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Amor

¿Qué en paz descanse el deseo y la pasión?

Domesticar al amor, a esa bestia que alguna vez nos hizo sufrir.
8 Abr 2016 – 12:08 PM EDT
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Cualquiera que lea esta afirmación podrá pensar que todos sabemos que así es, que las neurociencias nos han enseñado que las intensidades de un cerebro enamorado disminuyen con el tiempo, la costumbre, la habituación que elimina la sorpresa para la mente y para el cuerpo.

Otro escenario en el que se piensa menos es en la domesticación del amor como una defensa ante el sufrimiento. La mayoría de los sobrevivientes de una pasión destructora (contra una minoría de kamikazes) que los rompió en pedazos por no haber sido correspondidos, o por haberse involucrado con alguien fenomenal pero de personalidad enloquecedora, deciden que nunca más volverán a amar estúpidamente a nadie.

Por ejemplo Antonio, que estuvo muy enamorado de una mujer de carácter muy disparejo, que desaparecía sin avisar y que era imposible de controlar. Pese a todo la adoraba y compartió con ella sus mejores días y noches de sexo y conversación íntima e inteligente, pero un día ella se fue porque conoció a alguien que calificaba más alto en su escala de originalidad y decidió ir tras un amor menos seguro, pero más estimulante. Abandonó a Antonio, que era un hombre bueno y comprensivo, pero también muy predecible, hiperdisponible, de humor simple y a veces un poco tonto.

Después de un duelo largo y sordo, Antonio conoció a la típica hija de familia clase-media-alta: tranquila, guapa, vegetariana, sana y virgen. Una mujer conservadora y convencional que sería la madre perfecta para sus hijos. Se casó con ella, tuvieron dos niñas preciosas y han formado una familia de fotografía.



Aunque sabe que hay un hueco en su vida sentimental y sexual, Antonio prefirió domar sus instintos y renunciar a la atracción que siempre había sentido por mujeres que podían hacerlo sufrir.

Sandra lleva años y años de su vida teniendo novios y novios. Por su historia de represión sexual de origen religiosa y familiar, empezó muy tarde y con bastante culpa, la exploración de su sexualidad. Hasta que se sintió ridícula intentando recuperar el tiempo perdido como si fuera una adolescente a sus 42 años. Por fin logró domesticar sus ímpetus polígamos y se estabilizó en una relación que todos califican como muy bonita. Está contenta y tranquila, aunque de vez en vez se pregunta si lo que tiene hoy es lo que en verdad quería cuando anhelaba encontrar a alguien a quien amar.

Tampoco se piensa en que la depresión clínica de uno de los miembros de la pareja lo lleva a sentir aburrimiento por prácticamente todo. Que la indiferencia emocional, las pocas ganas de sexo, las pocas palabras para intercambiar, a veces son síntoma de que uno de los dos no está bien y necesita ayuda.

Estrategias de domesticación

La convivencia frecuente, cotidiana y monogámica; compartir la cama, los gastos, los planes de ahorro financiero, los viajes, las enfermedades, las preocupaciones por los hijos y su futuro, la relación con las familias de origen todos los sábados o en todas las celebraciones. La poca variación de la rutina, como elegir siempre ver películas en casa porque están demasiado cansados para salir al cine o a bailar. Hacer el amor siempre por el camino conocido. Dejar de viajar o de compartir momentos interesantes para dar paso a una relación sólida y estable, cuya ganancia es la certeza de no estar solo en el mundo y la protección. Privilegiar el apego por encima de la pasión y el romance. Todas son algunas de las muchísimas estrategias con las que, inconsciente y silenciosamente, las parejas domestican el amor.

No es que esté mal o bien. Simplemente ocurre con frecuencia.

Buscar la transgresión de las reglas, los espacios para extrañarse, conservar las ganas de innovar y la curiosidad por las áreas inexploradas del otro, son actividades emocionalmente demandantes a las que muchas parejas renuncian.

Lo que llama la atención es el sentimiento de sorpresa ante la propia vida sentimental cuando alguien declara, como si estuviera hablando de alguien más, que no sabe cuándo se le acabó el deseo, que cada vez hacen menos el amor o que la rutina para hacerlo lo volvió aburrido. De pronto, alguien dice estar menos interesado que nunca en tener sexo con su pareja aunque siga siendo su mejor amiga o amigo. Un día las parejas se comienzan a definir como socios, como compañeros de casa, como buenos padres o el gran equipo para enfrentar la vida. No es que esté bien o mal. Es que casi siempre lo dicen en medio de sentimientos encontrados de melancolía y nostalgia por otras épocas, o por otras relaciones pasadas o fantaseadas, en las que la pasión, la improvisación, el hedonismo sin relojes, era lo único que importaba.

Parece que la vida adulta fuera un llamado a domesticar al amor, esa bestia de mil cabezas, que alguna vez nos hizo sufrir, enloquecer, perder el piso y la perspectiva. Ese animal dulce y malvado que nos acercó a la felicidad inmensa pero que también nos volvió egoístas, desbordados, irreflexivos y destructores.

Quizá es demasiado amenazante. Tal vez se domestica el amor como un camino para la paz: ¿Qué en paz descanse el deseo y la pasión?

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