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Reyna Montoya: "Han pasado casi cuatro años desde que rompí el estigma y he invertido en mi salud mental"

Emprendedora social, beneficiaria de DACA, educadora y bailarina, Reyna Montoya ha tocado la vida de más de 25.000 personas, de las cuales 15.000 son jóvenes, a través de la fundación que dirige: Aliento. Publicamos su historia como parte del día de #MentalHealthAction.
20 May 2021 – 02:06 PM EDT
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Respira amor. Exhala miedo. Estas palabras me han llevado últimamente a través de momentos de profunda desesperación y ansiedad. Al crecer como indocumentada, experimenté un miedo constante a la deportación, la separación familiar y la falta de oportunidades educativas debido a mi estatus migratorio. Un año después de graduarme en la universidad con honores, me encontré cara a cara con la separación familiar a través de la detención migratoria de mi padre. Tener que estar en llamadas de 15 minutos, no poder abrazarlo o verlo durante los cumpleaños, la navidad y las reuniones familiares realmente me rompió el corazón.

A una edad temprana, seguía viendo una puerta tras otra cerrarse frente a mis ojos. Comencé a cuestionar mi propio valor, sintiendo que no importaba lo que hiciera: nunca era lo suficientemente buena. Más tarde me di cuenta de que mi profundo deseo de sobresalir en todo era porque quería demostrarle al mundo que era suficiente, que los sacrificios de mis padres valían la pena, que las personas que se parecían a mí podían lograr grandes cosas. Sin embargo, eso significó dormir menos y sacrificar mi propia salud mental para desacreditar los muchos mitos de los inmigrantes. Mi ansiedad se disparó cuando me convertí en beneficiaria de DACA, y me vi obligada a planificar mi vida en incremento de años. Como beneficiaria de DACA, no hay muchas cosas seguras en mi vida. Lo único que se ha mantenido constante han sido mis manos sudorosas. Luchando por vivir en constante modo de supervivencia. Estar asfixiada por la ansiedad en mis años de formación.

A pesar de mis desafíos internos con la autoestima, comencé a abogar por el acceso a la educación y el DREAM Act a una edad muy temprana. A través de la abogacía encontré mi voz, pero también comencé a ver tantas injusticias. Experimenté agotamiento y dolor de corazón. Muchos altibajos. Una montaña rusa constante de miedo y esperanza. Durante estos tiempos, usé la danza y la poesía para canalizar mis miedos y ansiedad. La danza y la poesía realmente me ayudaron a superar mi adolescencia y el principio de mis veintes. Sin embargo, constantemente experimentaba un trauma agravado debido a la falta de mi estatus migratorio, llegué a un punto en el que sentí que no importaba cuántos bailes coreografiados hiciera, cuántos poemas escribiera o cuántos ejercicios de respiración haría, nada era suficiente.

Me encontré llorando constantemente en mi auto. Me encontré trabajando 12 horas para no pensar en el futuro. Me encontré cargando una cruz que pesaba más de lo que podía soportar mi espalda y mucha tristeza. Después de llorar durante siete días seguidos, después de un turno de trabajo de 12 horas, tuve que ser honesta conmigo misma. Como estudiante de primera generación y beneficiaria de DACA, pedir ayuda nunca ha sido fácil, pero mi corazón clamaba por ayuda.

Recuerdo que fue el viernes por la noche, después de una larga caminata con un querido amigo, que decidí enviarle un mensaje de texto a mi hermano y preguntarle sobre la información de contacto de la terapeuta que había mencionado en una de nuestras conversaciones. No me juzgó, me preguntó si estaba bien y me envió su información de contacto. Muchos pensamientos desbordaron mi cerebro: “¿Va a encajar bien el terapeuta? ¿Qué pasa si comienza a preguntarme cosas que no estoy lista para compartir? ¿Voy a tener que compartir mis miedos más profundos? ¿Qué pasa si abrir mis traumas trae a la superficie mis momentos más dolorosos? Al día siguiente le envié un mensaje de texto y concerté una cita. Han pasado casi cuatro años desde que rompí el estigma y he invertido en mi salud mental a través de sesiones de terapia quincenales.

Me siento muy afortunada de poder integrar mi viaje de sanación personal en el trabajo que hago como fundadora y directora ejecutiva de ALIENTO. ALIENTO se traduce directamente en respiración y cuando le das “aliento” a alguien es como darle ánimo. Uno de mis principales motivadores al fundar ALIENTO fue apoyar a los jóvenes y las familias que han experimentaron la ansiedad y el estrés de carecer de un estatus migratorio y crear un espacio acogedor y seguro donde pueden procesar sus emociones a través del arte, y que puedan invertir en su propio camino de curación y liderazgo.

Desde 2016, hemos apoyado a miles de jóvenes indocumentados, beneficiarios de DACA y familias con estatus migratorio mixto para transformar el trauma en esperanza y acción. Es mi sueño que continuemos sanando en comunidad y que algún día seamos definidos por nuestra luz interior, no por nuestros traumas más profundos o nuestro estatus migratorio. Sueño con el día en que nosotros, como sociedad, nos centremos en la curación y la alegría y se nos recuerde que somos dignos de amor y nos demos el permiso para caer, levantarnos y lograr nuestros sueños más audaces.

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