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Inmigración Infantil

La travesía de un niño migrante: tenía 13 años cuando salió de Honduras y llegó a EEUU a los 18

José, un joven centroamericano que emigró solo cuando todavía era un niño, relata las anécdotas de un recorrido que duró cinco años: fue cargador de camiones en Chiapas, se accidentó en Sonora, durmió a la intemperie en Tijuana y estuvo un mes en un centro de detención para menores en San Diego. Ahora estudia y trabaja en Los Ángeles, donde sueña con ser un mecánico automotriz y ayudar a su familia que se quedó atrás.
25 Abr 2019 – 4:05 PM EDT

LOS ÁNGELES, California.– "En mi mente nunca pasó eso de andar migrando". Así empieza el relato de José Mejía, un joven de Honduras que partió solo hacia Estados Unidos sin saber qué tan difícil y largo sería su viaje.

Aunque llegó pronto al sureste de México, ahí se quedó cargando camiones durante cuatro años porque no quería montarse al lomo del peligroso tren apodado 'La Bestia'. Continuó su camino el día que se unió a una caravana migrante, pero antes de llegar a la frontera se volcó el autobús en el que iba.

Cinco años pasaron hasta que finalmente llegó a un albergue para menores en Los Ángeles, California, donde ahora vive. Cuando dejó su casa en Centroamérica el 4 de julio de 2014, él tenía 13 años. Su trayecto culminó en esta ciudad apenas el pasado 19 de enero, unas horas antes de que cumpliera los 18.

"Me tomó cinco años para llegar hasta acá", dice José en una entrevista con Univision Noticias. "Aunque hay ratos en que mi mamá me dice que me regrese a Honduras, yo le digo que no lo haré porque logré llegar al lugar donde quiero estar", comenta.

José ahora estudia en una preparatoria en la zona del centro de Los Ángeles y trabaja limpiando baños en un edificio que se encuentra cerca del aeropuerto. Lleva menos de tres meses aquí, pero ya encontró la manera de ganarse unos dólares para mandárselos a su familia. "Les sigo echando la mano", explica.

La vida de este muchacho dio un giro cuando lo amenazaron de muerte unos pandilleros en su comunidad y no quiso quedarse a averiguar si cumplirían. "Todo estaba tranquilo en mi barrio cuando empezaron a meterse las pandillas. Andaban reclutando morros (adolescentes) y me dijeron que si no me iba me matarían", relata.

Sin saber qué hacer, un vecino de su edad le propuso irse a México y luego a EEUU, algo que su madre trató de impedir. "Mi ‘jefa’ no quería que yo me viniera, se puso a llorar cuando le dije que me venía. Pero le dije que tenía que hacerlo porque si no me iba a tocar. Ellos no juegan", advierte.

Con "me iba a tocar" José se refiere a que lo matarían sin piedad los mareros, como ya lo han hecho tantas veces con jóvenes como él que no hacen caso a sus advertencias. "Una vez estaba comprando en una tienda cuando se acercaron dos chavos en una moto y le pegaron un balazo en la frente al que estaba enfrente de mí. Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos", recuerda.

Presenció ese horrendo crimen mientras se alejaba de los suyos el 4 de julio de 2014. Él y su amigo viajaron en varios autobuses hasta la frontera sur de México. Solo tardaron una semana en el trayecto y los dos menores decidieron quedarse un tiempo en Tapachula, Chiapas, para ganarse unos pesos.

La dura vida en México y su viaje al norte

No les faltó oferta laboral, aunque una que pocos aceptaban: cargando pesadas cajas de plátanos para ponerlas en camiones. Eran jornadas extenuantes para los dos niños; sin embargo, ese oficio les permitió independizarse y hasta empezar a enviar dinero a sus familias y ahorrar para el resto del viaje al norte.

"Cada caja pesaba 35 kilos (77 libras) y yo cargaba 500 cajas al día. Me pagaban 400 pesos (casi 21 dólares) cada día. Ya con eso iba juntando para pagar la renta de un cuartito y otras cosas", dice.

Esa escala se volvió su refugio durante cuatro años. Siempre trabajó cargando cajas de plátanos. Un año se quedó solo porque su compañero de viaje decidió seguir hacia EEUU subiéndose a 'La Bestia'. José no quiso por el peligro. "Yo le dije: ‘nel, súbete tú, yo no’. No me fui porque un amigo se cayó y le cortó la pierna. Yo lo vi entero y regresó tunco (mutilado)", dijo. "Él me dijo: ‘si te vas a subir no confíes en ella ('La Bestia'), es traicionera’".

Cuando ya habían pasado cuatro años en Tapachula, la caravana de migrantes más grande que jamás ha cruzado México se reunió en Chiapas. Era la oportunidad perfecta, su boleto de salida. El 12 de octubre de 2018 José decidió unirse al éxodo para llegar a Tijuana. Entonces tenía 17 años. "Al venir en grupo se siente más seguridad que venir solo en 'La Bestia', porque así hay riesgo de que te asalten, te maten o te hagan lo que quieran", comparó.

A veces avanzó a pie; también en vehículos de buenos samaritanos. Uno de los últimos segmentos los recorrió en la comodidad de un autobús de pasajeros. Pero mientras pasaba por el estado de Sonora, el bus se salió del camino y terminó volcado. A bordo iban 37 personas.

"El bus cayó de lado. Gracias a Dios yo me bajé sin ningún raspón, como si nada hubiese pasado", relató el muchacho, quien pudo auxiliar a los heridos, incluyendo al chofer, que resultó con las costillas rotas.

Un mes después, ya en Tijuana, José, como el resto de los 6,000 integrantes de la caravana, sufrió lo que no se imaginó en un centro deportivo donde tuvo que soportar terribles condiciones sanitarias. Durmió al aire libre, incluso durante noches lluviosas. Por esa situación, él y otros migrantes se fueron a la bodega 'El Barretal' y después a un albergue para menores en esa ciudad.

Aguantar o volver: las condiciones infrahumanas que soportan los migrantes en el refugio colapsado de Tijuana (fotos)

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De un albergue en la frontera a otro en Los Ángeles

El 16 de diciembre se presentó ante funcionarios de la Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (CBP), que mientras revisaban su solicitud de asilo lo trasladaron a un centro para menores en San Diego, California. Allí no se acabó su periplo.

Bajo custodia federal pasó Navidad y recibió el Año Nuevo. "Se siente gacho. Yo ya había pasado cuatro Navidades lejos de mi familia, pero nunca las había pasado encerrado. Eso es feo. Se desespera uno".

Un día antes de cumplir la mayoría de edad, el 19 de enero, el gobierno lo entregó a una organización de defensoría legal, que lo llevó a un albergue para varones menores en el oeste de Los Ángeles. José es el primero de su familia que emigra a EEUU. Por eso aquí no tiene a ningún pariente.

"Aquí es otro nivel, aquí está chido", asegura sobre el centro que le dio cobijo. "Todo es cuestión de portarse bien y cumplir las reglas".

Este joven dice que su principal reto en los primeros dos meses y medio que ha pasado en esta ciudad han sido las humillaciones en la escuela y el trabajo. "Se burlan de ti porque no hablas el idioma (inglés). Se ríen de mí, pero yo no les paro mente (les pongo atención). Yo sigo avanzando con la mente en alto".

Su sueño es convertirse en un mecánico automotriz, formar un hogar y seguir ayudando a los suyos. En Honduras se quedaron su mamá y sus cinco hermanos. Su padre los abandonó cuando era pequeño.

Este joven relata sus experiencias como si tuviera más de 18 años. Pero su voz se escucha como si fuera la de un niño cuando habla sobre su deseo de visitar Honduras pronto. "¿Cómo no me gustaría regresar? Si allá está mi mami, mi familia, todos están allá y yo hasta acá".

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