Educación

El escándalo de fraude de admisiones muestra cómo el sistema educativo favorece a los más ricos

Se supone que la educación sea un arma contra la desigualdad, pero los datos y expertos indican que puede ser lo contrario. Mientras la educación se pueda comprar, los ricos van a acaparar más de ella y estudiantes como los latinos estarán en desventaja.
18 Mar 2019 – 11:58 AM EDT

El mayor escándalo de fraude de admisiones universitarias de la historia no hubiera sido posible si el sistema educativo no fuera ya un terreno tan desigual.

La semana pasada, el Departamento de Justicia acusó a 50 personas, entre ellas CEOs y estrellas de televisión, de operar un fraude masivo para que los hijos de multimillonarios hicieran trampa para entrar a universidades élite como Yale, Stanford y Georgetown, según documentos judiciales. Aunque las ocho escuelas involucradas no han sido acusadas por el FBI, dos estudiantes las han demandado.


¿En qué consistía la estafa? El líder de la operación, William “Rick” Singer, describía su método como “abrir una puerta lateral” al proceso de admisiones, según documentos judiciales.

Los padres le pagaban sumas de hasta 1.6 millones de dólares, con las que Singer sobornaba a los administradores de los exámenes estandarizados SAT y ACT para que los estudiantes pudieran hacer trampa.

Además, Singer sobornaba a administradores y entrenadores universitarios para que reclutaran a los estudiantes como atletas estrella, aunque nunca hubieran jugado ese deporte. Este fue el caso de la hija de la actriz Lori Loughlin, mejor conocida como la Tía Becky en la serie de los 90 ‘Tres por tres’.

El toque final, como de novela, era enmascarar los sobornos como donaciones a una organización de caridad falsa para ayudar a estudiantes de bajos ingresos, para después pedir un reembolso por esos sobornos al IRS.

Aunque muchos lo califican de indignante, como dice The New York Times, la indignación mayor debería ser que hay una versión legal para comprar una ventaja cada temporada para aplicar a la universidad, y que hay toda una industria que lo apoya”.

Puertas traseras

“No veo una gran diferencia entre este caso de fraude de admisión y cómo las familias adineradas pueden comprar acceso para sus hijos a las universidades de élite a través de puertas ‘traseras’ y ‘laterales’”, escribe Rick Eckstein, profesor de sociología de la Universidad de Villanova, en The Conversation.

Eckstein investiga cómo el mecanismo para admitir estudiantes como atletas a las universidades “excluye sistemáticamente a las familias de bajos ingresos”, escribe, porque “se necesita dinero para asistir a los llamados ‘torneos de exhibición’” para ser escogido por los reclutadores.

“Quienes formaron parte del caso criminal… no podrían haberlo hecho si el proceso de admisión a la universidad no estuviera ya sesgado hacia las familias más ricas”, concluye Eckstein.

Por años se han detallado las múltiples maneras en que las familias adineradas pueden comprar la entrada a universidades élite, como donaciones millonarias, financiar edificios nuevos, crear fondos de investigación y ofrecer su estatus de celebridad para subir el renombre de la escuela.

Pero aún sin esa ‘puerta trasera’, los estudiantes de menos recursos como los latinos y negros ya están en desventaja. Las investigaciones apuntan que un mayor ingreso familiar se correlaciona con puntajes más altos en los exámenes estandarizados y que esos exámenes están sesgados contra estudiantes latinos y negros por, por ejemplo, el tipo de preguntas que hacen.

Detrás de estos exámenes hay toda una industria de preparación avaluada en unos 840 millones de dólares, de libros de texto, cursos y tutores de 200 dólares la hora.

Eso no incluye tutores especializados en los ensayos para las aplicaciones que a veces hasta los escriben por los estudiantes. O compañías de asesoramiento que cobran 40,000 dólares para crear toda una estrategia alrededor de la aplicación del estudiante.

Mientras tanto, muchos estudiantes ni siquiera tienen un padre que lea su ensayo para pescar errores, porque no manejan del todo el inglés o no tienen el dinero para pagar tutorías o cursos de preparación. A veces ni siquiera saben que esos cursos existen, porque simplemente no conocen el sistema educativo.

Cada vez más necesario, cada vez más caro

No es como que los estudiantes de hoy tengan muchas opciones. Cada vez es más necesario un diploma para conseguir un trabajo y costear una vida de clase media, y cada vez son más prohibitivos los costos de la educación superior.

El costo de la universidad ha crecido ocho veces más rápido que los salarios en las últimas tres décadas: según cifras del Centro Nacional de Estadísticas de Educación, en 2016 el costo promedio de asistir a una escuela de cuatro años (pública o privada) era 104,480 dólares.

En 1986 lo mismo costaba 22,016 dólares, ajustado a la inflación.

Mientras tanto, según cifras del Instituto de Políticas Económicas y el Departamento de Trabajo, los salarios de la clase media y baja se han estancado.

Pero el estancamiento no es para todos: los salarios de la clase alta en cambio han subido 41%.



Hacer el doble con la mitad

Que la desigualdad está creciendo es evidente, pero lo que no lo es tanto es qué papel juega la educación en combatirla. Porque ese “terreno grotescamente desigual”, como dice Frank Bruni en el Times, toma forma mucho antes de que los estudiantes apliquen a la universidad.

¿Por qué? Primeramente, una familia con más recursos podrá darle a sus hijos mejor cuidado prenatal y en los primeros cinco años de vida, los más cruciales para el desarrollo cerebral. Podrán proveerle la estimulación necesaria, y más, para que ese bebé alcance su potencial. Eso incluye hablarle constantemente, exponerlo a vocabulario avanzado, a libros, música, películas y sobre todo interacciones personales intelectual y emocionalmente estimulantes.


Muchas familias latinas desconocen la vital importancia de esta estimulación, como recalcan los Institutos Nacionales de Salud, mientras que es más probable que las familias blancas y de más recursos sí la apliquen y le saquen ventaja.

Esa ventaja continúa, se acumula y se multiplica por el resto de la escuela y de la vida.

Luego están las escuelas mismas. Para entrar a una universidad élite se necesita tener calificaciones altas en las clases (un promedio o GPA alto) y en los exámenes estandarizados del SAT o ACT, así como tomar clases avanzadas AP, o Advanced Placement, en inglés.

Sin mencionar la esperada disparidad en calidad entre las escuelas privadas y públicas, estas últimas –aunque son ‘gratis’– se financian con los impuestos sobre la propiedad, así que donde haya propiedades más caras, las escuelas recibirán más dinero, tendrán instalaciones más limpias y seguras, mejores tecnologías, maestros más calificados y más clases AP.


Lo opuesto es cierto para las comunidades donde la mayoría no tiene riqueza acumulada y en cambio tiene trabajos que no son ‘mano de obra calificada’, como en construcción, landscaping, cocinas, hoteles: los trabajos que casi por regla toman los latinos.

Esas comunidades por lo tanto tienen menos acceso a mejores escuelas y tienen cuesta arriba entrar a una universidad que les permita ganar mejor y así romper el ciclo de pobreza.

“Si las escuelas exigen que los estudiantes tomen cursos de AP y la escuela del estudiante no los ofrece, ¿cómo van a poder competir?”, le dijo a Univision Noticias Wil del Pilar, vicepresidente de The Education Trust, organización que aboga porque los estudiantes, sobre todo los de color, tengan más acceso a la educación.

Puertas falsas

“Se pinta que hay oportunidad para todo el mundo de acceder a universidades selectivas y vemos en este caso que no es así”, continúo del Pilar, quien trabajó con la gobernación de Pennsylvania y en su Departamento de Educación diseñando políticas de educación superior. Existen unas “puertas falsas” a mayores oportunidades para los latinos y afroestadounidenses, dice, que “cuando las abren no hay nada detrás”.

La historia de del Pilar es representativa de la realidad de muchos estudiantes latinos.

“Yo tenía que trabajar, yo no podía, por ejemplo, asistir a un club o viajar con el equipo de debate o participar en deportes porque yo tenía otras responsabilidades”, relató. “Entonces, si todo eso te ayuda a ingresar, los estudiantes latinos como yo no tenemos las mismas probabilidades de ingresar porque esas opciones no existen para nosotros”.

Tener que traducir o conducir para los padres porque no hablan el idioma o no tienen papeles, por ejemplo, como ocurre con algunas familias latinas, es una actividad que requiere compromiso y responsabilidad, pero que las escuelas no toman en cuenta.

Del Pilar recalca que las universidades deberían considerar todo el contexto del estudiante, su familia y su comunidad. Podrían hacer que tomar los exámenes estandarizados fuera opcional, por ejemplo, dentro de otras posibles soluciones.

Algunos políticos prominentes, como el precandidato presidencial demócrata Bernie Sanders, han propuesto que la universidad sea gratis para todos.

Pero del Pilar apunta que cuando la matrícula es gratuita eso no ataca el problema de muchos estudiantes de bajos recursos para pagar la vivienda, el transporte y la comida, que son gastos significativos.

Así que mientras la desigualdad empeore y mientras una entrada expedita a las universidades se pueda comprar, de manera legal y sistémica, la educación no va a acabar la desigualdad. De hecho podría exacerbarla y cementarla.

Univision y ACT sostienen una alianza de contenido educativo.

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