10 cosas raras que se han vuelto normales con Donald Trump en la Casa Blanca

Mucho ha cambiado en la política estadounidense desde que el republicano le ganó las elecciones a Hillary Clinton de manera sorpresiva a juzgar por las encuestas y sondeos previos. Hoy en Washington, cosas que serían impensables un año atrás son parte del panorama.

Fotos/Getty Images Arte/David Maris

El 8 noviembre de 2016 se produjo un verdadero terremoto en la política de EEUU, no solo por lo inesperado del triunfo de Donald Trump sobre la demócrata Hillary Clinton, sino por los cambios que empezaron a generarse en la manera cómo se manejan los asuntos en Washington DC. Acá les presentamos una lista con algunas de ellas.

Los resultados la noche del martes 8 de noviembre de 2016 Elsa/Getty Images

1. La mirada en el retrovisor

Donald Trump no se olvida de Hillary Clinton, la recuerda cada vez que repite que él ganó las elecciones. Ya dejó de insistir en la falsedad de que su triunfo en el Colegio Electoral había sido el “mayor” en mucho tiempo y olvida que perdió el voto popular por unos 3 millones ante la demócrata.

Además, el presidente mira hacia atrás permanentemente para criticar lo que hizo su predecesor, Barack Obama, y explicar algunos fallos que podrían achacársele a su gobierno. Es parte de su estrategia de 'campaña electoral permanente' en la que parece haberse embarcado desde el día que ganó las elecciones.


Por lo general, los nuevos mandatarios dejan el lenguaje de confrontación y sin importar las diferencias políticas no critican mucho lo que hizo el gobierno anterior. Se empeñan en desmontar algunas de sus políticas, pero sin denostar al que vino antes.

Desde el primer momento Trump se ha dedicado a recordar los “desastres” que hizo Obama. Pero, sobre todo, lo ha dicho ante dignatarios extranjeros de visita en Washington o durante algunas de sus salidas al exterior. Aquello de no debatir de asuntos internos ante extraños no es práctica de la actual Casa Blanca.

2. La incontinencia presidencial

Una notable característica de la era de Trump es la permanente presencia de las opiniones del presidente sobre temas que van desde deportivos (como la polémica sobre las protestas de jugadores durante el himno nacional) hasta cualquier otro de política que tradicionalmente suele manejarse con cautela para garantizar que se cumplen sus compromisos.

Desde su cuenta de Twitter, Trump suele hablar de lo divino y lo profano con una asombrosa frecuencia, y muchas veces reflejando versiones que no están respaldadas por los hechos. En algunos casos, el presidente promueve descabellados enfoques vistos en medios de extrema derecha muy dados a la denuncia de supuestos complots liberales.

Un momento en el que el presidente perdió la oportunidad de quedarse callado fue con la polémica en torno al tono supuestamente grosero que tuvo en una conversación con la viuda de un militar muerto en Níger. Pese a que la familia del militar dijo haberse sentido ofendida por la llamada, el presidente siguió insistiendo hasta el final que la conversación fue “agradable”, metiendo a una familia en un debate mediático que duró varios días.

3. Las críticas a la justicia

Ni en tiempos de Richard Nixon, quien como Trump era objeto de una investigación especial de Departamento de Justicia, el poder ejecutivo tuvo tantos roces con el judicial. El despido de James Comey como director del FBI motivó la creación de una fiscalía especial que averigua si el presidente intentó influenciar una investigación federal. Pese a que la dirige Robert Mueller, un respetado exdirector del FBI, Trump no duda en calificarla como “caza de brujas”.

Los varios reveses que han sufrido sus decretos migratorios para detener la entrada de ciudadanos de varios países de mayoría musulmana han sido cuestionados por el presidente como movidas políticas de jueces liberales, un argumento que no suele usarse en la clase política en Washington siempre respetuosa de la institucionalidad representada en el sistema de justicia

En una reciente entrevista, el presidente dio a entender que, aunque la entiende, le incomoda la separación que hay entre el ejecutivo y la justicia porque le impide hacer cosas que le “gustaría” hacer. Esa declaración generó revuelo entre quienes temen que Trump politice al sistema.

4. El divisionista en jefe

Los presidentes suelen ser voces que buscan unir a la sociedad, sobre todo en momentos de tragedia nacional, cuando muchos buscan una guía moral. Trump no ha cumplido ese rol hasta ahora. Pasó en agosto con los eventos en Charlottesville, Virginia, cuando equiparó a grupos supremacistas blancos y neonazis con activistas por los derechos humanos que se les enfrentaban. En aquella oportunidad, tras criticar la violencia que dejó a una manifestante liberal muerta, Trump aseguró que había “gente buena” de lado y lado, lo que desató una dura polémica, incluso dentro de su gabinete.

Durante la emergencia en Puerto Rico en septiembre a causa del huracán María, el presidente pareció responsabilizar a los puertorriqueños por la mala situación económica y física de la isla, además de recordarles que debían pagar su deuda de 70,000 millones de dólares y que la ayuda federal no se mantendría por siempre, esta última un aclaratoria innecesaria considerando que se trata de una asistencia de emergencia.


Con el atentado en Nueva York de principios de noviembre que dejó ocho personas muertas, el presidente rápidamente politizó el tema dando a entender que la llamada lotería de visas había dejado entrar al país al hombre que se señala como responsable del ataque.

5. La pelea con los suyos

Aunque Trump no haya sido el favorito de muchos dentro del Partido Republicano, haber llegado a la Casa Blanca permitía a los republicanos concretar el sueño de controlar el poder ejecutivo y el legislativo para trabajar sobre su agenda política. Sin embargo, no todo ha salido como esperaban, empezando por la imposibilidad de derogar y reemplazar la Ley de Cuidados de Salud Asequible u Obamacare, un empeño conservador de los últimos siete años.

El fracaso republicano enfureció a Trump, quien le achacó toda la responsabilidad a los congresistas de su partido, sin reconocer que quizá una mejor coordinación de la Casa Blanca en el proceso de negociación parlamentaria habría ayudado a conseguir el objetivo.

Pero el presidente prefirió usar su cuenta Twitter para amenazar a congresistas que no estaban de acuerdo o para exponer ideas que a veces se contradecían, confundiendo incluso a sus propios partidarios sobre qué esperaba que quedara en lugar de Obamacare.

El extraño equilibrio de Trump y el GOP quedó evidenciado al final de su almuerzo con Mitch McConnell a mediads de octubre, cuando quiso exhibir la fuerza de la unión con el líder de los republicanos en el Senado, pero al mismo tiempo dijo entender la frustración que lleva a su ex estratega jefe y director de campaña Steve Bannon a declararle la guerra al establishment republicano, uno de cuyos principales representantes es McConnell.

Trump ha logrado hasta ahora sacar de la vía a senadores que se le oponen, como Jeff Flake, de Arizona o Bob Corker, de Tennessee, quienes tras perder su pulso con el mandatario han decidido no presentarse a la reelección.

6. Contra su propio gobierno

Pocas veces se produce el fenómeno de un presidente dudando de sus ministros tan temprano en su gestión. Empezó con su fiscal general, Jeff Sessions, a quien cuestionó el haberse inhibido en el caso de la investigación del llamado ‘Rusiagate’.

Durante semanas parecía que el futuro de Sessions estaba decidido y que su salida del gabinete era inminente. Algo similar sucedió poco después con el secretario de Estado, Rex Tillerson, a quien ha desautorizado en varias oportunidades por su manejo de las tensiones con Corea del Norte.

7. La inestable Casa Blanca

Una alta rotación de personas en posiciones clave ha caracterizado los primeros meses del gobierno. Diez altos funcionarios han renunciado, incluyendo al primer jefe de gabinete Reince Priebus, el portavoz Sean Spicer o el estratega jefe Steve Bannon. Los tres salieron tras el breve paso del vendaval que significó a fines de julio la llegada de Anthony Scaramucci como director de Comunicaciones de la presidencia, cargo del que éste salió al asumir el general John Kelly como nuevo jefe de gabinete.

El primero en salir fue Michael Flynn, quien se vio obligado a dejar de consejero de Seguridad apenas 23 días después de asumirlo, luego de que los medios descubrieran que mintió al Senado sobre la naturaleza de sus contactos con diplomáticos rusos.

Otra salida anómala, aunque no sea funcionario de la Casa Blanca, fue la del director del FBI James Comey, a quien el presidente despidió intempestivamente cuando sólo llevaba tres años en un cargo que debería haber durado diez.

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8. El pulso con los medios

Trump ha sido el único nuevo presidente de los últimos años que no ha gozado de luna de miel con los medios que tienen los recién llegados a la Casa Blanca. Desde el primer momento, se mantuvo la dinámica de confrontación entre la prensa y el presidente que se venía registrado desde la campaña electoral.

El día que Sean Spicer estrenó el podio de la sala de prensa fue el primer disparo de una guerra que dura ya nueve meses. En aquella ocasión, Spicer arremetió contra los periodistas que cuestionaban la (falsa) versión de que la ceremonia de juramentación de Trump había sido la más concurrida de la historia “y punto”, dijo el portavoz.

Ese pulso con la prensa lo ha seguido Sarah Huckabee Sanders, sobre quien recae la tarea de tener que defender un gobierno al que los medios tienen bajo la lupa como pocos en la historia reciente.

9. La mentira sistemática

En ese pugilato ambos se señalan como mentirosos, pues mientras la Casa Blanca despacha casi toda crítica como una confabulación de “fake news” de tendencia liberal, los medios se esfuerzan en analizar con detalle la exactitud de cada tuit o mensaje presidencial.

A fines de agosto, The Washington Post indicó que el presidente había superado las cifra de mil declaraciones falsas o engañosas, un promedio de 5 por día, lo que consideró un “número impresionante bajo cualquier medida”

10. Y un expresidente activo

Como resultado de esas anomalías introducidas desde la elección de Trump, ahora su predecesor, Barack Obama, está metido en la política activa como pocas veces se ha visto con un expresidente. Pasaron varios años antes de que George W. Bush dijera algo sobre la gestión de Obama y solo para aclarar que él no criticaba al presidente en ejercicio porque era un trabajo muy difícil.

En el caso del actual gobierno, Obama ha cuestionado varias veces decisiones tomadas por Trump, sobre todo su empeño de derogar Obamacare o el de acabar con el programa de acción diferida para menores inmigrantes, conocido como DACA.


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