Salud y Mujer

Cuando un bebé llega demasiado temprano: "Al verla en la incubadora entendí lo que es nacer sin estar listo"

Mayra Ramallo salió del hospital después de dar a luz a los 7 meses con un osito de peluche. Su hija Mia permaneció en cuidados intensivos durante 9 semanas en las que, con el apoyo de sus padres y enfermeras, fue superando los retos que impone el llegar al mundo antes de tiempo. Se trata de una batalla de largo aliento; aquí lo cuenta en primera persona.

Tuve un embarazo espectacular hasta la semana 28 cuando, de la noche a la mañana, sentí algo raro en mi cuerpo. Corría 2013, acababa de emigrar de Venezuela a Estados Unidos y estaba cursando una especialización, así que afrontaba distintos procesos nuevos simultáneamente: nuevo país, primer embarazo, retomar los estudios. Pero lo asumía como si nada. Cuando no estaba en clases, me encontraba construyendo esa nueva vida y era común que estudiara durante las noches. En mi cabeza estaba feliz por ese nuevo capítulo, pero por debajo tenía toda esa ansiedad. Tiempo después, al investigar sobre los partos prematuros leí que tienen una asociación al horario laboral nocturno. Quizá eso y el hecho de estar emigrando influyó.

La señal de alarma ocurrió un lunes en la mañana, justo después de dejar a mi esposo en el aeropuerto. De regreso, tuve que orillarme en la autopista para vomitar. Llamé a una amiga para que me llevara al médico porque sabía que no podría llegar hasta allí por mi cuenta. Durante la consulta el obstetra notó que tenía un exceso de líquido amniótico, una condición muy extraña llamada hidropesía fetal. En 18 años de ejercicio profesional, él nunca había visto un caso similar. Desde la cita anterior que había sido quince días antes, la barriga me había crecido demasiado. Parecía que tenía nueve meses de embarazo, cuando en realidad tenía apenas siete.


Antes de darme el diagnóstico, el médico salió a consultarlo con otros. Después regresó y me dijo: “No te pongas a llorar, pero vamos a tener que hacerte una cesárea hoy”. Le pregunté si la bebé podía nacer tan temprano, en el séptimo mes de embarazo y me dijo que era complicado, pero que sí.

Después de darme la noticia, el doctor me mandó al North Shore Medical Center, una clínica que estaba preparada para atender casos complejos como el mío. Allí me conectaron a un aparato que monitoreaba constantemente el corazón de la bebé. Había que sacarla del vientre porque se desconocía cuánto líquido amniótico podía estar absorbiendo, pero el médico quiso prolongar la cesárea lo más que se pudiera y no hacerla de inmediato, como pensó inicialmente. Cada minuto que pudiera permanecer dentro del útero era valioso. Es cuando el bebé nace y lo ves en la incubadora cuando entiendes lo que implica que deba subsistir fuera del vientre materno sin estar preparado para nacer.

Así transcurrieron 15 días en los que estuve hospitalizada, durante los cuales fueron descartando todas las posibles causas de lo que me estaba pasando. Yo intenté bloquear todas esas razones porque el panorama era muy negativo. Tres podían ser las explicaciones de lo que me estaba ocurriendo: o yo tenía anemia (no fue así), o la bebé venía con un problema genético o simplemente no había razón médica y era algo completamente aleatorio. Terminó siendo la última opción, pero eso no lo supe hasta mucho después.

Incluso me hicieron la amniocentesis, un examen tan difícil en esa etapa del embarazo, para descartar que la niña viniera mal. Aún recuerdo que el médico que la hizo me dijo que en Florida no era legal abortar con un embarazo tan avanzado, pero que podía volar a otro estado y no tener a la bebé si los resultados eran negativos. Ahí pensé: “Esto no es posible. Yo he tenido un embarazo perfecto y nadie me va a meter en la cabeza que mi niña viene mal”. Mi mejor herramienta para manejar esos días tan duros fue convencerme de que no estaba ocurriendo nada. Era evidente que sí, pero ya era bastante estar acostada en la cama con el doppler y sintiéndome tan mal. Al menos tenía un buen seguro médico.


Después de 15 días, en los que dio tiempo a que regresara mi esposo que tenía el pasaporte retenido en un trámite migratorio en la embajada de EEUU en Caracas, Mia nació en la semana 30 porque comencé en trabajo de parto de forma natural. No la vi sino hasta siete horas después y antes el doctor me advirtió que ella estaba muy inflamada. Me lo pintó todo horrible como para prepararme para el shock, pero lo que imaginé fue mucho peor de lo que vi.

El apoyo que me ofreció el staff del hospital fue fundamental. Las enfermeras te ayudan a salir adelante porque es muy duro. Después del parto es muy difícil porque no tienes barriga, pero tampoco tienes a tu bebé contigo. Yo salí del hospital sentada en mi silla de ruedas con un osito de peluche que me dio una amiga, y no con Mia.

Estoy inmensamente agradecida con este país y con el equipo del hospital por la forma en que manejaron mi situación. Las enfermeras se convirtieron como en familia y siempre que puedo voy a visitarlas.

Un día, una batalla

Con los bebés prematuros cada día que pasa es una batalla ganada. Todo para ellos es un reto a superar, incluso lo más básico como succionar, pues no nacen con ese reflejo desarrollado. Por eso, la lactancia cuesta mucho porque estás produciendo leche, pero no hay bebé que succione todavía. Yo vivía sacándome leche e iba religiosamente a llevársela a Mia en el hospital. Las enfermeras te dicen que salgas de la clínica, porque pasas horas viendo al bebé en la incubadora.

Uno se hace un experto leyendo los monitores y entendiendo los códigos para saber cómo va su bebé. Uno de los pocos temas de salud que debió enfrentar Mia fue la bradicardia, que ocurre cuando los latidos del bebé son muy lentos y muy bajos. Le ocurre a muchos prematuros, que se quedan como dormidos y se olvidan de respirar, por eso hay que despertarlos en ese momento.

Cuando finalmente nos fuimos a casa tuvimos que llevarnos los monitores cardíacos. Ahora hay dispositivos más prácticos que se conectan a tu teléfono mediante una app y te avisan si los latidos del bebé disminuyen.

Las nueve semanas que pasamos en el hospital luego de que naciera Mia, no fueron nada en comparación con lo que vivimos después. Antes de que puedas llevarte a tu bebé prematuro del hospital debes hacer varios talleres como el de CPR para estar preparado para todas las situaciones que se te pueden presentar afuera.

Al mes de tenerla con nosotros, apenas tres días después de haber dejado de usar los monitores, pasamos el peor susto de nuestra vida.

Un problema muy frecuente en los prematuros es el reflujo y en Mia era muy severo porque además era silente, no anunciaba. Ese día le vino uno y se ahogó. Cuando mi esposo la vio estaba morada y no respiraba. Le grité: “Hazle CPR” mientras yo llamaba al 911, tal y como habíamos aprendido en el curso. Él lo intentó, pero al principio ella no reaccionaba. Gracias a Dios, logró reanimarla. Revivió como por un milagro. A uno en ese momento se le pasa como una película en la cabeza, en ese instante yo vi a mi hija cumpliendo 15 años. Cuando a los 11 minutos llegó la ambulancia, ya estaba respirando. Hasta hoy no había querido recordar todo eso.

Reanudar el lazo

Durante todo el primer año mi esposo y yo nos dedicamos de lleno a Mia y apoyarla en su proceso. Ambos trabajábamos desde casa y eso lo facilitó. Con los bebés prematuros ocurre que, como pasan de nacer directo a la incubadora, ocurre una desconexión abrupta, para uno y para ellos. Como papá hay que reforzar el lazo para recuperar todo ese tiempo. Pasamos horas cargando a Mia. El contacto piel con piel es fundamental. También la lactancia.

Regularmente asistimos a clases de estimulación temprana y a varios programas para ayudarla en su desarrollo. Los papás de bebés prematuros sabemos que no podemos compararnos con los demás y eso no nos afecta tanto porque hay cosas mucho más duras con las que lidiamos. Mia tenía dos meses de atraso.


A partir de que cumplió siete meses dejamos de hacer cosas que se hacen para cuidar a un bebé prematuro, sin embargo , es a los dos años cuando finalmente se ponen al día con el resto de los niños. Pero luego, se vuelven muy rápidos en todo y eso nos ocurrió con Mia, que es muy avispada. Los bebés prematuros se convierten en luchadores de por vida. Ya tiene 4 años.

Con todo lo que vivimos, como periodista, necesité desahogarme y compartir lo que estaba viviendo. De ahí nació el proyecto MamaMia, que partió de mi experiencia como mamá de una bebé prematura, pero que ha ido creciendo junto a nosotras y ahora no se limita a esa temática. Yo lo llamo reality no tan show porque es mi manera de ver la vida, de una perspectiva tragicómica. La maternidad es hermosa entre comillas: es lo más bello del mundo pero mientras estás en ese viaje es difícil a veces.

A las mamás de bebés prematuros les digo que hay que entender que esto es un proceso muy mental: hay que tener fortaleza y centrarse en transmitir la mejor energía al bebé. Uno debe abstraerse un poco del tema médico, saber que las crisis van a ocurrir, pero ese momento debes vivirlo en la gratitud y no en el agobio o la tristeza porque luego no vas a poder retroceder a esos primeros días que, aunque para ti ocurrieron de forma distinta, siguen siendo una bendición porque tienes a tu bebé ahí contigo.

Este testimonio fue reporteado y editado por la periodista María Isabel Capiello.