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Elecciones 2016

Siesta, bronceado y maquillaje en el camerino: así ganó JFK el primer debate presidencial

El cara a cara se celebró en Chicago el 26 de septiembre de 1960 y cambió para siempre la historia de la carrera a la Casa Blanca.
25 Sep 2016 – 11:57 AM EDT

John K. Kennedy y Richard Nixon llegaron a los estudios de la CBS en Chicago unos minutos antes de las nueve de la noche. Los recibió el productor Don Hewitt, que enseguida percibió la diferencia entre los dos.

“Al salir de la limusina, Nixon se golpeó la rodilla y vi que tenía la cara como verde e infeliz”, recuerda Hewitt. “Entonces llega este joven educado en Harvard y con una cara de ídolo de jovencitas. ‘¿Quieren maquillaje?’, les pregunté a los dos. Kennedy se apresuró a decir que no y Nixon dijo lo mismo porque no quería llevarlo si Kennedy no lo llevaba.

Cuatro años después, en San Francisco, coincidí con él en un acto en el que le tocaba presentar al candidato republicano Barry Goldwater. Le dije que si se hubiera puesto maquillaje, Goldwater estaría presentándolo a él. Se dio la vuelta lentamente y me dijo: “Probablemente, tienes razón”.


El maquillaje fue el detalle decisivo de aquel primer debate televisado, que se celebró en Chicago el 26 de septiembre de 1960, la misma fecha en la que ahora se celebra el primer cara a cara entre Hillary Clinton y Donald Trump.

Nixon y Kennedy no quisieron los servicios de la mejor maquilladora de la cadena CBS pero los dos recibieron maquillaje en su camerino. Al principio Nixon no quería porque lo habían criticado por usarlo en una ocasión. Al final accedió porque su entorno le dijo que no tenía buena cara y para quitarse la sombra del afeitado antes de salir.

No fue una buena decisión. Nixon usó unos polvos baratos que se fueron derritiendo sobre su frente acentuando el efecto del sudor. No ayudaron el traje gris que se fundía con el decorado ni el estado febril del candidato, que llegó a los estudios con 39 de fiebre y se negó a suspender el debate. “La gente pensará que soy un cobarde”, dijo sobre esa posibilidad.

Nixon y Kennedy celebraron cuatro debates. Pero ninguno importante como el primero, que enseguida pasó a la historia de la televisión. Lo de menos fue el contenido de la discusión, que giró en torno a asuntos de política doméstica. De pronto muchos votantes percibieron al joven Kennedy como un político preparado para asumir el mando y dudaron de la capacidad de Nixon, que durante ocho años había ejercido como vicepresidente de Dwight Eisenhower y tenía la ventaja de quien está en el poder.

Esa noche Nixon se fue sin despedirse y Kennedy se quedó a celebrar el triunfo con el alcalde de Chicago, Richard Daley, que dijo al día siguiente sobre el rostro pálido del candidato republicano: “¡Dios santo! ¡Lo embalsamaron antes de morir!”.

Por qué perdió Nixon

El maquillaje no fue el único problema de Nixon en aquel primer debate. El candidato republicano estaba seguro de que iba a arrasar y no se preparó del todo bien. Kennedy, en cambio, se estudió unas tarjetas azules que le habían preparado sus asesores Ted Sorensen y Mike Feldman con sus propuestas y las de su rival.

Unas horas antes del debate, Kennedy se encerró a estudiar en la habitación del hotel. Al ir a avisarlo de que ya era la hora, Sorensen se lo encontró dormido y cubierto por una montaña de tarjetas azules. Aquella siesta y el bronceado fueron más importantes que las horas de estudio y ayudaron al candidato demócrata a aparecer en cámara mejor que su rival.

Al día siguiente, hubo división de opiniones. La madre de Kennedy escuchó el debate por la radio y creyó que su hijo había perdido ante un adversario que había argumentado bien. La madre de Nixon, en cambio, lo vio por televisión y llamó a su secretaria. “¿De verdad que mi hijo está bien?”, preguntó con preocupación.

Es imposible demostrar que el debate tuviera alguna influencia en el resultado de las elecciones. Pero eso no impidió que los debates entraran en la leyenda de las campañas y que otros países los intentaran emular. Entonces muchos medios los criticaron como un espectáculo vacío llamado a adulterar el proceso político.

“Fue una interpretación sin sustancia”, escribió al día siguiente el editorialista del New York Times, especialmente crítico con la presencia del moderador. En términos muy similares se pronunció el Wall Street Journal, que argumentó lo siguiente: “Si hubieran dejado a los candidatos a su aire, se habrían interrogado uno a otro por cuestiones difíciles sobre impuestos, derechos civiles o política laboral”.

Y sin embargo muchos ciudadanos percibieron los debates como una herramienta útil. Hasta 115 millones de personas siguieron al menos uno de los cuatro y un 44% dijeron después quedaban influido en su voto. “He aprendido más sorbe las posiciones de los candidatos en una hora que en dos meses leyendo la prensa”, declaró entonces al Wall Street Journal una mujer de Detroit.

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