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Sexualidad

El tamaño del pene: ¿a quién le importa?

Esta cuestión errónea de fuerza y poder, reflejada en los tamaños fálicos, ha llegado incluso a la política. ¿Quedará ahí?
15 Mar 2016 – 3:57 PM EDT

Por Jeannine Diego| @UnivisionTrends

El tamaño del pene de Donald Trump se convirtió en un tópico luego de un comentario de Marco Rubio acerca de la pequeñez de sus manos, aludiendo a la consabida -si bien equivocada- idea de que existe una relación entre estas dos partes del cuerpo masculino.

Como en cualquier riña de patio de escuela, al rastrear el origen de las alusiones fálicas, todo apunta al bully por excelencia—ese mismo fulano—, y su declaración de que Hillary Clinton había sido "schlonged" por Barack Obama. El término, según explica el escritor y psiquiatra Fredric Neuman en su artículo de Psychology Today, es una conversión en verbo del sustantivo schlong ( pene en argot yiddish) y al usarlo el año pasado para hablar de la derrota de Clinton frente a Obama, el candidato Republicano manicorto sugirió también la incapacidad de gobernar por parte de Hillary, por virtud de su falta del miembro masculino.

Aunque la reacción inicial de cualquier ser pensante en torno a este debate de imberbes, que ha logrado irrumpir en el político, bien podría resumirse en ¿a quién le importa?, sirva el pretexto para analizar las concepciones que se tienen en nuestro siglo XXI acerca de la relación entre el poder, la fuerza o el vigor y el tamaño del pene.


Un dato curioso aunque acaso no tan sorprendente es que, según un informe publicado por los doctores Kevan Wylie e Ian Eardley en el British Journal of Urology (BJU) International, el largo del pene es un tema de mayor interés para los hombres que para las mujeres. Al revisar los estudios hechos a lo largo de más de 60 años, los doctores determinaron que el 85 por ciento de las mujeres se sienten satisfechas con el tamaño del pene de sus parejas sexuales y que, en todo caso, les parece más importante el grosor que el largo.

Tantos hombres insatisfechos

Mientras que la diferencia entre un pene promedio y otro, independientemente de etnia, raza, nacionalidad o aspiración, es de apenas tres cuartos de pulgada en lo que respecta al largo y menos de media pulgada en cuanto a la circunferencia, el 45 por ciento de los hombres, según los hallazgos de los urólogos británicos, se sienten insatisfechos con sus penes. Además, el 12 por ciento padece el síndrome de pene pequeño (ansiedad asociada con la falsa idea de que el pene propio es demasiado pequeño), mientras que en realidad la condición llamada microfalosomia (cuando un pene adulto erecto mide menos de 7cm) sólo afecta al 0.6 por ciento de la población masculina. Esto ha llevado a un número importante de hombres a someterse a procedimientos que ponen en riesgo su salud, desde el uso de bombas, pastillas, cremas y pesas, hasta intervenciones quirúrgicas.

Y, ¿para qué? Más concretamente: ¿para quién?

Más de la mitad de los hombres que padecen el síndrome de pene pequeño ubican el origen de esta ansiedad en comparaciones con otros durante su infancia, mientras que casi el 40 por ciento lo ubican en su contacto adolescente con imágenes eróticas, hecho que aporta a la idea de que se trata de una cuestión entre hombres, alejada por completo de la experiencia sexual con mujeres.

Eso explicaría en parte por qué históricamente se ha asociado el tamaño del pene con la fuerza o el vigor. No es inusual ver a varones de todas las edades inventando juegos como pretexto para comparar su fuerza física. Se trata de prácticas que se han ritualizado desde el principio de la humanidad.


La idolatría de la fuerza

La fuerza se ha asociado con el pene no porque exista una relación fisiológica entre una cosa y otra, sino porque el pene es lo que distingue a los hombres de las mujeres y en la antigüedad la fuerza física jugaba un papel determinante en la capacidad de los ejércitos para vencer a sus adversarios. La estrategia y el intelecto llegaron después y la fuerza física se fue desplazando como requisito indispensable para preservar la integridad de la tribu. Como atributo singular del género más fuerte, el pene se ha idolatrado desde incluso antes de la época de Min, el rey egipcio que se solía representar sosteniendo su falo erecto, o la de los festivales y santuarios de los griegos y romanos en honor a Hermes.

Es curioso cómo hoy, pese a que la fuerza bruta ya está del todo desligada del poder político, que el éxito de la guerra como tal depende más de los científicos y de la inteligencia, llegue el tal Trump a recordarnos que no importa cuánto hayamos evolucionado como especie, persistimos en la necesidad de expresar la dominación, el poder y la autoridad utilizando los medios y símbolos más primitivos. No es de extrañarse que el empresario convertido en candidato presidencial se haya esforzado por levantar los rascacielos —símbolos fálicos de nuestra época— más largos del mundo: el Trump World Tower lo fue durante un corto tiempo, antes de que se construyera la 21st Century Tower de Dubai en 2003.


¿Será que el pueblo estadounidense, de los más privilegiados y tecnológicamente sofisticados del planeta, sea capaz de permitir que un señor—cuyos pavoneos, dicho sea de paso, indicarían cierta compensación por la carencia que él mismo señala en Hillary—, reduzca el debate político a discusiones sobre el pene? De ser así, nos largamos con Miley.


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