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Stephen Miller: el Rasputín de Trump

"En realidad, Miller ha resultado ser un personaje tan siniestro y nocivo que nunca debió figurar como asesor de un presidente, ni siquiera de uno tan descarriado como Trump; y se merece una suerte peor que la destitución: una investigación a fondo que acaso conduzca a un proceso criminal por violaciones flagrantes a los derechos humanos".
Opinión
Miembro de la unidad política de Univision Noticias.
2019-11-25T10:57:57-05:00

Más de 100 representantes y 20 senadores demócratas están exigiendo la renuncia de Stephen Miller, el Rasputín de la Casa Blanca de Donald Trump. La petición se basa en la filtración de cientos de correos electrónicos en los que Miller, poco antes de convertirse en asesor de Trump, recomendaba portales de internet e ideas de supremacistas blancos – léase racistas – a “periodistas” de la publicación ultraconservadora Breibart.


En realidad, Miller ha resultado ser un personaje tan siniestro y nocivo que nunca debió figurar como asesor de un presidente, ni siquiera de uno tan descarriado como Trump; y se merece una suerte peor que la destitución: una investigación a fondo que acaso conduzca a un proceso criminal por violaciones flagrantes a los derechos humanos.

Miller, de 34 años, inició su vertiginosa carrera política como asesor de otro sospechoso de racismo, el entonces senador de Alabama, Jeff Sessions, quien por cierto aspira de nueva cuenta al cargo a pesar de las humillaciones que le infligiera Trump por recusarse de la investigación sobre la injerencia rusa en la contienda presidencial de 2016.

Ya por aquel entonces Miller ayudaba a Sessions a buscar agujas antiinmigrantes en el pajar de los antiguos estatutos y leyes excluyentes y discriminatorias del país y a perorar sobre el tema, según revelan Julie Hirschfeld Davis y Michael Shear en su magnífico Border Wars.

Luego se sumó a la campaña de Trump tras comprobar con fruición que éste abogaba por algunas de las ideas radicales contra los inmigrantes que él y Steve Bannon, otro sospechoso de “nacionalismo blanco” – léase racismo otra vez – habían promovido antes sin que les hicieran demasiado caso en Washington.

Mediante la adulación y justificación de sus propuestas más chocantes, Miller se ganó la confianza de Trump y éste lo nombró su asesor político y escritor de discursos una vez elegido presidente. Desde esa posición de influencia, el lúgubre consiglieri ha sido el autor o promotor de las medidas severas y abusivas que ha adoptado el gobierno de Trump contra los inmigrantes en general y contra los inmigrantes hispanos y negros en particular.

Miller fue el arquitecto de la política de tolerancia cero, la cual ha separado en la frontera con México a miles de niños inmigrantes de sus padres, política que él monstruosamente calificara de “una decisión simple”; también fue el motor principal, junto a Bannon, del veto migratorio a viajeros de países predominantemente musulmanes; de la reducción primero y la eliminación después del ingreso de refugiados que sufren persecución en su países de origen; de la campaña contra la protección migratoria temporal o TPS para haitianos, hondureños, salvadoreños y nicaragüenses; del rechazo sistemático a los solicitantes de asilo; de la política de carga pública, mediante la cual el gobierno trumpista niega el ingreso a Estados Unidos a personas que supuestamente se convertirían en una carga para el gobierno y también la residencia y ciudadanía a inmigrantes que en algún momento de sus vidas recibieron asistencia gubernamental; y de medidas que en general recortan la inmigración legal a los niveles más bajos en la historia moderna del país.

Diversos medios han documentado, además, cómo Miller ha forzado la destitución o renuncia de funcionarios que de forma profesional cuestionaron sus recomendaciones extremas, con la intención de reemplazarlos por otros dispuestos a obedecer ciegamente las crudas órdenes que les impartan Trump y el propio Miller. Un caso reciente es el de la exsecretaria de seguridad nacional, Kristjen Nielsen.

Algunos comentaristas creen haber descubierto el origen del odio visceral de Miller a los inmigrantes en la quiebra de una cadena de supermercados que tuviera la familia de su madre, Miriam Glasser Miller, en la localidad de Johnstown, Pensilvania, cuando Miller era adolescente. La ruina obligó a la familia a mudarse a California, donde Miller dejó una estela de antipatía en la Secundaria de Santa Mónica.

Su tío, el neuropsicólogo David Glasser, lo acusó en una columna de opinión, publicada el año pasado, de ser un “hipócrita migratorio” ( an immigration hypocrite). Se refería a que ambos descienden de familias judías que huyeron de las persecuciones antisemitas en Bielorrusia a principios del siglo XX.

“He observado con vergüenza y horror creciente”, escribió el doctor Glasser, “cómo mi sobrino, un hombre educado que conoce bien su herencia se ha convertido en el arquitecto de políticas migratorias que repudian el fundamento mismo de la vida de nuestra familia en este país”.

El senador republicano, Lindsey Graham, advierte que “mientras Stephen Miller esté a cargo de las negociaciones sobre inmigración, no vamos a ir a ninguna parte”. Hillary Clinton asegura que “cada día en que Miller permanece en la Casa Blanca es una emergencia”. Y la representante demócrata, Alexandra Ocasio-Cortez, le califica de “arquitecto de abusos masivos a los derechos humanos en la frontera”.

Trump, desde luego, lo protegerá mientras pueda, como protege a otros maleantes de su entorno. Pero no cabe duda de que Miller merece pagar por todo el sufrimiento que ha causado y que continúa causando a miles de inocentes. Su destitución sería un paso en la dirección correcta, aunque en modo alguno saldaría sus cuentas pendientes con la justicia y el decoro.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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