Masacre en Orlando

Orlando: la dramática espera para saber si un familiar está muerto

Parientes de las víctimas esperan noticias para saber si sus seres queridos están entre los muertos del ataque al Pulse en Orlando. Hasta el momento, apenas han sido identificados 15 de los 49 fallecidos.
13 Jun 2016 – 10:31 PM EDT


ORLANDO, Florida.- Han pasado más de 24 horas desde que Omar Seddique Mateen entrara en el club Pulse y acabara con la vida de 49 personas, y aún muchos de los familiares no tienen la confirmación de que uno de los suyos esté entre los fallecidos.

Son las cinco de la tarde del domingo y siguen esperando –rogando– que alguien les dé la más mínima pista sobre el paradero de su hijo, de su hermano, de su pareja, que fueron asesinados porque un presunto terrorista decidió acabar con sus vidas simplemente porque decidieron vivir como quienes eran, miembros de la comunidad LGBT.

Hasta ahora, las autoridades han identificado apenas a 15 de las víctimas mortales , la mayoría de apellidos hispanos. Por eso, ante la incertidumbre, los parientes se desesperan y no pueden aguantar su dolor e indignación.

Están reunidos en un hotel cercano al hospital donde se recuperan los sobrevivientes y no muy lejos donde los fallecidos se divertían ajenos a las intenciones homófobas de Mateen. Abrazos, besos, caras afligidas, ojos cansados de llorar.


“Ahora nosotros tenemos que revivir la tragedia. Ahora nosotros tenemos que sufrir la muerte de alguien hasta mañana, sin saber si se murió o no”, clama con los brazos abiertos al cielo Jaime León. Quiere comprender qué paso con su primo Luis Wilson y su “partner” Jean Méndez. No entiende que su familiar pueda haber perdido la vida simplemente por amar a una persona de su mismo sexo.

Él, como los que le rodean, solo anhela un sí o un no. La espera lo está consumiendo. Trata de buscar una respuesta, una explicación al hecho de que las autoridades estén tardando tanto en dar los nombres de las víctimas.

“¿No me pueden decir a mí que un investigador no puede chequear el wallet (billetera) y ver el nombre que tiene el ID y comunicarse conmigo o con uno de los familiares?”, se queja amargamente.


La mayoría de ellos llevan acá, ayudados y consolados por voluntarios, desde primeras horas de este fatídico domingo. Desde que descubrieron que su ser querido se encontraba en el club conocido en la ciudad por ser un centro de la comunidad LGBT.

Llegaron y se apuntaron en una lista donde consignaron su nombre y el de la persona a la que buscan. “Eso lo hicimos esta mañana. Hasta ahora, nada”, afirma Jaime. Las horas han pasado, cada segundo se les va clavando con mayor fuerza ante la falta de una señal que, esperan, pueda apartarles del trágico final que muchos presienten.

Pero, cuando ha pasado más de un día, su deseo no tiene respuesta. Las autoridades han informado que deberán esperar hasta que a las 10 de la mañana del próximo día se ofrezcan más detalles sobre las identidades de las víctimas.

“No hay razón. No hay ninguna explicación”, protesta. Tan solo le han dicho que “esto es una investigación activa”. “Mira, el muerto está ahí. Déjalo ahí”, grita Jaime como si pudieran oírlo los investigadores que aún tratan de descifrar qué ocurrió la noche del sábado entre las paredes del Pulse, esas que hoy están completamente atravesadas por los disparos.


Mientras él habla, fuera del hotel pueden escucharse los lamentos de otros familiares. Como Ángel Méndez, quien precisamente está buscando a la pareja del primo de Jaime.

El mismo tormento está pasando Barón Serrano. No sabe dónde está su hermano mayor, Juan P. Rivera, de 37 años y dueño de un salón de belleza.

“No tenemos información. No sabemos si está o no está, pero yo no pierdo la esperanza”, explica calmadamente Barón. “Por eso ves cierto semblante de tranquilidad y de paz porque ahí arriba hay un Dios”, me dice con la voz pausada, pero incapaz de ocultar su temor.

Como gran parte de los que esperan encontrar a sus seres queridos, él se enteró por el teléfono. Recibió una llamada hacia las 3:15 de la madrugada del domingo. Era su hermano, el mismo que ahora busca. Pero pensó que, como estaba de fiesta con los amigos, estaba “molestando y yo nunca fui”.

Apagó su teléfono y siguió durmiendo. Hasta que despertó el domingo y descubrió 37 llamadas perdidas. “Cuando miro y abro, ahí estaba la tragedia y salimos corriendo para acá”, recuerda.


Al contrario de Jaime, él comprende el protocolo seguido por la ciudad: “Entiendo el desespero de cada una de las personas (…) pero yo me quedo tranquilo porque de cierta manera ellos (las autoridades) han trabajado muy bien”, comenta Barón.

Va casi a anochecer. Un megáfono anuncia que ya no habrá más información hasta el día siguiente. Un silencio doloroso se impone y los familiares se miran entre sí. Incrédulos no saben cómo reaccionar.

La prensa comienza a dispersarse mientras se escuchan los llantos contenidos por la impotencia. Su dolor no deja de aumentar con esta nueva decisión, porque saben que tienen ante ellos las horas más angustiosas que jamás pudieron imaginar.

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