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Convención Demócrata

Lo bueno y lo malo para Hillary Clinton de heredar el legado de Obama

Pese a la emoción con la que los demócratas cerraron su Convención Nacional en Filadelfia, la campaña entra ahora en una dinámica en la que representar la continuación del gobierno Obama puede resultar una rémora entre un electorado que este año muestra tendencia a la rebeldía.
29 Jul 2016 – 2:01 PM EDT

FILADELFIA, Pennsylvania.- Se acabaron las convenciones nacionales. Las elecciones de EEUU salen de ese ambiente controlado que fueron las primarias, mayormente cerrado para afiliados de los partidos, y entra a un campo de lucha abierto en el que se demostrará cuán buenos son los candidatos y sus estrategias.

Los demócratas hicieron historia en su convención en Filadelfia no sólo porque nominaron a Hillary Clinton la primera mujer candidata presidencial, sino porque en cuatro días completaron el traspaso de testigo del electoralmente codiciado legado del presidente Barack Obama.

La transacción quedó sellada con el abrazo que se dieron en el escenario de la convención Obama y Clinton el miércoles, al final del apasionado discurso que el presidente ofreció para vincular a la flamante candidata, con el proyecto que empezó para él 12 años atrás, desde su presentación en la Convención Demócrata de Boston.

Quizá no hacía falta hacerlo de una manera tan dramática o tan expresa como se hizo en Filadelfia. Sobre todo porque lo que para la mayoría de los demócratas es motivo de entusiasmo y celebración, por el efecto benéfico sobre la unidad del partido, fuera de la organización puede ser visto como un lastre para la candidata.

Así que esa herencia puede terminar siendo un regalo tóxico.

“Cambio en continuidad”

Es un delicado acto de malabarismo político el que debe hacer ahora Hillary Clinton presentándose como agente del cambio que prometió Obama, el mismo proceso que terminó sacándola a ella del camino hacia la Casa Blanca en 2008.

Y más complejo ahora porque se trata de un “cambio” con el signo de la continuidad, conceptos que pueden resultar mutuamente excluyentes para algunos.

El teatral traspaso de testigo da munición a los republicanos que se empeñan en presentar un posible gobierno de Clinton como un tercer período de Obama. Con el abrazo del miércoles no será difícil convencer a los suyos de que ese es un riesgo real.

Estrategas demócratas consultados por Univision Noticias en los pasillos de la convención de Filadelfia no ven problemas en esta nueva faceta porque consideran que la candidata ha evolucionado y que, aunque ella siga siendo una figura vinculada con el establishment, goza de la credibilidad para presentarse con un nuevo empaque, ayudada ahora más que nunca por el espaldarazo presidencial.

Los demócratas cuentan con Clinton para preservar el legado de Obama en la reforma de salud o las acciones ejecutivas en materia migratoria y el nombramiento de jueces para la Corte Suprema que con seguridad deberá hacer el próximo presidente.

El hecho es que Clinton tendrá que hacer esfuerzos por mantener su personalidad y mostrar cómo haría cosas diferentes de llegar a la presidencia, sobre todo si quiere atraer a republicanos moderados que no estén a gusto con su candidato Donald Trump, una cantera de la que podría sacar algunos votos.


Tiempos rebeldes

Esta ha sido la campaña del electorado descontento contra la idea misma de continuidad y las élites que han controlado el poder en Washington, una de cuyas representantes por las últimas tres décadas ha sido precisamente Hillary Clinton.

En el Partido Republicano ese descontento llevó a Donald Trump a lograr la nominación presidencial, pese a haber competido con varios líderes tradicionales del partido, mucho mejor preparados y con más historia a sus espaldas. Esa historia fue su perdición.

En el caso de Clinton, la rebelión del ala izquierda demócrata la hizo esforzare más de lo que anticipaba un año atrás, cuando un entonces desconocido Bernie Sanders se lanzó en una aventura quijotesca.

Ni Trump ni Sanders fueron tomados en serio cuando asomaron sus intenciones, pero los dos revolucionaron la manera de hacer política dentro de ambas organizaciones, que al final tuvieron que ceder ante la presión de los descontentos.

Algo personal

El problema es que Clinton carece de la magia personal que tiene Obama o su esposo Bill, algo que puede dificultar la venta de su oferta electoral. Al frente tiene a Trump, un magnate inmobiliario que con su estilo tosco y casi gamberro parece más humano a muchos que la “fría” Hillary.

Uno de los pocos momentos en los que Clinton se permitió desbordarse sucedió durante en 2012 una comparecencia como secretaria de Estado ante el Congreso para explicar los sucesos en Bengazi, Libia, donde murió el ambajador Chris Stevens, amigo de los Clinton, y otros tres estadounidenses.

En la exasperación por lo que le parecía una línea de preguntas capciosas respondió agresivamente al senador Ron Johnson que la interpelaba:

“Con todo respeto, el hecho es que tenemos cuatro estadounidenses muertos. ¿ Fue por una protesta o porque unos tipos que salieron a caminar decidieron que matarían estadounidenses esa noche ¿Qué diferencia hace en este punto?”


Ese " ¿Qué diferencia hace?" es la frase que los republicanos ahora más usan para demostrar la supuesta crueldad o la irresponsabilidad, o ambas cosas, de Clinton.

Hillary, "la mujer"

Al final, por aquello de las campañas son procesos emocionales donde cuenta mucho la conexión personal que se haga con los votantes, Clinton luce en una difícil posición para promover efectivamente la idea del cambio en continuidad.

La campaña demócrata ha dicho que quieren que la ciudadanía “conozca a la mujer”, una estrategia que arrancó el martes de la convención su esposo Bill contando su historia de pareja y remató su hija Chelsea al presentarla para el discurso de aceptación.

Quienes han trabajado con la ex secretaria de Estado reconocen que a ella “le cuesta” presentar ese lado personal, íntimo. No en vano pocos recuerdan discursos memorables de la candidata que no hayan estado centrados en temas políticos, contrario a su esposo o al presidente Obama, dos oradores que logran electrizar a las audiencias.

Si se tratara de una comparación curricular, la hoja de vida de la ex primera dama, exsenadora y exsecretaria e Estado supera con creces la del magnate inmobiliario y hombre de negocios Donald Trump.

Pero con los tiempos alterados que experimenta el país las credenciales ya no son suficientes.

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