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Sexualidad

Opinión: La voyeuse, una fantasía se convierte en pesadilla

Cuando exhiben, con dedicatoria personal, su vida sexual en SnapChat.
29 Jun 2016 – 03:02 AM EDT

Cuando creí que ya había superado recibir fotos de miembros masculinos o videos que muestran tan elaborada auto complacencia, me encuentro con videos instantáneos y en cuenta regresiva vía SnapChat en los que el galán en cuestión me comparte no simplemente su órgano ni su maniobra sino lo que viene siendo instantáneas de su relación sexual con alguien más.



Alguien que, obviamente, no soy yo, pero que según la leyenda que acompaña el breve video, ojalá fuera yo.

Qué detallazo, la verdad. Quizá en ese momento lo que debí hacer fue darle las gracias. Si no lo hice fue porque de golpe, al abrir el video y verlo en acción, me sacó de base. Reaccioné con sorpresa y molestia y le pedí que se guardara su vida sexual para él mismo. Se disculpó y aunque nos tomó tiempo restablecer contacto, no dejé de pensar en el por qué, tanto de este tipo de gesto (que por cierto, poco después me sucedió con un par de personas más) como de mi reacción ante el mismo.

Comparto las razones y sinrazones que el exhibicionista de algunos segundos me dio:

  • La mujer en cuestión tenía un enorme parecido conmigo
  • Estaba frustrado por la distancia y el tiempo y pues, la carne es débil, pero eso no impidió que a quien tuviera presente “todo el tiempo” fuera a mí
  • Estaba en el entendido de que yo era una mujer abierta y liberada
  • Pensó que me excitaría
  • Quiso hacer realidad una de mis fantasías...

Aquí sí lo tuve que interrumpir:
Excuse me?

Entonces viajó en el tiempo y abrió los expedientes secretos. Me recordó cómo una noche, cuando ya estábamos entrados en chats y desvelos alucinógenos, yo le había dicho que fantaseaba con ser una voyeuse.

¿O sea que yo, de alguna u otra forma, lo pedí? No señor. Eso que se descargó en mi celular no era la puesta en escena ideal, pues no tenía ni timing ni contexto. No me excitó: al contrario, sentí algo de repulsión, no por el acto sexual que ahí medio se veía o sugería sino por la exposición gratuita sin consenso alguno. Después me dijo que la mujer con la que estaba había estado de acuerdo en que él le tomara fotos y videos y los compartiera. Cuando le comenté que bien pude haber hecho una captura de pantalla, entonces pegó el grito en el cielo y reaccionó con una indignación que a mi parecer, no correspondía. Previo a que se desconectara, alcancé a decirle que quien había rebasado los límites, aún con la venia de la tecnología, había sido él.



Nimiedad, invasión e imposiciónn

Ya sé, comparado con otros juegos que sin duda, todos jugamos, esto de la foto y el video es una nimiedad. Sin embargo es también una invasión, acaso una imposición. Que si la tipa se me parecía, puede ser. Que si soy de mente abierta, eso no lo niego en absoluto, aunque para fines de este caso ambos argumentos son falacias rotundas: mi apertura y libertad sexual no justifican que alguien venga a vaciar sus ocurrencias cuando se le pegue la gana. Del mismo modo, así esta mujer fuera mi doble, así fuera yo misma la de las fotos y los videos, tampoco validaría este tipo de acciones. Ese pretexto ya está muy gastado, por favor.

Cuando pregunté entre mi grupo de amigos qué opinaban sobre estos contenidos compartidos, más de uno lo interpretó como un mero despliegue primario de sexualidad: llamar la atención como haría un bonobo u otra de esas especies célebres por sus récords copulativos. No me pareció del todo descabellado: durante los pocos segundos que duró la proyección, por supuesto que noté ese lenguaje primitivo, pero también noté algún alarde de gran amante, de porn star: había que actuar y transmitir posiciones, movimientos, calentura, éxtasis, aun detrás de tan efímero lente... Una puesta en escena producto del cálculo, aun casera, en busca del aplauso: qué sexy soy, qué bien lo hago, mira nada más qué mujer tengo conmigo, soy el mejor, de lo que te estás perdiendo, todo esto sería para ti. Wow. Unos más sutiles, otros más grotescos, el caso es que los desplantes de cuán potables, fogosos o campeones somos en la cama, son prácticamente un lenguaje universal y del que pocos escapan. ¿Cómo juzgarlo a él o a nadie más?

La última vez que intentó reconciliarse conmigo, le mandé decir al Sr. Bonobo que por qué mejor no hacía un filme porno o un documental para Animal Planet. Obviamente él me mandó por un tubo. Ahora sólo espero el momento en que las cosas vuelvan a la calma para poder hablar como dos adultos y, en el calor de las confesiones, simplemente reconocer que la mujer del video era espectacular, agradecerle que se acordara de mí y me dedicara unos minutos, decirle que, así como soy de open también reacciono con las vísceras, recordarle cuán significativo fue asomarme por esa mirilla y quizá sólo lamentar que, a veces, realizar una fantasía nos cuesta destrozar un sueño.

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