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Restaurantes

Enorme y delicioso éxito. Pasaron de vender comida en la calle a tener su propio negocio

En sólo dos años, María Ortíz y su esposo Sergio Bautista, inmigrante indocumentados pasaron de vender comida en la calle a tener su propio negocio en Chicago.
1 Mar 2016 – 8:07 AM EST

Por Enrique García Fuentes

En tan sólo dos años, María Ortíz y su esposo Sergio Bautista, de origen mexicano, pasaron de vender comida en la calle a tener su propio restaurante en la ciudad de los vientos.

En un principio, María le pidió a Sergio, quienes son inmigrates indocumentados, que le hiciera un carrito para vender elotes y otros productos.

“¿Cuando llegué yo a las tres de la tarde a la casa, ella ya tenía los elotes cocidos. Ya tenía todo para ir a vender. ¿Y el carrito? Yo todavía no le tenía”, cuenta Bautista.

"El carrito no estaba terminado. Estaba incompleto. Le faltaba toda la tabla de enfrente, donde se ponían los jugos de sabores. Ya los jugos me los lleve amarrados. Y así nos fuimos empujando el carrito. Las llantas no le servían”, cuenta Ortíz.

Después del carrito de elotes compraron un camión acondicionado para la preparación y venta de comida. Los clientes se les amontonaban, pero a pesar de que el negocio iba sobre ruedas, también hubo obstáculos a vencer, pues no tenían permiso para vender alimentos en la calle.

“Me arrestaron y me subieron a la patrulla. Yo estaba embarazada. Tenía como siete meses de embarazo”, cuenta María. “Empecé a llorar de la nostalgia, de la tristeza, de la desesperación”.

Fue entonces que dejaron la calle y abrieron el restaurante “Ametepec”, en honor al pueblo en el Estado de México que los vio nacer.

Su éxito se debe en parte a la preparación de tortas y pambazos gigantes. Las teleras, pan que ordenan especialmente, llegan a medir hasta 14 pulgadas y también sirven quesadillas que miden casi 18 pulgadas de largo.

El tamaño puede ser intimidante para algunos clientes, pero nunca faltan los comensales de ‘buen diente’.

“Un joven delgado, se pidió dos quesadillas, dijo dos de esto y mi esposa le dijo ‘oye pero están grandotas, no creo que..’, ‘No traigame las dos’. Y así estuvo pasando y llegó el momento que ya pidió su cuenta y nos dimos cuenta de que se terminó las dos quesadillas”, cuenta Bautista.

Ahora los dueños del lugar localizado en el 3143 W 51st dicen que sus pambazos y quesadillas gigantes necesitan crecer un poco más, pero de espacio para atender a más gente en el area de Chicago.

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