Elecciones 2016

Del silencio de JFK a la transparencia de McCain: por qué la tos de Hillary Clinton importa

Las insinuaciones de Trump sobre la salud de Clinton han puesto el foco sobre la opacidad de ambos candidatos. No todos sus predecesores actuaron así.
6 Sep 2016 – 3:48 PM EDT

Dos inoportunos ataques de tos devolvieron este lunes la salud de Hillary Clinton a los titulares de medios conservadores como Breibart News o Drudge Report.

No son los últimos que han sembrado dudas sobre el estado físico de la candidata demócrata. El entorno del republicano Donald Trump también ha dado pábulo a esos rumores. Rudy Giuliani invitó a los espectadores a buscar vídeos sobre este asunto y el propio Trump llegó a decir que su adversaria no tenía “la fortaleza” necesaria para llegar a la presidencia.

¿Hasta qué punto es cierto lo que dicen Trump y Giuliani? ¿Qué detalles ha desvelado cada candidato sobre su estado físico? A continuación intento responder estas y otras preguntas sobre la salud de los candidatos a la carrera presidencial.

1. ¿Qué ha contado Clinton sobre su salud?

A finales de julio del año pasado, la candidata publicó una carta de Lisa Bardack, su médica personal. Es un documento de dos páginas en el que se exponen algunos detalles sobre la salud reciente de Clinton sin desvelar magnitudes como su peso o su altura, que sí desvelaron otros candidatos durante la carrera presidencial.

La doctora Bardack explica dos problemas de salud leves de la candidata: su alergia primaveral al polen y un hipotiroidismo que arrastra desde hace décadas. También habla de sus problemas circulatorios, que se manifestaron en sendas trombosis en 1998 y 2009 y en el coágulo cerebral que sufrió en diciembre de 2012.

Es este último episodio el que alimenta los rumores malévolos sobre la salud de Clinton. Por eso merece la pena recordar lo que la carta de Bardack dice sobre él.


La doctora explica que todo empezó con un virus estomacal que Clinton se trajo de uno de sus viajes. Mientras estaba sola en casa, sufrió un desmayo fruto de la deshidratación y se dio un golpe en la cabeza. Unas horas después, los médicos detectaron el coágulo y la sometieron a un tratamiento que duró dos meses.

Durante un tiempo, Clinton llevó unas gafas especiales para mejorar unos problemas temporales de visión. Según Bardack, un examen médico dejó claro en 2013 que el coágulo no había dejado ninguna secuela. Como precaución, la doctora decidió que su paciente siguiera tomando Coumadin, un anticoagulante cuya dosis se ajusta con regularidad.

Según la doctora, Clinton no fuma, bebe de vez en cuando y hace ejercicio. La candidata nada, camina, hace pesas y practica yoga. Su presión arterial oscila entre 100 y 65 milímetros de mercurio. Su corazón late a 72 pulsaciones por minuto y sus niveles de colesterol son los correctos.


2. ¿Qué ha contado Trump sobre su salud?

El candidato republicano también publicó en diciembre del año pasado una carta firmada por su médico personal. El documento lleva la firma de Harold Bornstein, que atiende a Trump desde 1980 y trabaja en la sección de gastroenterología del hospital neoyorquino Lenox Hill.

La carta tiene cuatro párrafos y apenas expone detalles sobre el estado físico de Trump. El documento no incluye sus pulsaciones ni unos análisis recientes. Sólo dice que el candidato tiene un nivel muy bajo de PSA, un indicador que se usa para detectar posibles tumores de próstata.

Bornstein recuerda que el candidato ni fuma ni bebe y asegura que sólo se sometió a una operación quirúrgica: un apendicitis a los 10 años. Desvela además que su paciente se medica cada día con una aspirina y un fármaco contra el colesterol.

El texto está lleno de adjetivos y frases superlativas. Hace unos días Bornstein admitió que lo había escrito en su consulta en apenas unos minutos mientras en la puerta esperaba uno de los choferes de Trump.

3. ¿Quién de los dos es más opaco?

Trump es más opaco que Clinton. Su comunicado no desvela datos básicos como sus pulsaciones e ignora problemas físicos que había admitido en el pasado como la lesión que esgrimió para no ir a la Guerra de Vietnam. Eso no quiere decir que la candidata demócrata haya dado una lección de transparencia. La carta de su médica omite detalles importantes y no está acompañada por declaraciones de ningún especialista. Tampoco de los neurocirujanos que trataron su coágulo cerebral en Washington o Nueva York.

Algunas voces han argumentado que los candidatos deberían haber presentado historiales médicos más completo. Al fin y al cabo, los dos rondan los 70 años. Un triunfo convertiría a Trump en la persona más mayor que llega a la Casa Blanca. Clinton sería la segunda por detrás de Ronald Reagan.

4. ¿Qué candidato contó más sobre su salud en el pasado?

Ningún candidato ha sido más transparente que el republicano John McCain, que fue derrotado hace ocho años contra Barack Obama en la carrera presidencial. Entones McCain tenía 71 años y en su campaña consideraron que debían ser especialmente transparentes por la edad del candidato y por el contraste con la opacidad de su rival.

El senador republicano dejó en 2008 que varios periodistas examinaran hasta 1,173 páginas de documentos durante unas horas en un hotel de su estado natal. Los documentos incluían detalles inéditos de su historial médico entre 2000 y 2008. Entre ellos varios episodios recurrentes de cáncer de piel.

La mayoría de los documentos pertenecían a la clínica Mayo de Scottsdale, donde McCain recibe atención médica bajo un pseudónimo que los periodistas que vieron los documentos se comprometieron a no publicar.

Así supimos que al senador republicano le habían detectado hasta cuatro tumores de piel, el último en el año 2002. También que se le extirparon unos pólipos benignos en el colon durante una colonoscopia rutinaria, que sufre una artritis degenerativa, que le redujeron la próstata en 2001 y que ha tenido piedras en el riñón.

Durante las primarias republicanas que perdió contra George W. Bush ocho años antes, McCain había publicado cientos de páginas de historiales médicos para acabar con los rumores que ponían en duda su salud mental.
Algunos habían sugerido que el candidato sufría secuelas psicológicas de las torturas que sufrió durante la Guerra de Vietnam. Varios informes médicos negaron entonces que eso fuera cierto.

5. ¿Qué presidente fue más opaco sobre su salud?

El entorno del presidente Woodrow Wilson ocultó el ictus que sufrió en 1919, Franklin D. Roosevelt se las arregló para evitar que lo fotografiaran en silla de ruedas y las lagunas de memoria de Ronald Reagan durante su segundo mandato nunca emergieron hasta muchos años después.

Pero ningún presidente fue tan opaco como John F. Kennedy, cuyos problemas físicos convirtieron su breve mandato en un calvario constante que escondió con celo de los ciudadanos hasta su asesinato en noviembre de 1963.

El historial médico del presidente demócrata permaneció oculto durante la campaña de 1960 pese a los intentos de su adversario Richard Nixon y luego escondido durante décadas en un lugar cerrado al público de su biblioteca presidencial. Sólo emergió en 2002 cuando tres personas de su entorno le dieron permiso para revisarlo al historiador Robert Dallek, que estaba escribiendo JFK: Una vida inacabada, la biografía canónica sobre el presidente que se publicó en 2003.

En compañía de un médico, Dallek examinó miles de documentos y hasta 10 cajas con radiografías a las que no había accedido antes ningún historiador. Así confirmó por ejemlo que Kennedy recibió tratamiento por la enfermedad de Addison. Esta dolencia genera desórdenes en las hormonas que regulan los niveles de azúcar y minerales en la sangre. Puede generar vómitos, fatiga, diarrea y una presión sanguínea baja y puede llegar a causar la muerte.


Un año antes de llegar a la Casa Blanca, su amigo el historiador Arthur Schlessinger preguntó a Kennedy por la enfermedad de Addison. “Nadie que la tenga debería presentarse a presidente pero yo no la tengo”, respondió el senador a punto de lanzar su campaña. No era cierto.

Al presidente demócrata le dolía tanto la espalda que no era capaz de ponerse el zapato ni el calcetín izquierdo sin ayuda de otra persona. Durante la crisis de los misiles, estaba tomando un fármaco para la colitis, un antibiótico para una infección renal y cortisona y testosterona para contrarrestar la debilidad en que lo sumía su enfermedad.

Los documentos consultados por Dallek muestran que Kennedy estuvo hospitalizado en nueve ocasiones entre 1955 y 1957, cuando era senador por Massachusetts y daba los primeros pasos para lanzar su carrera presidencial. También detallan que recibía inyecciones de codeína antes de una rueda de prensa o de un encuentro con un líder de otro país. Kennedy aliviaba el dolor con metadona, se inyectaba derivados de la sangre para evitar inyecciones y tomaba barbitúricos para dormir.

Los problemas de salid de Kennedy atrajeron la atención de Nixon durante la campaña de 1960. El candidato republicano intuía desde 1954 que JFK sufría la enfermedad de Addison y sopesó la posibilidad de usar la dolencia como un arma arrojadiza contra su rival.

Al final, Nixon no utilizó la enfermedad como arma política. “Cualquiera que puede aguantar una campaña presidencial está lo suficientemente sano como para ser presidente”, dijo Nixon según su psiquiatra Arnold Hutschnecker, cuyas sesiones de terapia intentó en cambio usar la campaña de Kennedy como la prueba de que su adversario sufría una enfermedad mental.

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