Elecciones 2016

Rascacielos, innovación y ‘startups’ pujantes: el otro Detroit del que no habla Donald Trump

Hace tiempo que Detroit dejó atrás sus peores días. Pero la ciudad aún sufre el declive de la industria del automóvil, que durante décadas fue la principal fuente de riqueza de la región.
10 Ago 2016 – 9:20 PM EDT

Donald Trump retrató este lunes a Detroit como el símbolo del declive de Estados Unidos y se presentó como el hombre llamado a reflotar la economía de la ciudad. Este jueves su rival demócrata Hillary Clinton también hablará de economía desde la que fuera el centro de la poderosa industria automotriz estadounidense y posiblemente dibuje otro panorama.

Hace tiempo que Detroit dejó atrás sus peores días. El alcalde Mike Duggan anunció la salida de la quiebra en diciembre de 2014, sus rascacielos albergan las sedes de nuevas empresas y la ciudad rejuvenece: en 2017 estrenará un sistema de alquiler de bicicletas y una sucursal de la cadena de moda de hamburgueserías Shake Shack.

Detroit es aún una ciudad con muchos problemas, algunos de los cuales destacó Trump en su discurso. El 40% de sus habitantes vive en la pobreza y su renta per capita ronda los 15,000 dólares: más o menos la mitad de la media del país. La tasa de desempleo es todavía demasiado alta y muchos residentes sufren el estigma de vecindarios sin apenas servicios públicos y con demasiados solares vacíos, fruto del declive económico y la despoblación.


Detroit llegó a tener casi dos millones de habitantes en 1950. Desde entonces, su población se ha ido reduciendo por el cierre de las fábricas, los disturbios raciales y la huida a los suburbios acomodados de parte de la población. Hoy, la ciudad apenas tiene 677,116 habitantes, según las cifras municipales. Pero se extiende a lo largo de 360 kilómetros cuadrados: una superficie donde cabrían Boston, Manhattan y San Francisco.

Algunas cifras hablan por sí solas. En 2014, sólo funcionaban 35,000 de las 88,000 farolas de la ciudad según este artículo del New York Times. El ayuntamiento había derruido 114.000 casas y tenía pensado derruir otras 80,000.

La despoblación se recrudeció durante la Gran Recesión. Se dispararon los desahucios y se desplomaron los precios de las casas en algunos vecindarios. Un reportero local ofrece algunas cifras muy llamativas en este artículo de Fast Company. En 1951, Detroit tenía 120 cines y ahora tiene sólo dos. En 1951 había casi 3,000 bares y hoy sólo 800.


La despoblación tiene que ver con la huida de las fábricas de automóviles, que empresas como Ford o General Motors se llevaron a países como España o a estados sin sindicatos fuertes como Kentucky o Georgia. Pero la crisis que sufre Detroit es también el fruto de la mala gestión de políticos como Kwame Kilpatrick, que abandonó la alcaldía hace unos años y que está en prisión por fraude, sobornos y malversación.

Su sucesor Dave Bing declaró a la quiebra de la ciudad en 2013 y el gobernador republicano Rick Snyder nombró un administrador que elaboró un plan aprobado en noviembre de 2014.

El plan permite a la ciudad cierto margen de maniobra para mejorar sus servicios públicos y sus habitantes esperan que ese margen permita contratar más policías y crear un servicio de transporte que mejore las caóticas conexiones del área metropolitana de la ciudad.

Detroit debe recaudar más impuestos en los próximos 10 años si no quiere volver a la quiebra. Eso supone atraer más empresas y más habitantes que potencien los ingresos, y no es tarea fácil. Las casas se venden a precio de saldo pero apenas aparecen compradores. Sobre todo en algunos vecindarios de la ciudad.

Un mecenas

No todo son problemas. El centro de Detroit ha renacido de la mano de la inversión de empresarios como Dan Gilbert, propietario de la empresa Quicken Loans y de los Cleveland Cavaliers, que ha comprado varios edificios históricos y ha invertido dinero para varios proyectos de mejora de la ciudad.

Gilbert ha recibido hasta 50 millones de dólares en ayudas fiscales al instalarse en Detroit. A cambio, sus empresas dan empleo a más de 14,000 personas y han impulsado el resurgir del centro de la ciudad. No es el único magnate que ha invertido en la ciudad. Empresarios como Pete Karmanos o Mike Ilitch han comprado edificios y creado empleo después de la recesión.

Pero el verdadero desafío de Detroit es ayudar a quienes residen en vecindarios deshabitados: mejorar sus escuelas, rebajar la delincuencia y crear un clima donde florezcan pequeños negocios que mejoren la vida de la comunidad.

Ése es el espíritu de TechTown, una incubadora de empresas que nació en 2000 de Wayne State University y que desde 2004 opera como organización sin ánimo de lucro. Entre 2007 y 2014, recaudó más de 107 millones de dólares para más de mil empresas que han añadido unos 1,200 empleos en la economía local.

Entre sus muros han florecido proyectos tan distintos como un banco de tejidos humanos o una empresa de diseño. También este seguro biométrico para armas de fuego diseñado por Omer Kiyani después de la masacre de Sandy Hook. El seguro permite asegurar un rifle o una pistola de tal forma que su gatillo sólo lo puedan activar las manos de una persona.

“Era un proyecto que Omer tenía desde hacía tiempo”, recuerda Kristin Palm, portavoz de TechTown. “Pero la matanza de Sandy Hook le convenció de que no podía esperar a desarrollarlo. Nos dijo que cada día que pasaba fallecían personas cuya muerte se podía evitar. Ahora ese seguro está en el mercado y se diseñó aquí en Detroit”.

Por qué innovar en Detroit

TechTown no sólo ayuda a emprender a personas con ideas innovadoras. También ha creado un programa para ayudar a quienes quieren abrir una peluquería o un supermercado en uno de los vecindarios abandonados de la ciudad. Sus expertos adiestran a los emprendedores durante ocho semanas y les ayudan a evaluar la idea, a afinar el negocio y a elegir el local.

¿Es Detroit un buen sitio para crear una startup? “Mi impresión es que sí”, explica Palm. “Probar suerte con una idea es menos costoso que en ciudades como Nueva York o San Francisco. Aquí las casas son baratas y uno no tiene prisa por tener éxito. Tiene más tiempo para moldear una idea y para cambiar”.

“Yo diría además otra cosa”, añade. “Uno no llega aquí para hacer dinero fácil sino porque hay algo que quiere mejorar. A las personas que tenemos aquí les apasiona resolver un problema. No vienen porque quieran hacerse ricos y eso supongo que es un punto a favor de Detroit”.

Proyectos como TechTown ayudan a mejorar algunos de los barrios más deprimidos de la ciudad. Pero Detroit aún sufre el declive de la industria del automóvil, que durante décadas fue la principal fuente de riqueza de la región.

La campaña presidencial de 2012 giró en torno al rescate de General Motors, que Barack Obama aprobó al llegar a la Casa Blanca en 2009 y que su adversario Mitt Romney criticó en este texto publicado en el New York Times.

El rescate fue un éxito para el Gobierno federal, que recuperó el dinero invertido. Pero la industria del automóvil ha perdido miles de empleos desde sus años de esplendor.


Trump atribuye el declive a acuerdos comerciales como NAFTA, la alianza comercial entre Estados Unidos, México y Canadá. Pero los expertos creen que tiene que ver con dinámicas más profundas como la automatización.

“Deberíamos desterrar la impresión de que en Estados Unidos ya no fabricamos nada”, me dice Chad Moutray, economista jefe de la Asociación Nacional del Sector Industrial (NAM en sus siglas en inglés).

“Fabricamos y exportamos más cosas que nunca y eso vale también para Michigan, donde se han creado más empleos industriales que en ningún otro estado desde el principio de la recesión. El problema es que la robótica ha transformado las fábricas y los obreros necesitan una formación distinta. Esa formación debe ser una prioridad”.

Y sin embargo tanto Trump como Clinton mencionan los efectos negativos de NAFTA y están en contra del TPP, la alianza comercial con varios países asiáticos que Obama impulsa.

“Los acuerdos comerciales generan ganadores y perdedores pero no deberíamos olvidar que el 90% de nuestros productos los vendemos fuera de Estados Unidos y que necesitamos nuevos mercados para crecer”, dice Moutray. “Rechazar nuevos acuerdos comerciales supondría menos exportaciones, menos empleos y menos oportunidades para nuestras empresas. No creo que sea una buena solución”.

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