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Las desconocidas riquezas arqueológicas que Miami podría perder frente al aumento del nivel del mar

Más de 16,000 sitios históricos a lo largo de la Florida corren peligro de ser tragados por las olas. En el Condado Miami Dade, los investigadores están luchando por mantener la historia en tierra firme.
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MIAMI—Cuando el huracán Irma aceleró hacia el condado Miami-Dade, Jeff Ransom no podía dormir. No sólo le preocupaba que unas ráfagas de viento pudieran quebrar ventanas o que lluvias torrenciales pudieran inundar a la carretera, algo que dista mucho de ser inusual cerca de su casa en el condado Broward, donde el tiempo extremo casi es rutinario y partes de la carretera U.S. 1 regularmente se quedan sumergidas.

Pero lo que también le preocupaba a Ransom —arqueólogo del condado— era un roble con raíces de 350 años de edad. Le preocupaba el hecho de que si ese árbol se cayera con suficiente velocidad, sus raíces arrancadas podrían desenterrar restos humanos.

En una mañana de noviembre varias semanas después de la tormenta, bajo un cielo brillantemente azul viajamos al sitio de los montículos funerarios de los indígenas tequesta, los cuales fueron una de las preocupaciones que desvelaron a Ransom cuando Irma se iba acercando en septiembre.

“Toda la noche, sólo estaba pensando en qué pasaría si se volcara ese roble”, dice. “Las grandes raíces crecen justo dentro del montículo funerario. Eso hubiera dispersado hueso humano por todas partes”.

Los vientos de Irma les dieron un ‘recorte’ al follaje de los árboles en el Deering Estate, una hacienda histórica cuyos terrenos contienen el montículo funerario y otros sitios de fósiles. Deering es administrado por el Departamento de Parques, Recreación y Espacio Abierto del condado Miami-Dade. Debajo de las ramas peladas, el crecimiento era rápido a medida que las vides y brotes —nutridos por depósitos de alga marina— se extendían en busca del sol. El resultado ha sido una segunda primavera: hojas jóvenes brillantes han estado luchando ávidamente por espacio entre el almácigo y la higuera estranguladora. Ransom nos abre camino con su machete, el cual lleva en una especie de funda que cuelga de su cintura. Dos golpes rompen las ramas del pimentero brasileño, pero eso fue porque el machete esta desafilado, me dice Ransom. Normalmente un solo golpe es suficiente para cortarlos, como si fueran mantequilla.


Ransom tiene 52 años, con una mandíbula cuadrada y gafas negras de sol tipo aviador. En cierto momento, las gafas desaparecen dentro de la alfombra de hojas, la cual se ha vuelto más tupida desde la tormenta. Ransom pasa unos cuantos minutos buscándolas debajo de las frondas cortadas antes de acordarse de que tiene unos lentes de repuesto que con casi idénticos.

El montículo funerario no tuvo problemas durante Irma y sigue bien. El tronco del roble es fuerte y grueso; las raíces están profundamente hundidas en la tierra. Nos sentamos un rato en unos bancos que quedan cerca, tomando agua en la sombra mientras que Ransom usa el filo de su machete para quitar esas semillas pegajosas que han dejado algunas plantas en sus pantalones y zapatos.

La tormenta no azotó a la ciudad con toda su fuerza: por lo general, el sudeste de la Florida se salvó del grosor de los daños que habían pronosticado los meteorólogos. Media milla de manglares protegió al Cutler Midden —otro sitio arqueológico en el Deering Estate— del daño causado por olas azotando la costa. Herramientas antiguas hechas de cáscaras y fragmentos de cerámica también sobrevivieron la tormenta intactos.


Aunque Irma podría haber golpeado más fuertemente a la ciudad en general, en lugares aislados sí hizo estragos. Pasamos por fragmentos de un paseo entablado histórico que los arqueólogos habían documentado y anotado laboriosamente. La estructura “había sido despedazada” durante la tormenta, según explica Mallory Fenn, la coordinadora de arqueología pública en el departamento del sudeste/sudoeste de la Florida Public Archaeology Network (Red de Arqueología Pública de la Florida o FPAN por sus siglas en inglés). La red es un proyecto de la Universidad de West Florida; la división sudeste/sudoeste opera desde la Universidad Florida Atlantic.

El paseo parece haber sido masticado y escupido: sus piezas componentes apenas son visibles. Una barrera naranja y blanca se extiende a lo largo del paseo destruido como si no fuera sumamente obvio que lo que ha pasado.

***

Antes de que volara a Miami para seguir a Fenn y a Ransom por el pantano, Sara Ayers-Rigsby me mandó una lista de lo que debía empacar para el viaje. Ayers-Rigsby es la directora regional de FPAN para la zona del sudeste/sudoeste y el maletero de su auto está lleno de suministros, desde mosqueteros a bolsitas de pretzels. Me escribe que tendrá bastante repelente de insectos y filtro solar para compartir conmigo pero que debería traer camisas de mangas largas y pantalones, además de las botas más impermeables que tuviera. Estaremos vadeando por el punto máximo de las mareas reinas y el mar quizás nos llegue hasta nuestras rodillas. El calor y la humedad también pueden tener un efecto desorientador. Más adelante Ayers-Rigsby describe el tiempo como “suficientemente caliente para derretir cerebros”.

“El tiempo en el sur de la Florida es inhospitalario”, advierte. En términos generales, eso precisamente es el problema. Numerosas proyecciones pronostican un futuro de tiempo extremo e inundaciones persistentes que son incompatibles con muchos elementos familiares de la vida en la península. De todos los estados de EEUU, Florida es el más vulnerable al crecimiento en el nivel del mar y el condado Miami-Dade corre un peligro notable en este aspecto.

A medida que el avión va descendiendo para aterrizar en Florida, el agua está en todas partes: en estanques color verde azulado que se extienden al horizonte, en remolinos del color del fango, en vías acuáticas formales que están llenas de yates blancos. Desde el aire, muchas de estas cuencas parecen estar repletas, listas para derramarse con la cantidad más pequeña de líquidos adicionales.


Tarde o temprano, el agua se tragará el litoral. Respecto a la magnitud, la severidad y la cronología de todo esto, hay matices y gradaciones de colores apocalípticos. En 2015, un grupo de trabajo compuesto de autoridades de todo el sudeste de la Florida se propusieron ponerse de acuerdo sobre las amenazas y crear estrategias para los esfuerzos de mitigación. Su proyección se basa en las medidas locales de la marea y se alinea con cálculos aproximados del Cuerpo de Ingenieros del Ejército Estadounidense y la National Oceanic and Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA por sus siglas en inglés). Para 2030, prevén un crecimiento en el nivel del mar de unas 6 a 10 pulgadas en comparación con un punto de referencia establecido en 1992. Pronostican un crecimiento de hasta 26 pulgadas para 2060 y un crecimiento de unas 61 pulgadas para 2100.

Incluso si el agua no llega justo a esas alturas, los daños aún podrían ser extensos y devastadores. Un 25% de la tierra en el condado Miami Dade se encuentra menos de tres pies por encima del nivel del mar, según el World Resources Institiute (Instituto de Recursos Mundiales). Un 10% de la tierra del condado queda menos de un pie de distancia de estar al nivel del mar.

Y si el agua llega al nivel máximo, los resultados podrían ser cataclísmicos. En un reporte reciente, Zillow —el sitio web de bienes raíces— calculó que si el nivel del mar subiera en unos 6 pies, un 24% del suministro de vivienda de Miami quedaría empapado.


Lo que preocupa a Ransom y a Ayers-Rigsby es que un crecimiento en el nivel del mar de sólo la mitad de la cantidad usada en el cálculo de Zillow podría destruir hasta 16,095 sitios arqueológicos a lo largo del estado. A medida que la tierra se vuelve más húmeda o las aguas se la llevan, ¿cómo se protegen a los objetos que están incrustados en ella?

“No se puede proteger un sitio arqueológico en un envoltorio plástico de burbujas y colocarlo en un estante alto”, me dijo Ayers-Rigsby por teléfono por después de que Irma pasara por Miami. Algunos sitios se pueden estabilizar o se pueden amortiguar con manglares o criaderos de ostras, pero cuando se trata de protegerlos de lluvias intensas o del oleaje provocado por una tormenta con la fuerza de un huracán, las opciones son limitadas. “Aparte de construir una estructura masiva por todo su alrededor, no hay mucho que se pueda hacer”, dice Ayers-Rigsby.

Entre las autoridades de Miami-Dade, “no se está dorando la píldora ni se está dando marcha atrás” en cuanto a la amenaza del cambio climático, me dice Ransom. Sus consecuencias se desarrollan en tiempo real —ya sea en calles inundadas o en sótanos llenos de agua— y en las urnas los votantes respaldan los esfuerzos de mitigación. Después de su victoria aplastante en las elecciones de este mes, Francis Suárez —el nuevo alcalde de la ciudad de Miami— le dijo a la filial local de la cadena noticiosa ABC que “Miami debe ser y tiene que ser la ciudad más resiliente del mundo”. Ese mismo día, los votantes aprobaron a una emisión de bonos que dirigirá 192 millones de dólares hacia bombas, muros, desagües y otros proyectos para mantener a la ciudad más seca. Mientras tanto, Ransom, Ayers-Rigsby y sus colegas luchan por evitar que miles de años de historia se pierdan en el mar.

Si te preguntas de qué tipo de arqueología existe en Florida, no serías ni remotamente el primero en hacerlo. En un viaje compartido desde el aeropuerto, les conté a unos hombres de negocios de Australia lo que me había traído a la ciudad. Ellos giraron sus cabezas. Para ellos, Miami evocaba playas, cuerpos modificados por la cirugía y gruesos sándwiches cubanos. ¿Qué más había?

Le cuento esto a Ayers-Rigsby mientras que nos sentamos en una carretera atascada, poquito a poquito avanzando desde Fort Lauderdale a Biscayne Bay. Gime y baja la cabeza hacia el volante. De 34 años de edad, Ayers-Rigsby se trasladó a la Florida desde el centro de la costa este de EEUU y ahora es un poco evangelista en cuanto a los méritos de Miami que se han pasado por alto. Alrededor de su cuello tiene un pendiente con la silueta del estado.


Durante todo el tiempo que las personas y los animales han habitado la Florida de nuestra época, han estado deshaciéndose de huellas de sus vidas. Fenn dice que los vacacionistas invernales y grupo rotativo de personas que se mudan a esta zona pueden sufrir un agudo cuadro de amnesia histórica. Pero sitios esparcidos son pruebas milenarias de vida antes de que los litorales se llenaran de edificios altos hechos de cristal y acero.

El Cutler Fossil (Fósil Cutler) es un bebedero en el que cayeron todo tipo de criaturas del Pleistoceno. Empacados entre los niveles de cal del cenote —y a unos 16 pies por encima del nivel del mar de la cercana Bahía Biscayne— se encontraban los huesos de lobos gigantes, mastodontes, camellos, llamas, tigres de dientes de sable y el león americano. Aunque el sitio está protegido, la ciudad se ha extendido por su alrededor durante los últimos 10,000 años. Cuando se mira al hoyo antiguo desde una cresta, se oye el retumbo de los autos cercanos. Pero el sitio está ocultado y resguardado de las vías y del agua, protegido por su aislamiento y su elevación.


Otros sitios se acomodan con el presente de manera menos armoniosa. A finales de los años 90, unos arqueólogos descubrieron un círculo de huecos para postes que se habían abierto en un lecho de roca de cal en la boca del río Miami. La datación por carbono 14 de unos fragmentos de madera ayudó a identificar al sitio como la sede de una estructura construida hace casi 2,000 años atrás por los indígenas tequesta. “La gente ha estado fiesteando en Miami durante miles de años”, bromea Fenn mientras que me va enseñando el sitio. Los arqueólogos, archivistas de culturas indígenas y un público galvanizado lucharon con un promotor inmobiliario quien había comprado la propiedad para que fuera la sede futura de unos condominios de lujo (en aquel entonces hubo bastante polémica cuando algunos estudiosos se preguntaron si el patrón era algo más corriente: el sitio de desagüe para un sistema séptico. La revista Archeology pidió la opinión de otros arqueólogos, estudiosos y un contratista maestro de tanques sépticos, y este último sumariamente descartó la posibilidad de que sitio tequesta tuviera ese propósito).


El Miami Circle (Círculo de Miami) fue designado un Hito Histórico Nacional en 2009. Hoy en día, el sitio es un terreno herboso que está sombreado por los elevados condominios y hoteles que se han construido a su alrededor. Desde el Círculo se pueden ver cruceros y barcos de carga navegando a la distancia. Es un espacio verde raro en un rincón vertiginoso de la ciudad, lo cual significa que veces se convierte en un lugar en donde los perros levantan sus piernas. De hecho, un perrito peludo se agacha cerca de nosotros mientras que Fenn describe su trabajo en un sitio arqueológico al otro lado del río estrecho, en donde los arqueólogos desenterraron artefactos adicionales de los tequesta en 2014, justo en la zona donde se iba a construir un complejo masivo de uso mixto. Estas excavaciones son una combinación alocada de lo antiguo y de lo moderno. “Cuando miras hacia abajo, te piensas que es la década de los 1850, con una paleta y un tamiz” dice. “Y entonces miras hacia arriba y ves a rascacielos y al Metromover pasando”.


El sitio del Círculo de Miami ahora está rodeado por departamentos y hoteles elegantes. (Jessica Leigh Hester/CityLab)

Durante Irma, agua penetró los muros justo debajo del sitio del Círculo de Miami. Estalló por la hierba, llevando frondas de palmeras que habían llegado del río. Fenn, quien vive cerca del sitio, salió corriendo prácticamente en cuanto se nos permitió estar afuera para revisarlo. Dentro de poco el agua retrocedió sin dejar daños aparentes. Este lugar en particular ha sido rellenado de material para reforzarlo para que así pueda resistir justo este tipo de aluvión.

Otros sitios que carecen de estas medidas preventivas son más vulnerables. Pero estudiarlos puede revelar datos importantes sobre el mar creciente, y cuánto tiempo tienen los estudiosos para crear un plan.

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Ransom y Ayers-Rigsby van abriéndose camino por un matorral denso y una tierra acolchonada de bromelias puntiagudas. Saben lo que están buscando: una varilla de acero con una punta pintada de color naranja, la cual enterraron en la orilla del río Oleta. Pero Irma tumbó a los arboles a los que ellos habían amarrado lazos amarillos para ayudarles a identificar a los sitios desde cierta distancia. Ahora esa varilla de punta anaranjada debe de estar cubierta de tierra.

Este pedazo blando de la orilla es el sitio de un yacimiento prehistórico que contiene rastros de herramientas hechas de cáscaras, cerámica y otros artículos comunes que hubieran sido utilizados por las tribus indígenas que vivían en las orillas. “Si hay algún sitio que se va a erosionar, será este”, dice Ransom mientras que chapotea por el fango.

El yacimiento es un montón antiguo de basura y casi está al nivel del agua, lo cual hace que este sitio sea un candidato ideal para monitorear la inundación y el aumento en el nivel de mar antes y después de eventos como tormentas y mareas reinas. Al obtener una medida de base y un grupo de comparaciones, los arqueólogos pueden documentar tanto la acumulación como la erosión. Por lo tanto, pueden notar cuáles eventos parecen amontonar más sedimentos encima del sitio y cuáles los quitan, y por ende amenazan con llevar a los artefactos al mar.

La idea de usar esta área para representar las fluctuaciones en el nivel del mar se remonta hace décadas atrás. A finales de los 70 y a principios de los 80, Robert Carr —quien en aquel entonces era el arqueólogo del condado— encontró pruebas de carbón antiguo enterrado a dos pies bajo la superficie. Dado que el fuego necesita estar seco, Carr razonó que parte del sitio una vez estuvo por encima del nivel del mar. En aquel entonces, el cambio climático “indudablemente no era un tema popular” en la comunidad de los arqueólogos, me cuenta por teléfono. No había “un movimiento particular o atención en el tema”. Carr abogó por emplear inundación de tierra, datación con carbono 14 y niveles de mar como pruebas sólidas para variaciones pasadas y futuras. Su trabajo puso los cimientos por lo que Ransom y Ayers-Rigsby están haciendo actualmente.

En una tarde hace poco, las raíces de los manglares están salpicadas de pedazos extraños de basura moderna: botellas turbias de cristal, una tabla corta para surfear que está manchada, un estuche negro para DVD, una bolsita estrujada de papitas de la marca Ruffles. Según explica Ayers-Rigsby, estas no son las señales de alguien entrando furtivamente para usar el bosque como basurero, esta basura fue traída hasta acá por las olas.


Ella y Ransom se esfuerzan por caminar por el fango —quitándose hormigas bravas de sus espaldas y hombros— para poder medir la distancia entre la varilla y la línea de agua. Anotan las medidas en un cuaderno amarillo cuyas páginas están deformadas por el agua. En algunas partes, el sedimento está amontonado más alto de lo que estaba la última vez que lo midieron, lo cual fue antes de que pasara Irma. Esa acumulación sugiere que el nivel del agua penetró una buena parte del litoral durante la tormenta, dice Ransom.

Carr explica que eso no es inequívocamente peligroso: todavía no hay suficiente certidumbre para determinar si la inundación es un impedimento para la preservación de sitios de la misma manera que lo es la erosión. Posiblemente un sitio “podría ser mejor conservado bajo el agua que por encima de la tierra si el aumento en el nivel del mar es gradual y no el resultado de oleaje fuerte azotando el litoral y destruyendo y removiendo tierra”, dice Ransom.


A través de su trabajo en FPAN, Ayers-Rigsby también ha ayudado a reclutar a un equipo de ciudadanos científicos que se extiende a lo largo del estado y lleva a cabo el monitoreo regular de los sitios que están en peligro. Llamado los Heritage Monitoring Scouts o Exploradores Monitorizantes de la Herencia, el equipo de ciudadanos científicos es una brigada de más de 200 personas que miden sitios accesibles al público —no los más sensibles, como los camposantos no marcados— y suben sus impresiones a un formulario en un sitio web. La creación de los Heritage Monitoring Scouts fue inspirada por un programa en el Reino Unido llamado Scotland’s Coastal Heritage at Risk (Patrimonio Costero de Escocia en Riesgo). Los ‘scouts’ buscan señales de inundaciones, erosión o acción por las olas, así como cualesquiera artefactos que hayan sido traídos a la superficie. También marcan los lugares que necesitan atención urgente.

Paula Streeter, una voluntaria de 62 años, mide el yacimiento de cáscaras en la isla Calusa, un puntito de tierra en la costa sudoeste del estado que una vez fue habitada por los indígenas calusa. Streeter tiene antecedentes muy variados. Su currículo incluye “millones y trillones de cosas”, me dice por teléfono. Después de haberse retirado de la oficina del secretario de la ciudad, ha estado ayudando a los arqueólogos. “Sólo acabo de empezar con esto hace poco”, dice. “Fue la cosa más asombrosa de mi vida y sólo pasó hace dos años”.

Ya mismo el litoral de la isla Calusa está siendo consumido por el oleaje y el viento, dice Streeter. Los artefactos se están revelando en el yacimiento, reliquias del uso de cáscaras para fabricar herramientas y armas, pero la persona común que visite la playa quizás no se dé cuenta de ellos. “Si te han capacitado, sabes que esa es una forma antigua de martillo hecho de una cáscara de bocina o un caracol rojo”, dice Streeter.

El sitio de la isla Calusa sólo es accesible mediante un bote o kayak: “No puedes llegar allá en un dos por tres”, dice Streeter. Antes de los huracanes recientes y las mareas reinas, el equipo quería realizar mediciones una vez al mes (el sitio también está monitoreado por investigadores de la Universidad de la Florida). Cuando los árboles tumbados expusieron a esos artefactos, el equipo aumentó la frecuencia a una vez al mes. Y en vez de dejar a los artefactos en el sitio, los voluntarios trazan las ubicaciones originales y ponen algunas en bolsas para que así no sean llevadas al mar. Los Heritage Monitoring Scouts utilizan la instalación de varillas para medir la distancia entre el borde del yacimiento y la playa. Incluso sin sus cálculos precisos, es fácil notar el efecto de las olas y el viento en las raíces expuestas y en el ángulo dramático de una saliente de arena.

Algunos de estos sitios contienen pistas que enriquecerán o rectificarán los registros históricos. Un ejemplo es la isla menguante de Egmont Key, la cual queda en las aguas del golfo cerca de Tampa.

Hace unos años atrás, el U.S. Army Corps of Engineers se comunicó con los semínolas —una tribu de indígenas locales— para averiguar sobre la isla menguante. Se estaba erosionando fuertemente —se había reducido a 280 acres, la mitad de su tamaño anterior— y los ingenieros se estaban preguntando si deberían rellenarla con arena. ¿Estaba la tribu interesada en conservarla?


La amenaza inminente de la masa terrestre fue el ímpetu para descubrir la historia del sitio. Con la ayuda de sus colegas, el doctor Paul Backhouse —director del museo Ah-Tah-Thi-Ki Museum y responsable de la Preservación Histórica Tribal para la Tribu Semínola de la Florida— llevó a cabo unas investigaciones y aprendió que, a mediados del siglo XIX, cuando la tribu tuvo varias escaramuzas con el ejército estadounidense, la isla fue un sitio de detención para los semínolas que fueron capturados al tratar de evitar los barcos desplegados para llevarlos al oeste. A juzgar por los relatos contemporáneos, las condiciones eran nefastas: no había fuentes de agua fresca y los cautivos estaban atrapados.

La isla queda no más de seis pies por encima del nivel del mar. ¿Quería la tribu mantenerla por encima de las olas? Entre la comunidad semínola, “la respuesta de la amplia mayoría era que sí” cuenta Backhouse en una entrevista telefónica. A nivel arqueológico, había mucho que aprender del sitio y de los artefactos del siglo XIX que se habían acumulado allí, pero también podría funcionar como un lugar de catarsis y educación. “Los jóvenes pueden venir y recordar la lucha que libraron sus ancestros por mantenerse en la Florida”, dice Backhouse. “Esta historia es una historia oculta… no es una que se encuentra en ningunos de los libros de texto porque es representa un bochorno para la historia estadounidense normal”.

Egmont Key se encuentra en las líneas frontales. Con suficiente elevación o distancia del tráfico peatonal, muchos otros sitios serán seguros por un tiempo relativamente largo en virtud de mantenerse secos u ocultados. Pero a medida que el nivel del mar poco a poco se eleva, habrá que hacer tomar decisiones.

***


Este otoño ha sido oneroso para el Deering Estate. El huracán Irma y las mareas reinas en octubre propinaron un doble golpe, explica Jennifer Tisthammer, la directora de la hacienda.

Durante esa primera marea reina, la marejada ciclónica inundó la vía de servicio con aguas que llegaron a los tobillos y también inundaron al césped de atrás donde toman lugar mucho de los eventos especiales en Deering Estate. Los vendavales de Irma arrancaron a un 80% del dosel arbóreo y 6,000 yardas cúbicas de alga marina fueron arrastradas a la propiedad por las aguas. La visión a largo plazo de Tisthammer es elevar el césped de atrás, pero mientras tanto el personal buscó medidas profilácticas para mitigar la estética y fomentar el drenaje. Según dice Tisthammer, el terrón es mejor pero la piedra blanca se ve mejor que hierba morena mojada. Cuando el personal extienda cantidades enormes de arena y piedras para fomentar el drenaje, los charcos que habían estado tomando semanas para drenarse fueron vaciados dentro de unos cuantos días.

Incluso si un futuro totalmente submarino todavía se ve lejano, las mareas reinas ofrecen un recuerdo regular de éste, y también una especie de puesta a prueba. En una página dedicada a las mareas reinas y al cambio climático, la Agencia para la Protección Ambiental observa: “el crecimiento en el nivel del mar hará que las mareas reinas de hoy en día se conviertan en las mareas cotidianas del futuro”.

Lugares como el Deering Estate ya están tomando en cuenta las estrategias preventivas y adaptivas en sus partidas presupuestarias. “Habrá algunas pérdidas”, dice Tisthammer. “Inviertimos 3 millones de dólares en algo que se sabe que con el tiempo terminará bajo el mar o destinamos esos fondos de manera diferente?”.

Los tipos de datos que Ayers-Rigsby y Ransom están recolectando se pueden usar para guiar la planificación y la presupuestación más amplia de la ciudad. Y este diciembre, Miami-Dade y tres condados aledaños están tomando en cuenta los sitios arqueológicos, agregando provisiones al plan de acción actualizado del Southeast Florida Regional Climate Change Compact (Convenio Regional del Sudeste de la Florida sobre el Cambio Climático). El documento no es vinculante pero hace varias recomendaciones. Alienta a las autoridades locales a colaborar con los especialistas en la preservación histórica a trazar y a calificar los sitios que están en peligro. También promuee que apelen a la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, a las oficinas locales del manejo de emergencias y a otras agencias para obtener recursos financieros. Y, por último, los anima a implementar tácticas sostenibles de preservación como sembrar manglares y espartillo y realizar el “blindaje duro” de sitios con piedras o concreto. Ahora bien, estas estrategias tienen sus inconvenientes. “Los métodos duros quizás impacten de manera negativa a los sitios debido al peso y el desplazamiento de rocas grandes, sin mencionar el costo de adquirir éstas y trasladarlas a lugares remotos”, dice Ransom.

La solución tampoco es tan compleja como arrancar a los artefactos de la tierra y transportarlos a las colecciones de los museos donde quizás se preserven detrás de vitrinas de plexiglás. Para la tribu semínola —al igual que para muchos otros grupos indígenas— la filosofía prevaleciente es que los artículos descartados a lo largo de los siglos se deben dejar en sus lugares. Reconoce que este enfoque de catalogar objetos, “rodearlos y trazar planes esquivándolos y no pensar en estos objetos sólo como vehículos de investigación” quizás “vaya totalmente en contra de lo que la mayoría de las personas piensan que es la arqueología”. Pero Ayers-Rigsby y Ransom también piensan que la excavación es una especie de última opción.

Según explica Backhouse, en la cultura semínola hay una diferencia entre algo que es volcado por un terremoto y algo que es halado a la superficie por manos humanas. La filosofía subyacente es buscar la armonía y el equilibrio con la naturaleza —dice— y “las culturas indígenas no tienen la idea de que la naturaleza siempre es agradable”.

La primavera pasada, mi colega Linda Poon reportó que la vasta mayoría de los estados carecían de cualquier mención de recursos históricos en sus planes para el manejo de desastres. Hasta la fecha así también ha sido el caso en Miami-Dade, dice Ayers-Rigsby. “Una de las razones por las que estuve tan contenta de que teníamos algún lenguaje en el borrador del fondo de acción climática era hacer que la gente se fijara en el tema”, agrega. “Antes, no estaba incluido para nada en ningún nivel”. Existe un ímpetu en esta dirección: a finales de octubre 2017 se organizó una conferencia en Annapolis, Maryland llamada “Keeping History Above Water” (Mantener la historia por encima del agua). Estaba dedicada a las soluciones para la preservación histórica y los recursos cultuales. En agosto 2017 Backhouse y los semínolas participaron en la Tidally United Summit (Cumbre de los Unificados por la Marea), el cual fue copatrocinado con FPAN y el Foro Global Indígena de la Universidad Florida International. La cumbre se centró en la relación entre la ciencia climática y los recursos históricos.

Mientras tanto, Ayers-Rigsby es sensible a los estragos emergentes que se están desplegando con las personas y las propiedades debido a las tormentas y las inundaciones . “Hay que pensar primero en el aspecto humano en el presente”, dice. “Hay que priorizar la seguridad y el sustento de las personas. Obviamente la arqueología y los recursos históricos necesariamente son secundarios a eso, pero aún se deben discutir”.

Ya es suficientemente doloroso ponerle un precio a una propiedad —casas, autos, vecindarios— que perderemos en la lucha con las olas. Y será una lucha contra la corriente impulsar a los residentes y a las autoridades hacia el nivel de abstracción que se requiere para vivir en el reinado de los pronósticos y los mejores cálculos. “Un riesgo en el futuro se siente mucho menos tenebroso que un riesgo que se presenta ahora mismo”, le dijo David Ropeik —un experto en la percepción de riesgos— a mi colega Laura Bliss en 2015. Incluso en la Florida —donde el tiempo volátil es innegable— requiere unas cuantas maromas mentales para dar vueltas hacia un entendimiento de los sitios que están en juego… a veces literalmente bajo la superficie.

Pero si la meta de la arqueología es preservar y interpretar el pasado para el futuro, hay mucho trabajo que hacer —rápida y cuidadosamente, allá en el fango y en las oficinas legislativas— antes de que desaparezcan los rastros de ese pasado. En esos estratos están testimonios de vidas vividas, olvidadas y recordadas a lo largo de milenios: un registro de lo que ha significado ser humano.

Sin importar lo que se haga, según dice Ayers-Rigsby la cápsula de tiempo será incompleta. “Algunas cosas se perderán para siempre”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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