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Narco submarinos

Narcosubmarinos: viaje al fondo del mal

Una nueva bonanza de los sumergibles con drogas aparece en el radar del Pacífico. Durante varias semanas, periodistas de Univision Investiga indagaron cómo está operando esta industria desde las costas de Colombia a las de México.
24 Nov 2019 – 1:55 PM EST

Al asomarse por la escotilla del sumergible que llevaba 1,202 kilos de cocaína a alguna playa desolada en Centroamérica, en medio del mal tiempo y con los motores averiados, Jaime Valencia Mina vio un helicóptero de la Guardia Costera de Estados Unidos volando exactamente sobre su cabeza.

El pescador del empobrecido puerto de Buenaventura, Colombia, ya sabía lo que le esperaba esa tarde de julio de 2018 en medio del Pacífico.

Lo había vivido en el 2011 en el Caribe, en otro sumergible más grande y aparatoso que hoy adorna un museo naval de Honduras. En esa ocasión cumplió seis años de prisión en Estados Unidos, ahora está pagando 27.

Lección no aprendida, admitió Valencia desde una cárcel federal de Florida.


"Siempre la necesidad de vivir mejor, la esperanza de comprar una casa grande, de pagar la universidad a mis hijos y me gusta la buena vida", explicó. "Ya tenía una casita pequeña, quería una casa más grande, eso fue lo que me presionó, pero no valió la pena", agregó.


Valencia, de 53 años, es solo uno de cientos de humildes pescadores de Colombia, Ecuador y México que languidecen en cárceles de Estados Unidos condenados a penas superiores a las que cumplieron los dueños de la droga que transportaron. Ellos son el factor residual de la nueva bonanza de exportación de cocaína de Colombia en sumergibles claustrofóbicos e inseguros que llegan a puertos de Centroamérica y México sorteando toda clase de peligros.

"Es una experiencia suicida, una tragedia", advierte Valencia. "La gente no sabe si va a sobrevivir o no".

De acuerdo con la Armada Nacional de Colombia, este año se batió récord de capturas de este tipo de embarcaciones. Según la portavoz de la institución, hasta octubre se habían capturado 29, en comparación con 26 en el mismo mes del año pasado.

Algunos oficiales de la Armada le dijeron a Univision Investiga que las cifras son el resultado de una mayor eficacia de las autoridades.

Uno de ellos, Nelson Ahumada, comandante de la Brigada de Infantería Marina número 4, calcula que el índice de éxito de su fuerza es un 70%.


En el trasfondo hay una realidad menos debatible: Colombia sigue siendo el mayor exportador de cocaína del mundo y el 90% del producto sale por vía marítima.

El verano pasado, las imágenes de una patrulla de la Guarda Costera de Estados Unidos persiguiendo un semisumergible, mientras uno de los oficiales grita en un español improvisado “Altow tu barcow’’, se volvieron virales y revelaron la extraordinaria capacidad mercante de los narcos: el valor de la cocaína incautada superó los 200 millones de dólares, una cifra equivalente a un 20% del presupuesto anual de defensa de todos los países de Centroamérica. En un solo barco.

Otro extripulante entrevistado por Univision, y quien pidió no ser identificado por temor a represalias, aseguró que la posibilidad de burlar la vigilancia en el mar es más alta cuando los narcotraficantes, dueños de la mercancía, sobornan a autoridades para obtener la información confidencial de la ubicación de las fragatas de los servicios guardacostas de Colombia y Estados Unidos.


"Es conocido que en el Caribe patrulla un submarino de los Estados Unidos todo el Golfo de México", dijo ´Álvaro, excapitán de narco sumergibles cuyo verdadero nombre él pidió que omitiéramos por razones de seguridad.

Los "falsos positivos"

La bonanza de los narcosubmarinos tiene otros beneficios para los narcos.

Muchos de los navegantes, condenados a 10, 15 y hasta 20 años después de declarase culpables, sospechan que han sido delatados desde cárceles de Estados Unidos por narcotraficantes poderosos que buscan reducir sus penas. El montaje se conoce como "falso positivo" y supone que los narcos revelan a las autoridades la ubicación de las embarcaciones luego de que financian y organizan los viajes. Con ello se anotan una rebaja de sus condenas por colaboración con la justicia.

"El sistema está totalmente viciado, corrupto, de cada 10 viajes que salen, siete son entrega de falsos positivos", comentó Valencia en medio de una grabación que recuerda que la llamada "proviene de una cárcel federal".

Media docena de abogados penalistas de Florida y un exagente de la DEA comentaron a Univision que el fenómeno denunciado por Valencia es real y preocupante, pero muy difícil de probar.

"Es un sistema en el que gana el narco poderoso porque reduce su pena, gana el fiscal porque se anota una victoria, y gana el agente de la DEA porque suma puntos a su carrera, y el único que pierde es el pobre pescador que no tiene información para ofrecer", comentó un abogado que ha defendido varios de estos tripulantes.

Los capos quedan además protegidos por el secreto de los acuerdos de cooperación en donde casi nunca se revelan las operaciones que contribuyeron para reducir sus condenas, agrega el abogado que pidió no ser identificado para no indisponer a los fiscales.

Sueños en efectivo

La mayoría de los capitanes de los sumergibles son campesinos afrodescendientes del litoral pacífico colombiano que conocen los caprichos del mar y que, por pagos de 40,000 a 50,000 dólares, asumen el riesgo de comandar las embarcaciones artesanales hasta las costas de Guatemala, Honduras, Nicaragua o el sur de México.

De acuerdo con Valencia, al maquinista le pagan 25,000 dólares y a cada marinero 10,000. Según los grados de confianza, antes de zarpar, la tripulación recibe un "suplido" o anticipo de entre el 30% y el 50% de lo prometido. El resto se lo entregan después de que la droga llegue a su destino.

Para un pescador que no gana más de 200 dólares al mes, los pagos son un alivio económico significativo.


En medio de los escasos momentos de calma de la travesía, los tripulantes comparten entre ellos los planes de inversión, recuerda Álvaro.

Hablan de comprar casas, fincas, automóviles, de pagar deudas y hacer fiestas.

"Empezar a soñar y qué vamos a hacer con ese dinero, todos empezamos a decir: 'Yo lo quiero para esto o para lo otro'", recuerda Álvaro.

Sin respiro

Los excapitanes entrevistados coinciden en que los días dentro de las embarcaciones cerradas, bajo un calor infernal y con poco oxígeno son extremadamente tensos. No hay espacio ni tiempo para dormir. Y el hambre no es un problema acucioso.

"Duranta sobrevivir", dijo Valencia. "Cada dos o tres días hacen necesidades. Se le baja un poco la velocidad a la embarcación y se abre un poco la escotilla para tirar eso afuera, en bolsas plásticas".


En su travesía por el Caribe, Valencia y sus tres acompañantes estuvieron a punto de ser embestidos por un buque de carga que vieron cómo se acercaba a su frágil embarcación. Al último momento lograron esquivarlo, explicó.

"Había poco aire en la cabina y eso fue muy peligroso. Lo que más temíamos era que fuéramos a desmayarnos o fallecer durante la trayectoria", comentó.

Asomarse por la escotilla no era una opción.

"Es muy peligroso abrir la escotilla porque hay olas de tres, cinco metros y muchos vientos. Entonces el agua entra en la cabina y se puede naufragar".

El miedo de Valencia a la falta de aire lo intensificaba un recuerdo trágico. Su hermano Luis Alberto murió a los 60 años en un semisumergible.

"Se le subió la presión y sufrió un infarto cardiaco debido a la alta temperatura que había en el motor. Él iba trabajando como mecánico", recordó el pescador.


Lo más angustioso, agrega Álvaro, es la incertidumbre de no saber si los guardacostas los están persiguiendo y, cuando menos se piensa, escuchar los gritos de los patrulleros en la cubierta golpeando la escotilla.

"Uno no nomás ve las cosas cerca. De pronto la luz de un barco o las luces de una malla de los pescadores", afirma Álvaro. "Pero no estamos mirando arriba, no sabemos si tenemos el helicóptero, no sabemos si tenemos el avión, no sabemos si tenemos la fragata de la Armada atrás a un lado o no sabemos qué está pasando".

La última opción

Valencia es uno de 12 hermanos de una familia muy humilde de Buenaventura, hijos de un agricultor y una modista.

Trabajó desde pequeño con una familia acomodada que le tomó cariño y se lo llevó como recadero a su casa del puerto, recuerda Lucía Valencia, su hermana.

A los 15 años regresó a su hogar y estudió hasta segundo año de secundaria. De adulto, trashumó como muchos de sus paisanos por los usuales empleos temporales de mar y tierra de Buenaventura. De vez en cuando, su hermano, el maquinista, lo llevaba de ayudante en los barcos pesqueros. Viajó a Venezuela "cuando todo estaba bueno por allá" y trabajó en construcción y minería. Cuando se le cerraron todas las puertas regresó a Cali sin dinero.

"A veces le salía un trabajo, hacían un viaje y se quedaba sin empleo dos o tres meses esperando una oportunidad", explicó Lucía.


Lucía es la hermana más cercana a Valencia. Ambos coinciden en que no hay una persona más importante en sus vidas que el otro. Por eso, cuando Lucía dejó de recibir la acostumbrada llamada diaria de su hermano, la segunda semana de julio de 2011, se preocupó.

Finalmente, Valencia la llamó desde Estados Unidos.

"Yo le dije: 'Hermano, ¿qué pasó? ¿Qué haces allá?'. Entonces me dijo: 'No, no te puedo explicar ahorita por teléfono, pero tuve un problema, hermanita, y estoy por acá'. Fue lo único que me dijo".

Lucía entendió de lo que se trataba "el problema" un mes después, cuando la llamaron para decirle que había explotado una bomba en la casa de su hermano en el barrio El Limonar de Cali, en donde vivía con su esposa y sus hijos, relata.

"De buenas que no hubo pérdidas humanas, pero sí hubo mucha pérdida material", comentó.


Tanto Lucía como la esposa de Valencia y sus hijos tuvieron que abandonar despavoridos y empezar una nueva vida en otra ciudad. Ni la esposa ni los hijos volvieron a hablarle a Valencia, según Lucía.

"Eso es muy duro para cualquier padre, para cualquier ser humano que le pase eso. Uno espera que la familia esté con uno y lo apoye. ¿Cierto? Es lo más lógico, pero debido a eso la gente se escondió, se fueron. Nadie quería saber nada".

El primer sumergible caribeño

Los semisumergibles generalmente parten de la costa del Pacífico de Colombia. Los oficiales guardacostas explicaron a Univision que la geografía de la región favorece la actividad. La mayoría de la cocaína se despacha desde esta zona despoblada de manglares por los que se abren paso bifurcaciones laberínticas de ríos y lagunas. Las estaciones de la cadena de producción de la cocaína en esta región del país son casi contiguas: la coca se siembra en las cercanas montañas de los departamentos costeros del Cauca y de Nariño; se procesa y se empaca en laboratorios vecinos y luego se lleva a las costas solitarias del litoral donde esperan los sumergibles.

"A menos de 10 kilómetros de donde estamos, podríamos encontrar una plantación de coca", explicó Ahumada Ojeda, al borde de una lancha artillada frente a las costas de Tumaco.

Ahumada señaló que la cadena del negocio está bajo el control, entre otros, de "los residuales" como se conoce en la jerga militar a los exguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarios de Colombia (FARC) que no se acogieron al proceso de paz con el gobierno.

Álvaro, el excapitán de sumergibles, cuenta que al principio las embarcaciones arribaban a las costas de México, pero el viaje era muy largo. Podía demorar entre 10 a 12 días. Luego se dirigían a Guatemala "pero ahorita el país por donde más se hace tránsito de droga es el país de Honduras".

Dice Álvaro que dos factores favorecen a Honduras como puerto de destino: la geografía y falta de vigilancia.

En su primer intento fallido de introducir la droga a Honduras, Valencia no zarpó del Pacífico. El semisumergible que comandaba salió del puerto San Rafel del Moján, sobre el Lago de Maracaibo, Venezuela, donde el aparato había sido construido. La embarcación no llevaba droga, pero fue cargada con cinco toneladas a unas millas de la costa de la Guajira colombiana, explicó Valencia.

A cinco millas de la playa de Honduras, la embarcación fue avistada por un helicóptero de la Guardia Costera de Estados Unidos. Según una ley que no ha sido disputada por ningún país latinoamericano, las autoridades estadounidenses están facultadas para interceptar en altamar cualquier embarcación que no despliegue la bandera de un país.


El aparato de Valencia no tenía bandera. Los tripulantes fueron arrestados y llevados a Estados Unidos. Siete años después, Valencia volvió a caer. De nuevo llamó a su hermana.

"Me dijo: 'Hermana espero que sea fuerte, te quiero mucho, yo quiero a toda mi familia'. Pero pues me llamó a mí. 'No puedo hablar mucho', me dijo, 'pero estoy otra vez acá'", recuerda Lucía.

Valencia lo sigue lamentando.

"He perdido todo", dijo. "Prácticamente estoy muerto en vida".

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