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CityLab Política

La paz colombiana es una oportunidad para las ciudades (y para el campo)

Debido a la conflicto armado, el país pasó de ser 70% rural a 70% urbano en dos generaciones, generando un desarrollo caótico en las zonas periféricas.
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26 Sep 2016 – 5:01 PM EDT

En el suroeste de Bogotá, en una de las comunas más pobres y densas de la región, está sentada una casita de ladrillos, hecha a mano por la mujer que la ha habitado por los últimos veinte años. Desde que sus hijos crecieron y se fueron de la casa, dice Marina Rodríguez que vive sola en la casa con Dios.

“Si no fuera por Él, yo nunca habría podido construir ni la mitad de una pared”, dijo Rodríguez a Simón Hosie, un arquitecto que ha pasado los últimos años realizando investigaciones en El Paraíso, un barrio de Ciudad Bolívar en Bogotá, donde quiere construir un centro comunitario llamado Casa de Valores.

Rodríguez es parte de una ola enorme de personas forzadas a vivir en las periferias de las ciudades colombianas, la gran mayoría huyendo de la violencia rural de la guerra civil. En todo el país, casi 7.5 millones de personas fueron desplazadas por el conflicto que duró medio siglo.

La vida de los desplazados, así como la de Rodríguez, está marcada por la pobreza, así como la falta de recursos y espacios necesarios para una buen calidad de vida en la ciudad. Al principio, su casa fue un edificio temporal e informal, hecho de madera y plástico. Los servicios públicos no llegaban hasta el lugar y Rodríguez tuvo que usarlos ilegalmente. Trabajaba limpiando casas en Bogotá y haciendo lo que podía para sobrevivir con sus hijos en un barrio denso, pobre e impactado por violencia.

Poco a poco, Rodríguez fue reemplazando los materiales temporales con ladrillos, construyendo un hogar permanente en un asentamiento informal en las periferias del capital de Colombia. Pero aunque su situación ha mejorado, no se puede decir que vive en circunstancias ideales: los asentamientos informales en las periferias de Colombia continúan siendo un desastre de planificación urbana, sin servicios, infraestructura básica, espacios públicos ni parques . Y, aunque Colombia ha logrado mejorar en términos de crimen, la violencia y la delincuencia siguen siendo un problema serio en muchas de estas áreas.

Pero el hito de este lunes en Colombia será una oportunidad para un nuevo futuro para estos barrios. Este 26 de Septiembre, el presidente de Colombia Juan Manuel Santos y las FARC firman un histórico acuerdo de la paz después de 50 años de guerra civil, la cual tuvo un gran efecto en el desarrollo de las ciudades en este país. De ser aprobado en el plebiscito del 2 de octubre, el acuerdo podría ser un nuevo comienzo para la vida urbana y rural del país.

La urbanización sin planificación

El conflicto colombiano empezó alrededor de 1964 como una lucha entre el gobierno, grupos paramilitares y guerrilleros revolucionarios marxistas, entre estos últimos las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el principal grupo rebelde y el que este lunes firma la paz. Casi todos los grupos involucrados han estado relacionados con el narcotráfico, causando aún más violencia e inestabilidad, mayormente en partes rurales donde peleaban por control de territorio campesino.

Esta concentración de violencia en zonas de campo creó un singular efecto en el país: en el espacio de solo dos generaciones, Colombia pasó de ser un país 70% rural a más de 70% urbano.

“La gente inicialmente se desplaza a centros urbanos más cercanos, y luego, aunque no en todos casos, continúa a ciudades medianas y grandes”, explicó el Comité Internacional de la Cruz Roja en un reporte en 2009. Estas ciudades de mayor envergadura ofrecen un anonimato y lejanía del origen de la violencia que los hizo a los desplazados sentirse más seguros. Además, ofrecen más oportunidades económicas y recursos para ellos. Bogotá, como la capital de Colombia, es la ciudad que recibió a más desplazados en todo el país, según un reporte del Instituto Brookings. Más de 350 mil personas habrían llegado a la ciudad.

Pero este nivel de urbanización tan rápido y en un contexto tan violento generó un desarrollo caótico y sin planificación apropiada. Los desplazados, llegando con nada y sin opciones de hogar, crearon enormes asentamientos informales en las periferias, donde faltaron recursos y acceso a servicios básicos, como fue el caso de El Paraíso, donde Marina Rodríguez se instaló.

“Terminamos [en Colombia] con megaciudades que no alcanzaron a proyectar ni a planear todos los elementos de movilidad, de conectividad, de espacio público, de infraestructura, de servicios”, explica Hosie, quien actualmente está haciendo varios proyectos de arquitectura y planificación en asentamientos informales y partes rurales de Colombia. “Actualmente, las ciudades se encuentran tratando de solucionar problemas fundamentales de cómo llevar servicios a una cantidad enorme de barrios que se fueron desarrollando de esta manera. Y esto obviamente restringe la posibilidad de estar generando espacios de crecimiento publico, y muchas cosas que determinan la calidad de vida de una ciudad grande”.

El desarrollo mal planificado de las bordes de la ciudad es lo que llama Hosie el 'desurbanismo', es decir, lo opuesto del urbanismo. “El desurbanismo es un proceso que se da con un desconocimiento profundo de construcción y urbanismo, y que para el urbanismo se convierte en una agresión”, explica Hosie.

Pero la responsabilidad de mejorar la situación no es de los ciudadanos pobres y desplazados por la guerra, aclara el arquitecto. Será el trabajo de líderes colombianos hacer marcha atrás y rehacer las ciudades mal planificadas en el nuevo entorno de paz.

“Para los más pobres, la mejor ciudad”

Una de las soluciones más importantes es quizás también la más obvia: crear una ciudad con calidad de vida en las periferias como en el centro. Esto implica construir infraestructura, traer servicios públicos y hacer una inversión enorme en barrios pobres.

“¿Como hacemos todo esto? Ofreciendo conexiones innovadoras, ofreciendo opciones de movilidad innovadoras, ofreciendo parques y eventos educativos y culturales que empiezan a enriquecer el lugar, que ya tiene otro tipo de riqueza en la cultura y la solidaridad de la gente”, dice Hosie. El arquitecto explica que es crucial respetar a la gente que vive en estos barrios, en vez de verlos como criminales o guerrilleros o un simple problema para el estado, como lo hacen muchos. Todo, dice él, nace de un conocimiento profundo de las comunidades.

A eso se ha dedicado Hosie en sus proyectos, notablemente la Casa de Valores en El Paraíso (la cual no se ha podido construir aún), una biblioteca para una comunidad en el pueblo de Guanacas en el Cauca y una escuela de artes en Buenaventura, una de las ciudades más impactadas por el narcotráfico durante el conflicto. Cree intensamente en un proceso participativo para la gente de estos lugares para transformar su realidad.

La profesora Clemencia Escallón, de la Universidad de los Andes, tiene ideas similares acerca de hacer inversiones en los asentamientos que ya existen. “Se pueden hacer programas de mejoramiento. Es importante que las familias mantengan los vínculos con su sitio. Se pueden quedar, pero [en el lugar] se deben hacer transformaciones muy grandes”, dice. Esto seguramente costará mucho dinero, dice Escallón. “Pero, ¿qué es más costoso? ¿Tener la gente marginada y en manos de mafias o arreglar esta situación?”.

Escallón mantiene que esta transformación requiere una gestión muy fuerte, pero eso no significa que se debe hacer algo más fácil, como construir miles de viviendas en alguna parte en las afueras de la ciudad y esperar que la gente se mude ahí, como proponen muchos.

“La solución no es los pobres allá lejos. Deben buscarse opciones urbanas de mucha calidad, para que de verdad sean sitios de desarrollo y no trampas de pobreza”, aclara la profesora. “Yo siempre les digo a todos mis estudiantes: para los más pobres, la mejor ciudad”.

Colombia tiene razones para ser optimista, ya que ya ha tenido unos éxitos en este sentido. La ciudad de Medellín es un ejemplo notable: la cuna de Pablo Escobar se convirtió del capital de asesinatos a una ciudad moderna y más segura, con un fuerte negocio turístico. Esto se debe, más que nada, a la implementación de un “urbanismo social”, estrategia en la misma línea de lo que sugiere Hosie. Se planificó la ciudad de una manera en que los proyectos mejores fueran reservados para los más pobres, y en todos los pasos se involucrara a la ciudadanía.

El éxito de Medellín podrá ser difícil duplicar exactamente, pero aun así demuestra que los cambios de este tipo son posibles.

Una nueva relación urbana-rural

La segunda solución es quizás menos obvia, pero no menos importante: según expertos y urbanistas, hay que reconsiderar la relación entre la ciudad y el campo.

“La dinámica tiene que cambiar en términos de la relación urbana-rural. La ruralidad colombiana hoy no es una opción de calidad para nadie”, dice Escallon. “Seguramente ya no tendremos la presión del desplazamiento, por el fin del conflicto. Pero si no hay opciones y alternativas en el campo, la gente va a continuar mudándose a la ciudad”.

Si las ciudades siguen recibiendo gente del campo, esto dificulta el progreso urbano en las periferias y encierra a la gente en una vida urbana de pobreza y de menos calidad. Es difícil rehacer los bordes de las urbes cuando la gente continúa llegando y construyendo asentamientos informales.

Carlos Eduardo Correa, ex alcalde de la ciudad de Montería y reconocido en 2014 como el “mejor alcalde del mundo”, piensa lo mismo. “Se debe trabajar en una política pública de reforma rural como lo plantea el acuerdo logrado entre el gobierno y la guerrilla, para que las personas que fueron desplazadas vuelvan al campo. Eso implica que se focalicen inversiones en vías terciarias para conectar pueblos, acceso a salud y educación de calidad, servicios públicos como agua potable, electricidad y conectividad. Todo esto con el fin de generar las condiciones para que las personas vuelvan al campo y al mismo tiempo que quienes viven allí no tengan que migrar a las ciudades para obtener los servicios, sino que tenga toda la oferta para satisfacer sus necesidades allí”, le dijo a CityLab por un e-mail.

Colombia tiene una identidad rural que se fue deshaciendo con la urbanización repentina y la violencia en el campo, mantiene Omar Cordero, un poblador residente en un pueblo en el departamento de Cauca. Pero estos lugares faltan recursos, servicios y oportunidades económicos por abandono estatal, fomentando aún más migración.

“Colombia niega su ruralidad. Ahorita, el abandono estatal de estas áreas es muy amplio”, dice Cordero. Sus padres tuvieron que escapar de la zona donde vivían como cosechadores de maíz y yuca en los años 70. “Si por 50 años no han visto el campo de manera positiva supuestamente por el conflicto, ya con el fin del conflicto, podremos reconocer que en el campo tenemos una población importante, y no solo porque producen alimentos, sino porque ellos tienen una cultura propia”.

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