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Coronavirus

Lo que aprendí de mi contagio de covid-19 estando completamente vacunada

Hice hasta lo imposible por evitarlo, pero la variante delta del coronavirus encontró la forma de escabullirse en mi casa y de infectarnos a todos. La vacuna no impidió que enfermara, pero estoy más convencida que nunca sobre sus beneficios. Lo que nunca esperé es que síntomas considerados clínicamente como ‘leves’ pudieran hacerlo sentir a uno tan miserable.
15 Sep 2021 – 09:37 AM EDT
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Tener en casa pruebas rápidas para el covid-19 nos ayudó a ganar tiempo y detectar algunos contagios, pero sí hubo algunos falsos negativos en nuestra familia. Crédito: ALBERTO PIZZOLI/AFP via Getty Images

Llevo año y medio prácticamente escribiendo y leyendo del coronavirus a diario y, en consecuencia -consciente de sus peligros- he intentado esquivarlo a toda costa. Durante los primeros 12 meses prácticamente no salí de casa sino a parques al aire libre y desolados, dejé a mis hijos en escuela virtual y renuncié a pisar cualquier espacio cerrado que no fuera imprescindible.

Pese a todos estos esfuerzos, durante el fin de semana del Labor Day el virus se escabulló en mi casa. Conocí a mi enemigo cara a cara: pasé a formar parte de la ‘desafortunada’ lista de quienes sufren las llamadas breakthrough infections: quienes se contagian tras la vacunación completa.

Sabía que era posible: los datos de Israel y Estados Unidos apuntaba a que estos contagios en vacunados estaban aumentando con la variante delta. Me había vacunado en marzo y ya estaba por alcanzar el umbral de los seis meses cuando se cree que la inmunidad ante la enfermedad sintomática se reduce.

Esperaba ansiosa a que llegara el 20 de septiembre cuando se espera que más gente califique para un refuerzo y en el ínterin redoblamos las precauciones en casa, pues los casos en nuestra comunidad en la ciudad de Houston, Texas, estaban rampantes.

No era la única cuenta regresiva que llevaba: mucho más importante era la de la autorización de una vacuna de emergencia para los niños menores de 12 años, que se esperaba inicialmente para septiembre, pero que ha experimentado retrasos.

Con el regreso a clases en Texas sin máscarillas obligatorias para todos y con cada nueva notificación de ‘posible exposición’ de mis hijos en mi bandeja de entrada sabía que las probabilidades de que llegáramos invictos a esa fecha no jugaban a favor.

Una proyección de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) vaticinaba que, en planteles con pocas medidas de mitigación como los nuestros, la gran mayoría de los alumnos se contagiaría en los primeros tres meses.

Y así fue.

Una notificación de contacto directo en la clase de mi hijo mayor que está en tercer grado encendió las alertas. Quise creer que quizá la máscara KN95 con la que lo mandaba serviría de escudo, pero por precaución y responsabilidad (en Texas no es obligatorio) decidí dejarlo en casa en cuarentena.

Y por más vigilante que creí estar durante esos días, acaso por evasión, atribuí el leve dolor de cabeza del que se quejó inicialmente a que había pasado mala noche y la poca congestión nasal que tuvo a las alergias por haber estado en el jardín. A fin de cuentas, estaba contento, alimentándose y jugando como si nada. Nunca hubo tos o fiebre.

Llegué a pensar que estábamos fuera de peligro cuando mi esposo, completamente vacunado desde marzo, se quejó de un resfriado y por precaución decidió hacerse una prueba casera de esas que ya teníamos guardadas anticipando lo peor.

Creí que estaba bromeando cuando me dijo que había dado positivo.

Tras más de 500 días de declarada la pandemia, el tan temido coronavirus nos había alcanzado.

De inmediato supe que había que hacerle la prueba a mi hijo mayor: claramente el ‘caso índice’ de nuestro pequeño brote familiar.

Me había preparado logística y mentalmente para esto. “Sabes qué hacer”, me repetí una vez que superé la parálisis en la que en mi mente rebobinaba todas las veces había ayudado a mi hijo a lavarse los dientes o los ronquidos de mi esposo quien la noche anterior habría expulsado quién sabe cuántas partículas virales.

Hubiéramos podido rendirnos entonces, lo que en retrospectiva hubiera aliviado la carga logística y emocional que implicó separarnos todos bajo el mismo techo por varios días.

Pero, con las pruebas caseras negativas en mano mías y de mi hijo menor, decidimos intentar evitar lo inevitable: separarnos como si así pudiéramos borrar toda la transmisión que ya había ocurrido en la fase presintomática de la enfermedad.

Desterramos a los contagiados al piso de arriba. Por suerte, teníamos espacio para hacerlo.

Abajo quedamos Lucas, mi hijo de seis, la bebé de 2 años -a quien a falta de síntomas no vi necesidad de hacerle la incómoda prueba- mi hermana que estaba alojándose con nosotros y yo.

Le armé a mi esposo un ‘kit’ para manejar los síntomas, que es lo que queda en estos casos: oxímetro de pulso, analgésicos, termómetros, pañuelos y descongestionantes.

Él decía sentir un resfriado “fuerte”, con dolor muscular, mucha fatiga y congestión.

Prendí al máximo el purificador de aire en la planta baja y abrí todas las ventanas.

Pedí un mercado con envío a domicilio para dos semanas de encierro.

El siguiente paso fue buscar una cita para hacernos la prueba del PCR que en Houston escasean por el repunte de contagios. Sólo encontramos una para dentro de tres días.

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Sabía que las pruebas caseras tenían un margen de error y con lo difícil que había sido tomarle la muestra a mi hijo de seis años en el que la congestión nasal es una constante debido a sus alergias, no descartaba que estuviéramos positivos.

La posibilidad se hizo evidente el sábado con una sensación de carraspera que me motivó a repetir la prueba casera que dio negativo una segunda vez.

Para el domingo, día del PCR, todavía sin resultado que lo confirmara en mano, no me quedaba la menor duda: tenía covid-19.

No tan suave como pensé

Se habla de que las breakthorugh infections o contagios en vacunados suelen ser leves, pero cuando te toca entiendes que el leve en términos médicos se queda corto ante la magnitud del malestar que uno, un vulgar paciente, experimenta.

Clínicamente suave significa que no requiere de una visita a una sala de emergencia u hospital, pero no te exime de sentirte miserable.

Al enfermar, entendí que mi esposo no exageraba cuando hablaba de fatiga extrema: esto estaba lejos del resfriado suave que creí sufrían quienes -como yo- estaban completamente vacunados. Tareas simples como cocinar o cambiarle el pañal a mi hija parecían de pronto extenuantes maratones. Y pedir ayuda simplemente no es una opción cuando implica exponer a otros al covid-19. Cuidar de tres niños, incluso con la fortuna de que presenten síntomas muy muy leves, se hace entonces una labor titánica.

Para el momento en que recibí los resultados positivos del PCR mío y de Lucas, ya la congestión había pasado a una intensa sinusitis con dolor de cabeza. Después vino la pérdida completa del olfato y el gusto, algo que jamás había experimentado y que también sufrió mi hermana, a quien el haber recibido su segunda dosis de Pfizer un mes después de nosotros no la blindó del contagio.

Sus síntomas fueron exactos a los míos: recargo de fiebre un par de noches, congestión, fatiga extrema e incapacidad total de distinguir el sabor o aroma de cualquier alimento.

A mi esposo no le ocurrió y jamás perdió ni siquiera el apetito, pero sí se le inflamó mucho la garganta.

Ninguno de los tres adultos completamente vacunados que estábamos en casa (que tampoco padecemos ninguna condición que comprometa nuestro sistema inmune) sufrió de tos o dificultad respiratoria, ni siquiera yo que soy asmática o mi hermana que ya está cerca de los 60, lo que claramente habla de la eficacia de las vacunas para proteger contra lo más importante: la enfermedad severa y la muerte.

Varios análisis de datos del mundo real como uno reciente divulgado por los CDC en agosto a partir de datos de Nueva York, confirman que la protección de las vacunas contra la hospitalización en la mayoría de la población sigue rondando aproximadamente el 95%.

Ahí, lamentándonos e indispuestos, los tres adultos en casa éramos vivo ejemplo de la importancia de vacunarse.

Haber estado vacunados nos dio la tranquilidad de saber que las probabilidades de salir bien parados de esto estaban a nuestro favor.

Porque, esta era una batalla física, pero también mental. Después de todo se trataba del virus del que escribí que puede causar problemas neurológicos y que está asociado a una larga lista de secuelas a largo plazo.

Estaba conociendo cada a cara al enemigo del que huí a toda costa, pero que terminó alcanzándome no por relajarme -nunca lo hice-, sino porque las autoridades locales decidieron prácticamente ignorar la amenaza que representa.

Mi casa, de pronto, se convirtió en un gran laboratorio donde pude comprobar todas esas cosas que se dicen sobre la transmisión presintomática, la levedad de los síntomas en la mayoría de los niños, la efectividad de las vacunas que se reduce para prevenir la enfermedad sintomática, pero que se mantiene intacta para evitar mayores tragedias.

He sido testigo de que, para la mayoría de las personas vacunadas, incluso el tan temido contagio puede tener un desenlace “feliz” -lo que no implica que no debamos seguir haciendo todo lo que está en nuestras manos para evitarlo: créanme, enfermar de covid-19 es muy desagradable-.

Todos estábamos bastante mejor al cabo de una semana, aunque todavía queda una estela de cansancio.

El covid-19 ya está en el proceso de hacerse endémico. Llegó el momento de asumirlo: todo apunta a que todos lo contraeremos tarde o temprano. Pero que nuestro organismo sepa reconocerlo nos da una gran ventaja. Que la vacuna no me haya protegido de enfermar no me hace menos agradecida por tenerla: mejor ni imaginar cuánto peor hubiera sido todo sin ella…

Dudas que tuve (y sus respuestas)

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