendí mucho y conocí gente nueva. La educación, otra vez.

Desde hace casi una década que dirijo el Instituto de Liderazgo Hispano del Congreso (CHLI, en inglés), con sede en Washington, D.C. La visión de "Promover la diversidad de pensamiento de la comunidad hispana" se fortalece cada día. Como directora ejecutiva del CHLI, he invitado a personas no hispanas a formar parte de nuestros programas. Si nosotros, como hispanos, latinos o latinx, queremos ser invitados, contratados, promovidos y celebrados, debemos comenzar invitando a los no hispanos a nuestras organizaciones, programas y eventos sociales. ¿De qué otra manera podemos aprender unos de otros?

La base del empoderamiento es la inversión. La gente creyó e invirtió en mí, así que les pago con la misma moneda. En CHLI, nuestras inversiones más importantes están en los estudiantes universitarios. Les mostramos el poder de la diversidad de pensamiento, la inclusión, el orgullo individual y familiar, el servicio público y el liderazgo de servicio.

Tomo decisiones todos los días que surgen de los recordatorios de mis padres para aprender, ayudar a los demás y que todos son importantes. Creo que los puntos de vista diversos producen resultados exponencialmente mejores para todos.


Comparte

Más contenido de tu interés