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Los verdaderos primeros rescatistas en catástrofes: los voluntarios

Las ciudades y los estados deben poner ojo y colaborar con la población civil, la que ha probado una y otra vez que es clave luego de terremotos, inundaciones y huracanes.
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19 Sep 2017 – 4:56 PM EDT

Una caravana de vehículos de la Guardia Nacional. Los grandes barcos de la Marina. Los equipos organizados de socorristas y bomberos. Éstas son las organizaciones que usualmente imaginamos acuden al rescate durante catástrofes naturales de gran envergadura.

En realidad, quienes verdaderamente llegan primero suelen ser grupos de personas locales que se organizan para ayudarse unas a otras a sobrevivir esas grandes calamidades. Tras el paso del huracán Harvey, fue la flotilla de botes que iba de puerta en puerta, vecindario por vecindario, sacando a las personas y a sus mascotas del camino del peligro.

Estamos tan obsesionados con las respuestas técnicas a gran escala ante los desastres —desde FEMA y la respuesta federal a situaciones de emergencia y el socorro en casos de desastre, hasta la necesidad de una mayor y mejor infraestructura y planes de resiliencia— que olvidamos que la primera línea de la respuesta somos nosotros: las personas normales que toman la iniciativa para ayudar a sus comunidades.

Aunque la mayoría de las investigaciones sobre la respuesta a los desastres a gran escala se concentra en las soluciones coordinadas y las respuestas profesionales, un estudio reciente, publicado en Environment & Urbanization, analiza más de cerca la función de las personas y las comunidades en la organización espontánea en la respuesta ante casos de desastre. El estudio se basa en una revisión exhaustiva de 120 estudios académicos e informes de investigación sobre la respuesta de las comunidades tras los grandes desastres. La investigación abarca tanto los desastres en los países ricos como Estados Unidos y Europa, y aquellos que azotan los lugares menos ricos y menos desarrollados con menos recursos y menos infraestructura desarrollada.

La gran conclusión es que la actuación por impulso e iniciativa propios de los residentes de la comunidad realmente prevalece en los esfuerzos de rescate y recuperación, especialmente en el período inmediatamente posterior a un desastre. Eso es porque nuestra reacción humana es ayudarnos unos a otros. Podemos depender, y de hecho dependemos, unos de otros para sobrevivir a los grandes desastres.

El estudio clasifica a estos intervinientes locales como ‘grupos emergentes’ y ‘voluntarios espontáneos’. Éstos son grupos de vecinos, desconocidos y negocios locales que se unen en situaciones de desastre. A veces son vecinos que se ayudan unos a otros, otras veces son organizaciones locales —como un restaurante o un refugio de mujeres— que amplían sus operaciones regulares para satisfacer una creciente necesidad. Como documenta el estudio, aunque el saqueo y la actividad delictiva ocurren a veces durante los desastres, los impulsos altruistas y las actividades de organización de grupos voluntarios de personas son mucho más típicos.


La característica que define a estos grupos emergentes es que son nuevos, es decir, no existían antes de la catástrofe. Su actividad colectiva no había emergido antes, las relaciones entre los miembros del colectivo son nuevas y los individuos están realizando tareas que son imprevistas e inesperadas. Aunque los voluntarios espontáneos suelen surgir de las zonas afectadas, también pueden llegar desde las localidades cercanas o incluso desde largas distancias. De hecho, estos grupos de voluntarios tienen formas variadas y diferentes modeladas por el tipo de desastre y el lugar en que este se produce.

La naturaleza imprevisible de muchos desastres naturales —como los terremotos, por ejemplo— implica que, en esos casos, los servicios de emergencia organizados no se pueden preparar con anticipación. Como resultado, la magnitud de estos esfuerzos voluntarios es considerable. Después del terremoto de 1995 en Kobe, Japón, un desastre que provocó lo que el estudio llama a un ‘renacimiento del voluntariado’: se estima que de un 60% a un 90% de las personas atrapadas bajo los escombros de los edificios derruidos fueron rescatadas por los lugareños antes de la llegada de los servicios de emergencia, conformando un rango estimado de 630,000 a 1.4 millones de voluntarios.

Asimismo, tras el terremoto de la Ciudad de México en 1985, en la respuesta prevalecieron las acciones independientes de muchos cientos de grupos: se estima que dos millones de personas, un 10% de toda la población de la ciudad, tomaron parte de algún tipo de esfuerzo voluntario de recuperación. En Estados Unidos, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, entre 30,000 y 40,000 voluntarios espontáneos llegaron a la Zona Cero para ayudar, y la Cruz Roja recibió 22,000 ofertas de asistencia durante las primeras dos semanas y media después del desastre.

Los grupos voluntarios emergentes dominan las actividades inmediatas de búsqueda y rescate, ayudando a sacar a sus conciudadanos de los escombros de los edificios derruidos, a cortar árboles y a guiar embarcaciones a través de las calles inundadas para ubicar a quienes están atrapados en el camino del peligro. En la mayoría de los escenarios de desastre, la mayoría de las vidas se salvan en las 24 horas posteriores a la catástrofe. Éste es el período durante el cual los servicios formales de búsqueda y salvamento pueden tener dificultades para llegar, especialmente si una región depende de un equipo internacional de este tipo.

Pero los esfuerzos de los voluntarios espontáneos van mucho más allá de la búsqueda y el rescate. Abarcan toda la gama de respuestas de emergencia, desde brindar apoyo psicológico a miembros de sus comunidades, como después del terremoto de 2003 en Bam, Irán; hasta llenar bolsas de arena, o proveer de alimentos a los vecinos en apuros con el fin liberar al personal de ayuda de emergencia de mayor nivel para que desarrolle actividades de respuesta más calificadas. Los voluntarios locales también tienen la ventaja de comprender íntimamente el diseño de sus ciudades y vecindarios, así como un conocimiento de las costumbres de la gente que vive en ellos.


La motivación para formar parte de los esfuerzos voluntarios espontáneos varía entre los desastres tanto como entre culturas y comunidades. Las personas que resultan personalmente afectadas por las catástrofes—aquellas cuyas familias o vecinos resultan directamente afectados—son las más propensas a prestar ayuda. Probablemente por esta razón, las áreas con altos niveles de daño parecen inspirar a grandes grupos de personas a participar en los esfuerzos de recuperación.

Muchos de estos grupos de voluntarios están motivados por las culturas de responsabilidad hacia la comunidad o la sociedad, y por el capital social proveniente de actuar de forma similar que nuestros semejantes.


Por estas razones, los grupos de voluntarios espontáneos trascienden las redes sociales regulares para proporcionar la atención inmediata que los profesionales coordinados no pueden ofrecer. Pero los grupos emergentes pueden presentar desafíos también.

Los voluntarios espontáneos puedan tener dificultades para integrarse y comunicarse con los esfuerzos oficiales de respuesta. También pueden ser víctimas de los problemas de seguridad y salud que los socorristas profesionales más coordinados evitan. Cuando los voluntarios llenan rápidamente una zona de desastre con suministros y vehículos, la congestión puede dificultar la entrada de los equipos oficiales de emergencia.

Así sucedió durante el terremoto de Wenchaun en el año 2008 en China. Los autores citan un funcionario del gobierno chino quien explicó que: "Todo el que tenía una camioneta estaba intentando llevar materiales a estos lugares. Fue un caos porque las tropas que debían estar haciendo esfuerzos de socorro terminaron cuidando a los voluntarios no organizados".

Mediante el examen de las respuestas espontáneas de la comunidad, podemos aprender cómo emplear mejor los grupos organizados espontáneamente como un recurso crítico en la recuperación ante desastres. Esto puede ayudar a hacer más eficiente la respuesta en casos de desastre en todo el mundo. En efecto, el voluntariado masivo en Kobe hizo que Japón reformara su legislación y planificación para desastres nacionales, lo cual los voluntarios empezaron a reconocer como un recurso posteriormente. También llevó a la creación de un Día del Voluntariado y la Prevención de Desastres Naturales, que ahora se celebra anualmente el 1 de septiembre. Y en China —un país que históricamente ha tenido bajas tasas de voluntarios independientes— los investigadores sugieren que los esfuerzos de los voluntarios espontáneos durante el terremoto de Wenchuan contribuyeron a generar una mayor confianza y coordinación entre el gobierno y los grupos organizados espontáneamente.

La tecnología digital puede ser un recurso adicional y muchos emprendedores voluntarios individuales en desastres recientes han utilizado los medios de comunicación social, los teléfonos móviles y otras tecnologías para ayudar en el auxilio ante catástrofes. En el futuro, los datos recopilados a través de la tecnología digital podrán ser analizados y estudiados para ayudar a quienes se autoorganizan a coordinarse más eficazmente.

Cuando se trata de cómo los seres humanos responden a los desastres, los grupos organizados espontántemente basados en la comunidad son la primera línea de defensa en el rescate y la supervivencia. Es imperativo que aprendamos más acerca de ellos y la mejor forma de movilizar, coordinar y aprovechar sus increíbles —e increíblemente humanos— esfuerzos.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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