Sola por hoy: La ruta más corta. Montreal y sus recuerdos.

¿Hay caminos menos rebuscados para llegar al paraíso?
Opinión
Rose Mary vive (o sobrevive) en la Ciudad de México, entre la narración, la poesía, la conducción radiofónica y está sola sólo por hoy.
2016-09-07T15:10:20-04:00

La última vez que realicé el recorrido por el parque de Mont-Royal, en Montreal, elegí la ruta más larga y el peor de los horarios. ¿Por qué? Porque, como dice la canción, se me hizo fácil.

En vez del camino de los escalones, que conduce a la cima de la pequeña montaña en cuando mucho una hora, tomé el Chemin Olmsted, también conocido como Serpentina (ya el apodo lo dice todo), pues mi idea era detenerme en otros lugares (como Maison Smith, Café des Amis y el Lago de los Castores) y sobre todo evadirme de la realidad de afuera para concentrarme en mi realidad de adentro.


Por algo es que las guías no recomiendan hacer este paseo durante un mediodía de verano: se vuelve muy pesado y, más aún, cuando una camina con unas sandalias incómodas. Pero, bueno, el caso es que esa vez nada se antojaba imposible e, incluso lo más complicado, abonaba a la misión.

Tenía que encontrar la manera de compensar la dificultad y el cansancio durante la subida. No me puse a contar mis pasos, pero sí quise hacer un listado cronológico de mis amores, mis quereres, mis pasiones, mis significados significantes, y lo demás. Mi meta era que mi llegada a la cima coincidiera con el más reciente de mis capítulos, para, ya durante el descenso, perdonar u olvidar, darles las gracias, sacudirme cada uno, dejarlos ir. . .

Intenté empezar por el número uno: la primera cita, el primer beso, el primer regalo, la primera vez. Temía que la memoria me fallara, pero de pronto vino a mi mente una serie de pasajes y detalles que mostraban las luces, las sombras y los grises de ese casi olvidado episodio. Ya había caminado bastante del trayecto y todavía no pasaba al segundo hombre de mi vida. Entonces decidí irme más aprisa en mi repaso y detenerme sólo en algunos puntos, los más memorables, así fueran los menos afortunados, para entonces pasar al siguiente y al siguiente y al siguiente y. . .


De bote pronto me asaltaron los momentos pasados: aquel beso dentro del coche mientras nos detuvimos en la arbolada calle del amor y la consiguiente multa, el viaje a Petra, el pleito a gritos afuera del bar Pata Negra, la vez que le sugerí a mi entonces novio que nos encontráramos “casualmente” a la mitad de la calle de Orizaba, caminando cada quien desde el extremo opuesto, la selfie tomada en el bar del George V de París, la vez que uno de mis primeros novios pasó por mí y, al bajarse del auto, olvidó las llaves dentro del coche encendido y con el estéreo a todo volumen, la serenata improvisada que me trajo quien sería mi marido, acompañado de sus compañeros de trabajo, la vez que estaba sola en casa con mi entonces novio, mientras veíamos Nueve semanas y media y, a la hora de los escarceos, nos quedamos atorados mientras él intentaba bajar el cierre de mi chamarra y fuimos sorprendidos por mis padres, la noche en que mi pretendiente, que después sería mi novio, me llevó a un piso exclusivo en que las acompañantes de los demás clientes llevaban, todas, zapatillas de suelas rojas, las idas a las marchas y cómo colocábamos las velas junto a las fotos de los desaparecidos, la primera salida al parque con un novio y cuánto rió y cómo lloré cuando la bola de mi helado se cayó al suelo, la ocasión en que me atraganté con la sopa cuando mis hijos me dijeron que mi exmarido ya tenía una novia e iba en serio, las veces en que esperaba a mi más reciente amor con la mesa enteramente puesta y él me decía que qué pena, que acababa de cenar, que por qué mejor no le servía un té. . .

De recuerdo en recuerdo, ya estaba en el tope de Mont-Royal, con la imponente vista de la ciudad ante mis ojos y las otras postales agolpadas en mi cabeza, que no cesaban y daban lugar a varias más. Por imposible que pareciera, el tiempo se detuvo y yo respiré lento y profundo antes de volver al origen. De regreso me recité los respectivos lados B de mis grandes amores con quienes, en algún punto, el descenso había sido irremediable: el hijo de mami versus el que por todo recriminaba a su madre, el que nunca llamaba cuando quedaba en hacerlo, el que era una excusa viviente, el amante exquisito que dejaba un gran vacío a su paso, el de la agenda misteriosa, el que revisaba mi diario, el que stalkeaba mis redes, el que hackeó mis cuentas, el que siempre llegaba tarde, el que rehusó involucrarse en mis temas o, como él los llamaba, mis mini-dramas, aquel con quien la conversación giraba en torno de sus desafíos y sus logros, él que decía que anidaríamos una vez que terminara la carrera, la maestría, el doctorado, la residencia, la transferencia, lo que viniera, el que, apenas se acercaba y se abría, se aislaba y alejaba. . .


Cuando estaba a pasos de llegar al punto de partida, aproveché para hacerme algunos recordatorios de congruencia entre lo que busco o digo que busco y lo que, a partir de ahora, encuentre: libertad de comunicación, disponibilidad emocional, compromiso, empatía, confianza mutua, alguien con quien contar y, algo clave, reconocer yo misma mis propios límites y respetarlos: serme fiel.

Ahora sólo espero que, para alcanzar ese otro paraíso, esta vez elija el camino menos rebuscado.

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