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Coronavirus

Encerrados, con miedo, pero con humor: así se vive España la cuarentena por el coronavirus

La población de España acata la cuarentena, luego de que el gobierno decretara el estado de alarma el 14 de marzo. En los barrios de Madrid, los vecinos comparten ánimos y recursos para sortear la crisis.
15 Mar 2020 – 04:25 PM EDT

MADRID, España.— Pasaban las ocho de la tarde del día 14 de marzo cuando el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, decretaba oficialmente el estado de alarma. Esto significa que el Gobierno central toma el control sobre todas las instituciones en pos de la salud pública y que el Ejército saldrá a las calles para garantizar la seguridad.

Las conversaciones de Whatsapp se paralizaban y la gente retrasaba sus cenas para escuchar las nuevas medidas de reclusión en las que todos viviremos, al menos, los próximos 15 días.

“Les anuncio que durante la vigencia del estado de alarma, las personas únicamente podrán circular por las vías de uso público para la organización de las siguientes actividades. En primer lugar, la adquisición de alimentos, productos farmacéuticos y de primera necesidad. En segundo lugar, la asistencia a centros, servicios y establecimientos sanitarios. El desplazamiento al lugar del trabajo para efectuar su prestación laboral, profesional o empresarial”, anunció el presidente en una rueda de prensa, sin periodistas presentes por los protocolos frente al virus, que la población española llevaba esperando desde hacía horas.

Así se oficializaba la indicación de quedarse en casa que la mayoría de la ciudadanía ya estaba cumpliendo desde hacía unas 24 horas y que los medios de comunicación nacional llevaban impulsando con el #YoMeQuedoEnCasa.


España es un país que acostumbra a apoyarse en el humor cuando las situaciones son complicadas, quizá por eso hacia la mitad de la comparecencia del presidente empezaron a multiplicarse los memes en las redes sociales y los chistes en Twitter.

El Gobierno había decidido dejar abiertas las peluquerías entre los establecimientos a los que sí se puede acudir. “Voy a hacerme las mechas”, puede leerse en un cartel de un conductor al que para la policía en una fotografía, fue uno de los memes con más éxito de la noche. Después se rebelaría que la medida fue dispuesta en atención a las personas que, debido a alguna discapacidad física, no pueden lavarse el pelo solas.


El retraso en la comparecencia del presidente hizo que el final de su intervención coincidiese, en cuestión de minutos, con una convocatoria informal que había tenido lugar por Whatsapp. A las 22 horas muchos españoles salimos a nuestros balcones a aplaudir. La ciudadanía expresaba así su apoyo al personal sanitario que está trabajando a destajo contra el virus desde hace ya más de una semana.

España mira con orgullo estos días su excelente sistema de salud pública. La emoción se adueñó de todos los que nos mirábamos en la distancia de nuestras terrazas conscientes de lo rápido que habían cambiado nuestras vidas desde que, hace apenas unos días, consideráramos el coronavirus apenas una “gripe”.

Yo llegué a Madrid hace ahora 48 horas proveniente de Miami. Pude tomar uno de los últimos vuelos antes de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cancelara los vuelos con Europa. En ese pequeño espacio de tiempo las conversaciones que comenzaron con las dudas sobre la cancelación de fiestas populares, como las Fallas de Valencia, pasaron a que muchos nos planteáramos si debíamos visitar a nuestros seres queridos o era una temeridad...y ahora discutimos si merece la pena salir a comprar o comemos lo que hay en casa.


Lo paradójico es que el ciclo se reproduce país a país. A mi llegada a España se sucedían los mensajes de amigos italianos que nos instaban a meternos en casa y tomárnoslo muy en serio. Nos llevó esas 48 horas concienciarnos. Bueno, pues anoche, mientras hablaba el presidente de España, mi madre discutía con una amiga en Suecia porque allí aún creen que “esto es una gripe”.

Cuando llegué a Madrid me sorprendió que al visitar el supermercado había muchos estantes vacíos. Eso es algo habitual en Estados Unidos con eventos como los huracanes, pero es la primera vez que se ve en España. El miedo no entiende a razones pese a que las autoridades no dejan de repetir que “el suministro está garantizado”.


Lo mismo pasó con el éxodo de gente hacia las segundas residencias. Las televisiones señalaban lo irresponsable de hacer esto al generar la dispersión del virus, pero la gente no atendía a razones.

En estos días también he visto la tremenda generosidad del pueblo español. Me acerqué a donar sangre ante el llamamiento de los sanitarios sobre la falta de reservas. En mi caso es una costumbre que mantengo desde los terribles atentados de Atocha el 11 de marzo de 2004 y que me ayuda a sentirme útil en momentos difíciles. Pues bien, allí me encontré una fila de más de 20 personas que pacientemente esperaron más de hora y media para donar y que mantuvieron la distancia necesaria para evitar contagios alargando esa fila a lo largo de toda la calle.


Mientras esperaba me encontré también un cartel que decía “Red de cuidados de Chamberí. Somos la misma gente que nos cruzamos por el bloque, el barrio...”. Chamberí es un barrio de Madrid. A través de ese póster en la calle un grupo de vecinos dejaban sus números de teléfono y se ofrecían a hacer las compras o ayudar como necesitasen a las personas mayores o población de riesgo.

Después de hacer las últimas compras, me metí en casa y comencé la reclusión, 24 horas antes de que fuese obligatorio. Durante este tiempo también he visto las dos caras de España. He participado de cómo los vecinos nos pasábamos comida de terraza a terraza (paño mediante para no tocar platos ajenos). Pero también he escuchado una fiesta dos terrazas más allá.

Una conocida presentadora de un programa del corazón, que resulta ser vecina mía (y haber participado en la cadena solidaria) había invitado amigos a su terraza y tenían, cita textual, un “coronacumple”. No pasaría nada por esa celebración si no fuese porque su disolución a minutos de empezar el presidente me hizo confirmar que esos invitados no eran parte de la reclusión del #YoMeQuedoEnCasa.

Por cierto, lo de compartir la comida terraza a terraza parece bonito pero no es una buena práctica. Como lo intuía y no quería dejar aquí por escrito un mal consejo, he llamado a mi amigo Luis Quevedo (@Luis_Quevedo), divulgador científico que ha trabajado para NPR, RTVE o NTN24. Él me ha explicado que el contagio es posible si quien ha cocinado tuviera el virus. Precisamente acaba de entrevistar a Gema del Caño (@farmagemma), farmacéutica y tecnóloga de los alimentos, quien asegura que “sí que puede haber ese contagio desde las manos de los manipuladores a los alimentos”. Ahora lo tengo claro: se acabó el compartir comida de terraza a terraza.

Hecho este inciso, volvamos a la noche del 14 de marzo. Resulta que mi vecina trabaja en el programa del corazón más visto del país. Se llama Sálvame y se emite en la cadena Telecinco. Es un programa de farándula donde ya no se habla de cantantes, toreros o presentadores, si no de su propio ecosistema de famosos creado a partir de quienes algún día tuvieron relaciones sentimentales con éstos y quienes estuvieron, pelearon o conocieron a quienes estuvieron con aquellos. Imposible de seguir para quienes no vemos estos programas.

El caso es que anoche, tras hablar el presidente, mi vecina no estaba en el programa, ni tampoco la mayoría de estos famosos de su círculo. En su lugar había un debate con periodistas, políticos y expertos médicos. Ahora está claro: España se está tomando esto en serio.

Y así estamos, acostumbrándonos a estar en casa y exigiéndonos unos a otros tomarnos esto en serio porque, como señaló el presidente Sánchez “cada uno de nosotros tiene una misión […] cada ciudadano y ciudadana cuidando de sí mismo cuida a la comunidad […]. Es el momento del compromiso con los más vulnerables”.

La reclusión tiene como objetivo evitar la dispersión del virus y el colapso del sistema sanitario. Aunque en España esto no evita momentos de gran sentido del humor. En estas horas ya me han llegado sevillanas cantadas desde una ventana pidiendo que esto se acabe para bajar al bar, vecinos jugando al bingo de balcón a balcón o un profesor de gimnasia en el patio central de un edificio marcando el ritmo a cada uno en sus casas.

Obviamente quienes, como yo y mi pareja, tenemos la suerte de estar sanos, tener la nevera llena y poder salir a la terraza lo tendremos mucho más fácil que quienes comparten viviendas pequeñas con muchos familiares, tienen hijos pequeños, personas vulnerables a su cargo, etc.

Eso sí, a la reclusión se unen ya los miedos al desastre económico. El Gobierno ya ha anunciado ayudas económicas para varios colectivos. Pero quienes trabajan por cuenta ajena están temiendo despidos o rebajas salariales, los freelancers hablan de pérdida de clientes en masa, los pequeños empresarios no saben cómo harán para acabar el año y las bolsas se desploman. Esa será la próxima preocupación...una vez pasemos el virus.

Por cierto, la última noticia del 14 de marzo, a las 23:56, es que la esposa del presidente del Gobierno español, Begoña Gómez, ha dado positivo en la prueba del coronavirus.

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