Julieta Venegas y la geografía de su memoria

Para quienes crecieron escuchando el acordeón melancólico y el pulso musical de Julieta Venegas a finales de los noventa y principios de los dos mil, su figura siempre ha habitado un espacio de reconfortante familiaridad. En Norteña Memorias del comienzo, su debut en el género del ensayo autobiográfico publicado por la editorial mexicana Almadía, la compositora nacida en Tijuana desmantela la comodidad de la nostalgia para ofrecer algo mucho más valioso: una radiografía honesta, áspera y conmovedora sobre cómo se construye una voz propia en los márgenes de un país

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Hay una esquina en el norte de México, donde el desierto se rinde ante el Pacífico y la frontera se dibuja con muros que intentan separar la vida. En esa esquina, una mujer busca en sus propios recuerdos el sonido de su origen. No es una búsqueda ruidosa. Es, más bien, un reencuentro lento, una reconciliación con la geografía que la vio nacer.

Después de un largo paso por el laberinto de Ciudad de México, donde las distancias a veces se miden en el olvido, ella ha vuelto a Tijuana. O quizá, en realidad, nunca se fue.

“Tijuana sigue siendo el lugar donde yo llego y… bajo todas las defensas”, explica Julieta Venegas, acomodándose para una conversación que apenas durará pocos minutos, pero que tiene el peso de los años acumulados. “Estoy en mi territorio. Hay un lugar siempre en el mundo que tiene eso”.

El estilo de Venegas en la página escrita guarda una estrecha relación con sus canciones: posee una aparente sencillez que, bajo una inspección más cercana, revela una profunda agudeza emocional. El libro no busca ser una cronología exhaustiva de éxitos discográficos ni un desfile de vanidades de la industria musical. En realidad, se asemeja más a una cartografía de la inconformidad.

"Fui descubriendo mi camino en la inconformidad que sentía por el lugar donde estaba", escribe Venegas en uno de los pasajes del libro. Ese "lugar" es, por supuesto, Tijuana.

Hay una cualidad cinematográfica en sus recuerdos familiares, como la historia trágica de sus abuelos en el pueblo minero de Santa Rosalía tras el azote de un ciclón en 1931, un trauma heredado que su madre relata hasta el día de hoy.

El núcleo dramático del libro se traslada inevitablemente a la Ciudad de México, a donde Venegas migró a los veintiún años. Es aquí donde la narrativa musical adquiere tintes de una novela de aprendizaje urbana. La autora evoca con cariño y crudeza sus primeros años de adultez en una minicasa sin llave en el sur de la capital, rodeada de un jardín salvaje, componiendo en un teclado Korg hoy obsoleto y en un acordeón que retumbaba en las paredes, mientras lidiaba con una soledad que califica de "feliz y triste".

Imagen Victor Benitez


Pero hoy esos recuerdos son parte de un pasado. Atrás quedaron los días en que sentía la necesidad juvenil de poner distancia con la familia, de difuminar el origen para poder definirse a sí misma. Hoy, con la madurez que otorgan las vueltas del camino, entiende que ser norteña en la capital no es una periferia, sino una certeza. Su último proyecto, un disco y un libro nacidos en sincronía como un paisaje estéreo, es una carta de amor a esa frontera indómita, compleja y tantas veces mal contada.

La Tijuana de su infancia no es la de los titulares de prensa, ni la del mito polvoriento y color sepia construido desde la mirada cinematográfica de Estados Unidos. No es solo la ciudad de la fiesta rápida y el cruce prohibido. Ella creció al lado de un padre que fue el defensor incansable de la dignidad local. Creció en una Tijuana más conservadora, más de trabajo, en una era previa a la llegada del internet, cuando la identidad se moldeaba escuchando la radio "gringa" y aprendiendo inglés frente a un televisor, mientras el corazón permanecía arraigado al sur.

Eran los tiempos de la "Chula Juana", ese territorio híbrido donde la vida binacional fluía con la naturalidad de quien cruza la calle para comprar la comida del perro o viajar en el trolley hacia un trabajo del otro lado. Un intercambio cotidiano, a veces invisible para el resto del país.

“Para realmente entenderla, tienes que ir”, advierte la cantante de éxitos norteños con sabor a México. “Si no vas, te la van a narrar equivocadamente”.

Hoy, frente a las nuevas capas de crueldad política que resurgieron en los últimos años en el norte, donde los muros se vuelven más hostiles y la migración se castiga con saña, ella prefiere fijar la vista en la resistencia de la cultura. Encuentra esperanza en la explosión de librerías independientes y talleres que florecen en las calles de Tijuana, en esa imperiosa necesidad humana de encontrarse para hablar de arte y no solo de política. También en la música, donde los latinos ya no solo habitan los márgenes, sino que ocupan el centro del escenario global.

Su nuevo álbum no es una réplica exacta de la música norteña tradicional; es su propia versión, una memoria musical hilada durante tres años de introspección. Mientras escribía versos sobre "voces de niñas cantando en el eco profundo del desierto en el mar", se dio cuenta de que la música no bastaba. Necesitaba el papel, la tinta, el libro que avanzara en paralelo para sostener el peso de la nostalgia.

En su banquete musical hay espacio para la tuba profunda y el requinto melancólico, elementos que para ella definen el espíritu del norte, evocando incluso la vertiente más pop de Juan Gabriel, a quien reclama con orgullo como parte de su propio mapa sentimental. Y aunque mira con respeto y asombro las nuevas corrientes —como los corridos tumbados, donde los jóvenes de hoy introducen técnicas como el slap en el bajo, un guiño que parece herencia de Red Hot Chili Peppers—, ella prefiere quedarse con la esencia del oficio: contar historias.

Norteña: Memorias del comienzo es un recordatorio de que las mejores autobiografías de músicos no son las que desvelan escándalos de camerino, sino las que logran traducir en palabras el misterioso proceso mediante el cual el ruido del mundo se transforma en arte. Julieta Venegas lo ha conseguido con la misma elegancia y honestidad con la que, hace ya casi tres décadas, decidió adueñarse de un acordeón.

El tiempo apremia, los minutos se agotan y es hora de partir hacia el final de la jornada. Pero en el aire queda flotando esa atmósfera de las ciudades fronterizas, donde el pasado y el presente se cruzan constantemente en el andén, y donde la música, al final del día, sigue siendo el único puente que nadie puede derribar.