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Elecciones 2016

Lecciones de Historia para Hillary Clinton: por qué es mejor ser transparente sobre la salud (y sobre cualquier cosa)

La tradición de la transparencia la empezó el portavoz de Eisenhower en los años 50. Desde entonces los votantes han premiado a los candidatos que más detalles han dado sobre su vida y sus finanzas. La crisis puede ser una oportunidad para que Clinton luche contra la desconfianza que genera.
12 Sep 2016 – 5:09 PM EDT

En junio de 1956, cuando el presidente Ike Eisenhower sufrió una complicada operación de intestino en plena campaña de reelección, su portavoz compareció ante la prensa para dar explicaciones más de una docena de veces en poco más de 24 horas.

La mayoría de los estadounidenses no tenían televisión, no existían redes sociales para quejarse y no había tradición de transparencia en la política. Pero Eisenhower quiso sentar el precedente.

La neumonía de Hillary Clinton y su malestar durante la ceremonia del 11 de septiembre ofrecen ahora una prueba para su campaña sobre la transparencia y la gestión de crisis en un momento en que la demanda de información es mucho mayor por la costumbre que empezó Eisenhower.

El portavoz periodista

En el caso del presidente y héroe de la Segunda Guerra Mundial, hubo dos factores clave. En primer lugar, era muy popular, con el margen que eso le daba para tomar decisiones arriesgadas para la época. Además, lo hizo por la influencia de su portavoz, James Hagerty, que había sido corresponsal político de The New York Times y que instauró prácticas de información pública desconocidas hasta entonces. En aquellos días de la intervención, dio todos los detalles sobre las entrañas del presidente y candidato igual que lo había hecho unos meses antes cuando el comandante en jefe sufrió un infarto mientras estaba de visita en Denver.

Hagerty puso a los médicos frente a los periodistas para que dieran explicaciones y dejó preguntar sin limitaciones. También es el hombre que instauró las ruedas de prensa regulares y que dejó que los reporteros pudieran citar al presidente libremente (hasta entonces sólo podían escribir lo que el presidente les autorizaba expresamente a utilizar).


“La Administración fue muy transparente sobre qué le sucedió al presidente. Instauró un buen precedente en la política estadounidense”, me explica Barbara Perry, directora de Estudios Presidenciales del Miller Center de la Universidad de Virginia. “Ofreció un precedente para la era moderna y en contraste con cómo Franklin Delano Roosevelt escondió su condición en su última campaña de reelección, cuando casi se estaba muriendo”.

Roosevelt murió en el cargo, pero su equipo siempre negó sus problemas de salud. En 1944, incluso intentó hacer una exhibición de fortaleza al hacer un tour por Nueva York y hablar en un estadio en Brooklyn bajo la lluvia helada para demostrar que podía aguantar.

Sus portavoces nunca dijeron nada sobre los trastornos del presidente.

En cambio, Eisenhower no sólo ofreció todos los detalles sobre su estado, sino que se preocupó de empezar a trazar el borrador de la enmienda 25 de la Constitución sobre la sucesión del presidente y del vicepresidente que sería aprobada en la década siguiente tras el asesinato de John F. Kennedy.

“Siempre es mejor ser abierto y transparente. Como hizo Eisenhower aunque no tuviera que hacerlo. Aunque Hillary Clinton tenga un problema de popularidad difícil de superar, ser abierta y sincera con esto podría ayudarla”, dice Perry. “Es cierto que puede pensar que es injusto porque Trump no ha dado ninguna información, mucha menos que ella, pero desde el domingo ella no tiene otra opción que ser transparente. Y creo que podría salir algo positivo”.

El secretismo de JFK

Eisenhower fue un adelantado a su tiempo en este aspecto. Después de él, Kennedy volvió al secretismo propio del pasado.

Su campaña y su gobierno siempre negaron que tuviera la enfermedad de Addison que padecía y el sufrimiento físico continuo que se dio a conocer después de su muerte.

Kennedy sólo reconoció tener una dolencia en la espalda como consecuencia de su lesión salvando a sus soldados en una lancha en Japón en la Segunda Guerra Mundial. “Era una dolencia que estaba unida a su heroísmo. Y por lo tanto aceptable, positiva. Pero no admitió nada más porque quería mostrarse como un hombre joven y dinámico”, explica Perry.

Pero poco a poco la transparencia como norma se fue extendiendo de la salud a las cuentas.

Lo normal ya era informar. Así lo hicieron George H. W. Bush sobre su tiroiditis (que también padecían su esposa y su perro), Bob Dole sobre su brazo paralizado o, en 2008, John McCain sobre su cáncer de piel o sobre sus problemas de movilidad. McCain publicó más de un millar de páginas sobre su estado de salud, aunque no dejó que los periodistas las distribuyeran ni hicieran copias.

La transparencia, buena estrategia electoral

Más allá de la salud, los candidatos que han afrontado de cara los problemas de cualquier tipo y han dado más detalles a menudo han salido airosos de las crisis.

Así Richard Nixon dio uno de sus discursos más apreciados en 1952, cuando se defendió de las acusaciones de que se había quedado con 18,000 dólares de donaciones. Contó los detalles y dijo que sólo se iba a quedar con un regalo que le habían hecho: un cocker blanco y negro para su hija de seis años. “Los niños adoran al perro. Y me gustaría decir esto, ahora mismo. Digan lo que digan, nos lo vamos a quedar”, dijo serio y contundente Nixon. Su discurso pasó a la historia como Checkers, el nombre del perro.

Así salvó su candidatura a vicepresidente aquel año: con transparencia. Considerando que en 1974 tuvo que dimitir por mentir, es irónico escuchar a Nixon dar lecciones sobre transparencia, pero así lo hizo al principio de su carrera. “La gente debe tener confianza en la integridad de los hombres que se presentan a un cargo público y que pueden obtenerlo”, decía Nixon en 1952.

Otro ejemplo de cómo un problema se puede convertir en una oportunidad fue el discurso sobre tensión racial que dio Barack Obama después de la publicación de los sermones más agresivos de su pastor en Chicago, Jeremiah Wright.

En 2008, el presidente intentó durante un tiempo disculpar o ignorar a su pastor, pero decidió afrontar la polémica y acabó dando uno de los discursos más celebres de la campaña. Convirtió en una fortaleza lo que era un punto habitual de ataque de sus contrincantes, entre ellos Hillary Clinton. Así lo reflejaron entonces las encuestas.

Una campaña opaca

Esta campaña de 2016, ha sido hasta ahora una de las más opacas de los últimos tiempos.

Desde Nixon, todos los candidatos habían publicado sus declaraciones de impuestos, pero Trump ha decidido no hacerlo ahora. Clinton sí lo ha hecho.

En cuanto a los informes médicos, Trump sólo publicó un folio sin detalles y escrito en cinco minutos de un doctor del que su propio hospital se distanció.

Clinton ha dado más detalles sobre su salud y los medicamentos que toma y ahora promete que hará pública más información, pero el primer instinto de la campaña fue no comunicar la neumonía que sufría la candidata y que le fue diagnosticada el viernes, según contó un portavoz el domingo después del malestar que obligó a Clinton a abandonar la ceremonia del 11-S en Nueva York.

Secretistas, pero no equivalentes

Los dos candidatos son secretistas, pero no son “equivalentes”, según me explica John Wonderlich, director de la Sunlight Foundation, una organización sin ánimo de lucro y dedicada a promover la transparencia en la vida pública. Clinton lo es por su larga y conflictiva relación con la prensa, sobre todo por la cobertura de los casos de adulterio de su marido. Trump muestra actitudes “antidemocráticas, repudiando a la prensa” y no permitiendo ningún acceso a su información fiscal o médica.

La Sunlight Foundation suele preocuparse en las campañas de que los candidatos se comprometan a mejorar el acceso a los documentos públicos o facilitar el trabajo de la prensa, no a pedirles información básica sobre sí mismos. “A menudo hay más discusión sobre qué van a hacer los candidatos cuando estén en el cargo. Esto es raro”, me explica Wonderlich.

La Fundación está apoyando ahora una iniciativa para que el Congreso obligue a los candidatos a publicar sus declaraciones de impuestos. “Hasta ahora la expectativa era suficiente. Pero ya está claro que no lo es", dice su director.


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